agosto 9, 2022 01:04

Recordando los Regulares de González-Tablas I

Bibliografía al final del último capítulo
José Antonio Cano Martín

No hay heroísmo pequeño
La Guerra Europea (1914) iba a determinar graves dificultades para Francia en Marruecos. Convencidos de que la guerra se decidiría en la metrópoli, el mariscal Lyautey envió a ella lo mejor de sus tropas y se vio obligado a seguir una política de statu-quo, tanto más difícil cuanto que los alemanes se movían en Marruecos para levantar el país contra Francia.

Ello impuso al Gobierno español, para no crear dificultades a sus vecinos, el marcar el paso con su acción marroquí.
Era Alto Comisario el general Marina, que, queriendo pasar de la acción guerrera a la política, había iniciado unas gestiones con el Raisuni. Sustituido por el general Gómez Jordana en julio de 1915, éste recibió del Gobierno las mismas normas y, al servicio de ellas, se llegó en agosto al pacto con el Raisuni.

Cuando Primo de Rivera vio combatir a la milicia voluntaria
En aquellos aciagos días de la guerra de Tetuán, del año 1913 solicitamos la opinión del ilustre general Primo de Rivera acerca de la eficacia militar en campaña de nuestros soldados rifeños de la Milicia voluntaria de Ceuta que por primera vez combatieron conjuntamente con los Batallones de la Brigada de Madrid en la dura jornada de Laucién. El general Primo de Rivera, jefe de la Brigada y de la columna de operaciones, trazó su impresión en las siguientes líneas:
“Me era conocido el brillante historial de la Milicia Indígena de Ceuta, cuya buena presentación, gallarda apostura, enérgicas manifestaciones de disciplina y respeto observé curioso en mis diversas visitas a la plaza llave del Estrecho de Gibraltar. Alguna vez medité sobre la conveniencia de ir dando desarrollo lento pero continuo, a esta unidad, sin precipitaciones del momento agudo para que no flaqueara la sana y recia raigambre que a la causa española las une. Pero nunca llegué a calcular qué medida tal hubiera podido ser la salvación en momentos tan difíciles como los que el mes de junio ofreció la zona tetuaní.
Para aceptar este convencimiento, bastóme ver batirse a los moros de la Milicia de Ceuta el día 11 de junio en las lomas de Laucién, en esa posición, admirada por cuantos la visitaron, discutida por cuantos no se han tomado el trabajo de cruzar el Estrecho para documentar sus opiniones.
Aquel memorable día, un corto grupo de hombres a caballo, dos centenares de hombres a pie, sustituyeron ventajosamente a un escuadrón y un batallón peninsulares, porque su movilidad, su orden de combate tan desplegado, su acomodo al terreno, su ardor guerrero, su pericia notoria y, ¿qué no decirlo?, su valor insuperable, fueron muros donde se estrelló el empuje vigoroso que caracteriza los primeros ataques de los yebalas y rifeños.
Encomendeles la misión más difícil, el puesto más avanzado: les di comisiones inverosímiles, como anticiparse a ocupar con una docena de jinetes una agria y monstruosa posición a la que los moros en buen número llegaban por la otra falda y de la que nos hubieran hecho imposible seguir construyendo obras indispensables para dejar a Laucien una guarnición. Todo lo realizaron a maravilla; pero donde superaron lo humano fue, confundidos en una maniobra con el enemigo por nuestros bisoños Cazadores, sufrieron en breves instantes muchas bajas y, comprendiendo la situación, trocaron en habilidad el ardor con que combatían y, abiertos, desperdigados, aprovechadores del terreno, maniobraron, recibiendo fuego y sin el hacerlo ellos hasta darse a conocer y proseguir batiéndose a nuestro lado.
Disculpable fue el error de los Cazadores, porque la tarde caía y los moros de la Milicia llevaron al combate sus chilabas, iguales a las que durante el día habían visto al enemigo.
Claro es que tan excelentes soldados dejarían de serlo sin el mando, hábil y ejemplar en el peligro, de los oficiales españoles, que llenos de entusiasmo piden pertenecer voluntarios a fuerzas destinadas a sobrellevar la parte más dura y arriesgada en los servicios y en el combate.
Alejado de Ceuta, eran desconocidos, hasta el 11 de junio, estos oficiales; pero bastóme ese día para conocerlos de manera inolvidable y para unirme a ellos con lazos de cariño y admiración indestructibles.
En otras ocasiones formó la Milicia de Ceuta en columnas que mandé; pero ya eran los míos, los conocidos bravos camaradas de Laucien y nada de cuanto hicieron podía sorprenderme. Después, en la empinada Alcazaba o en el comedor del Hispano-Marroquí, hemos chocado las copas varias veces y yo me he sentido orgulloso de que ellos me llamaran el general de las Milicias. ¿Qué en el mundo compensara estas satisfacciones del espíritu? En la fiesta de la Alcazaba a que aludo, tomaron parte los soldados moros, a quienes los Cazadores de mi alma, fieles intérpretes de mis sentidos. obsequiaron con té y pastas de moruno estilo; en sus ojos, en sus altas frentes, veía yo cómo estaban de satisfechos… Y sin hablar nada de árabe les porroré y me entendieron. Díjeles que por encima de la tierra en que nacimos había una virtud para los guerreros que los hacía hermanos, que ésta era el valor y que siendo común a ellos y a nosotros, era preciso que fuera lazo de alianza entre todos para vencer al enemigo, después de haber sellado con la sangre del día 11 de junio este pacto.
Algo le tradujeron los intérpretes, pero aún sin ello, el gesto, el fuego de los ojos, habló a su alma y con sus peculiares gritos manifestaron su entusiasmo…
Creí escribir unos renglones y van varias cuartillas. En un millar no cabe lo que en elogio de las Milicias de Ceuta diría mi pluma…
Del libro “LOS MOGATACES”, de Enrique Arqués y Narciso Gisbert

Pero el Raisuni ni reconocía al Jalifa, ni quiso nunca hacer acto de sumisión ante él, y fue necesario llegar a una fórmula hábil: que gobernara los territorios que él pacificara. Los africanistas civiles, que censuraban la acción militar y pedían una labor de paz, se regocijaron y, sin apreciar ni las dificultades ni la esterilidad del intento, pudo alguno designar este cambio de política con el título ambicioso: “Del descamino a la senda”.
En Marruecos, pues, no debíamos provocar dificultad alguna a Francia y marchar en estrecho acuerdo con el Raisuni. De ese modo se ocuparon algunas posiciones en el territorio de Larache y se ocupó pacíficamente el Fondak de Ain Yedida, abriendo la comunicación entre Tetuán, Tánger y Larache. Ello fue el 24 de mayo de 1916.
En junio de ese mismo año el general Gómez Jordana decidió, asimismo, actuar, de acuerdo con el Raisuni contra las cabilas de Anyera y el Haus en una operación de altos vuelos que comprendía: ocupación y castigo de los poblados del Biutz, Ain Yir y Loma de las Trincheras por el general Milán del Bosch; ocupación de Zoco del Jemís de Anyera y razia de los poblados próximos por las Mehal-las del Jalifa y del Raisuni, con el auxilio de fuerzas españolas.
En ese combate sangriento del Biutz, el 29 de junio, tomarían ya parte los Regulares de Ceuta. Las fuerzas del general Milán del Bosch se componían de cuatro columnas: La izquierda, con el general Martínez Anido; el centro, con el coronel Génova; la derecha, con el general Sánchez Manjón, y la reserva con el coronel Martínez Peralta.
En la columna del centro iban dos escuadrones de Regulares de Ceuta; en la de la derecha, dos Tabores y un Escuadrón de las mismas fuerzas, que mandaba el comandante Sanjurjo.
En España la opinión estaba dividida respecto a la intervención en la guerra europea. Las izquierdas la pedían a favor de los aliados; Vázquez Mella en pro de los Imperios Centrales; Romanones hizo famosa su frase: “neutralidades que matan”. Las izquierdas combatían la acción en Marruecos; el general Primo de Rivera, en un acto académico en Cádiz, pedía el cambio.de Ceuta por Gibraltar y el abandono del resto de nuestra Zona; se declaraba en España en España la huelga general, se celebraba la Asamblea de Parlamentarios y nacieron las Juntas de Defensa Militar que, basándose en los abusos e injusticias que se habían cometido, veían con poco agrado que el sacrificio de los jefes y oficiales que luchaban heroicamente en Marruecos tuvieran la justa recompensa.
El pacto con el Raisuni y el cumplimiento de las normas del Gobierno para mantener a toda costa la neutralidad y la amistad de Marruecos con Francia, fue para el general Jordana un auténtico calvario.
El murió pocos días después de acabar la guerra europea, el 18 de noviembre de 1918, sobre su mesa de trabajo de la Alta Comisaría de Tetuán, cuando escribía una carta al Gobierno -que no pudo concluir-,documento vivo de aquella etapa infecunda que iba a exigir un cambio de actitud en nuestra política marroquí.

La oficina de asuntos indígenas de Melilla
“Cuanto se relacionaba con la política y asuntos indígenas durante los inquietos años de la guerra europea, estaba centralizado en las Oficinas de Asuntos Indígenas de las que existía una por cada Comandancia General. Estas oficinas eran las asesoras del mando y a la vez los órganos ejecutivos de sus decisiones al trato directo con los musulmanes, sobre todo de las ciudades donde radicaban.
La Oficina de Asuntos Indígenas de Melilla fue, quizá, de todas ellas, la que mayor actividad desplegó durante los años 1914-1925. Instalada en la planta baja del propio edificio de la Comandancia General, en ella se despachaban y trataban los asuntos más heterogéneos y complicados y en ella se planificaban las bases de la atracción política en la que era necesaria una especial habilidad, no exenta de riesgos y peligros. Debido a la complejidad del trabajo y a la acumulación del mismo, durante algunos años la Oficina de Asuntos Indígenas se subdividió en negociados o sectores con la denominación del Rif y Beni Buyahi y al frente de los cuales estaban el capitán Barbeta y comandante Riquelme respectivamente, hombres ambos de una profunda preparación y de una probadísima eficacia en los asuntos relacionados con las misiones que desempeñaban.
Entre los funcionarios que prestaban sus servicios en la citada oficina merecen una especial mención los intérpretes, quienes por la índole de su profesión y trabajo, formaban parte del imprescindible equipo que, en una coordinación perfecta, estaba siempre en relación directa con los difíciles moros.
Algunos de estos hombres, tales como don José García Marfil, don Bonifacio Gómez Martínez, don Pedro Gestoso Ponce, don Juan Márquez Ruiz, etc., prestaron servicios como intérpretes en la Oficina durante muchos años, siendo ellos quienes acompañaban a los oficiales a los que el mando encomendaba entrevistas con notables musulmanes, algunas de las cuales se celebraron a bordo de los cañoneros y barcos de nuestra Marina de Guerra, tales como el “Lauria” el “Recalde” y el “Martin Alonso Pinzón”, que a tal efecto fondeaban. a veces de noche, en las ensenadas de Tensaman, de Beni Said o Beni Urriaguel.
Estas entrevistas. celebradas con mucha frecuencia en campo enemigo, se caracterizaban por el misterio en que estaban envueltas, de ahí que las Oficinas de Asuntos Indígenas fueran miradas siempre con curiosidad o con recelo, sin motivo alguno que lo justificara, pues el objetivo de estos centros no admitía misterio ni lenguaje cifrado.
Durante los años de la guerra europea prestaba servicios en la Oficina de Asuntos Indígenas de Melilla y desempeñando el cargo de escribiente árabe. Mohamed Ben Abd-el-Krim el Jatabi, que más tarde se convertiría en el más enconado enemigo de España. Abd-el-Krim el Jatabi, natural del poblado de Axdir en la cabila
de Beni Urriaguel, había ingresado en la citada oficina siendo aún muy joven. De escribiente pasó a desempeñar en el mismo sitio el cargo de asesor jurídico de derecho islámico.
Los que trabajaron con él durante muchos lo describen como un hombre afable, muy despierto de inteligencia, servicial con todos los compañeros de oficina y como un gran amigo de España, a la que servía fielmente.
Durante los años de la contienda europea, quizá por amistad personal o por convicción, o quizá también por ambición, se inclinó hacia Abd-el-Melek y cuanto éste defendía, llegando Abd-el Krim a ser en Melilla su confidente y el hombre de su mayor confianza y a quien encargaba la adquisición de artículos necesarios para el sostenimiento de la harca.
Su actuación en este sentido fue haciéndose tan pública y notoria, que pronto pasó a ser vigilado por los agentes franceses, que le incluyeron en la lista de sus enemigos.
Cuantos con él trabajaron durante años en la oficina aseguran que durante su permanencia en la misma cumplió como un funcionario ejemplar, sin que jamás hiciera alardes ni manifestaciones antifrancófilas. Se supone que su labor en este sentido estaba identificada con su vida privada, en la que era ya notoria la presencia de algún súbdito alemán, que impulsaba, incluso parece que económicamente, a la harca de Abd-el-Malek.
Durante el tiempo que el general Gómez Jordana desempeñó la jefatura de la Comandancia General de Melilla. La oficina de Asuntos indígenas cobró un gran impulso, pues el general, consciente de su importancia, le prestaba una predilecta atención.
En virtud de la Orden General del día 23 de agosto de 1916, la Comandancia General de Melilla, al frente de la cual se confirmó al general Aizpuru, se dividió en cuatro Circunscripciones, que pasaron a denominarse Oriental, Central, Occidental y Septentrional y cuyas delimitaciones eran las siguientes:
El límite sur de la Circunscripción Septentrional quedaba formada por una línea que arrancaba del río Kert en su confluencia con el arroyo Masin, pasaba por entre los Tumiats y Tauriat Zag hasta encontrar el arroyo Bohua, dejando Ras Medua al sur; seguía por el borde de la meseta citada y de la de Tazuda, hasta el extremo oriental, cruzando la carretera de Nador a Segangan en Sebt, punto desde donde se dirigía hacia el este, terminando en Mar Chica.
El límite entre las circunscripciones Oriental y Central era una línea, que partiendo al interior en el punto de cruce con la vía férrea del Norte Africano seguía al pie de la oriental de Tistutin, bordeando este poblado hasta Yarsán, que quedaba al oeste de la línea.
El límite entre las Circunscripciones Central y Occidental seguía el rio Kert hasta la desembocadura del Igán remontando su curso hasta su entrada en el Guerruao.
A pesar de esta delimitación territorial de la Comandancia General de Melilla, la Oficina de Asuntos indígenas extendía su acción más allá de los límites señalados llegando hasta Gomara, con actuaciones en todo el Rif y en la que podíamos llamar zonas de influencia de la Isla de Vélez de la Gomera y Alhucemas.
De todas las oficinas similares y con idénticas misiones, la de Melilla fue la primeramente creada y llegó a ser así la de más solera y prestigio y a la que los nativos otorgaron quizá una mayor confianza por la seriedad y solvencia con que siempre despachó sus asuntos…
(Continuará)

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