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Editorial

Otra oportunidad perdida

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Semana de la movilidad

Nos encontramos en la Semana Europea de la Movilidad. Otra oportunidad perdida para que nuestras administraciones públicas, todas, muestren un compromiso real con un problema de ciudad que nos afecta a todos, independientemente de edad, sexo, religión o cultura, como es la movilidad. Todos nos desplazamos a diario por nuestra ciudad, y todos somos testigos de la gran densidad de vehículos por población que tenemos, lo que incrementa irremediablemente los problemas en una superficie reducida y limitada, entre ellos, atascos, contaminación acústica y del aire y una alta siniestralidad vial.
Esta semana habría sido un buen momento para que administraciones, instituciones, irganismos, empresas y asociaciones dw todo tipo se hubieran volcado en impulsar iniciativas en pro de la movilidad urbana sostenible. Porque este reto, que debe ser común, no necesita solo infraestructuras. En realidad, eso es lo que menos requiere. Con un granito de arena por parte de cada uno, ya se conseguiría una gran montaña y la rueda de la concienciación, que es el quid de esta cuestión, podría empezar a rodar con más fuerza.
Pero esta semana solo hay tres o cuatro actividades, impulsadas con mucho esfuerzo por la Mesa de Movilidad, que de nuevo se ha visto sola en esta Semana Europea. La Ciudad Autónoma no organiza nada, lo que tampoco es una novedad en los últimos años. Poco se puede esperar de una administración que ni siquiera hace su trabajo en este ámbito, como es desarrollar el Plan de Movilidad Urbana Sostenible o la Declaración de Emergencia Climática. Un Gobierno que ha sido una auténtica decepción también en materia de.movilidad, aun cuando los partidos que lo integran, estando  en la oposición, mostraban un aparente compromiso y exigían al Ejecutivo de entoncea un decálogo que firmaron y ahora parecen haber olvidado. Un Gobierno que puso el nombre de Sostenibilidad a una de sus más importantes consejerías, y que hace cerca de un año borraron de un plumazo, como ya sucedió con la de Regeneración Democrática.
Tampoco es que la Delegación del Gobierno haga mucho en esta materia, aun cuando tiene tanto que decir, porque en sus manos está el desarrollo de la Agenda 2030 y la Comisión de Segurodad Vial, que no se reúne con la frecuencia necesaria y, cuando lo hace, es para darse golpes de pecho por una bajada de la siniestralidad en 2020 que no es por méritos propios, sino porque toda la población estuvo confinada durante tres meses al inicio de la  pandemia. También podría hacer mucho más de lo que hace en los centros educativos, con charlas y actividades continuas que ayuden a concienciar a las nuevas generaciones sobre una forma de movilidad más respetuosa con el Medio Ambiente.
El problema es que este asunto es una pose de cara a la galería para políticos que no creen en la movilidad urbana sostenible. Porque de lo contrario, no solo trabajarían más en pro de ella, sino que serían partícipes de esa forma de movilidad diferente en su día a día laboral y personal. No hacen nada de eso y van más allá, tomando decisiones erráticas y destruyendo las pocas  del anterior Gobierno, como los caminos escolares, premiados por Europa, o ahogando al transporte urbano, al borde de la desaparición
La movilidad urbana sostenible no entiende de colores ni de siglas políticas, es una labor de todos. Pero las administraciones son las primeras que deben dar ejemplo y han dejado pasar muchas oportunidades para trabajar en ello. Quizá se acuerden a dos días de las elecciones, subiéndose a una bici para seguir proyectando una imagen de compromiso que ya nadie se cree.

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