Este martes pasado, horas antes de que expirara su propio ultimátum, Donald Trump advirtió que “toda una civilización podría desaparecer esta noche” si Irán no reabría el Estrecho de Ormuz. Dos horas antes de que expirara el ultimátum, anunció una tregua de dos semanas. La secuencia no es un accidente: condensa la lógica de esta guerra desde su inicio. Una combinación de escalada máxima y repliegue táctico que, lejos de resolver el conflicto, lo mantiene suspendido sobre una pregunta que nadie ha querido responder.
Porque esta guerra no comienza cuando caen las primeras bombas. Comienza cuando se decide que la alternativa —la negociación— es más peligrosa que el conflicto.
El momento en que se toma la decisión
El 11 de febrero, en la Sala de Situación de la Casa Blanca, se produce la escena fundacional. Benjamin Netanyahu comparece ante Trump acompañado de responsables del Mossad y presenta un escenario de victoria rápida: el programa misilístico iraní podría neutralizarse en semanas, el régimen no resistiría un shock militar sostenido y el cierre del Estrecho de Ormuz sería improbable o reversible. La escenografía no era neutra. Todo apuntaba a una decisión ya inclinada hacia la acción.
Sin embargo, al día siguiente, los informes internos introducen dudas sustanciales. John Ratcliffe, director de la CIA, cuestiona abiertamente la viabilidad de un cambio de régimen. Marco Rubio, secretario de Estado, traduce ese escepticismo en términos políticos. El general Dan Caine advierte sobre limitaciones logísticas: inventarios de interceptores Patriot insuficientes, tensiones en la cadena de suministro y riesgos significativos en el Estrecho. Incluso el vicepresidente JD Vance plantea el coste político de una operación de gran escala.
Trump escucha todas las posiciones. Y el 26 de febrero, en la reunión final, decide avanzar. Cuarenta y ocho horas después, comienza la operación.
La pregunta no es por qué había argumentos para atacar. Los había. La pregunta es por qué se elige hacerlo en ese momento concreto.
La paz que empezaba a ser un problema
El contexto inmediato resulta decisivo. El 27 de febrero, apenas un día antes del inicio de los bombardeos, el canciller de Omán anuncia avances significativos en las conversaciones con Irán. Según esa mediación, Teherán estaría dispuesto a no almacenar uranio enriquecido en su territorio, aceptar verificaciones completas del OIEA y degradar parte de sus reservas. Las conversaciones técnicas debían continuar el 2 de marzo. Ese encuentro nunca se celebró.
La interpretación más incómoda —pero también la más coherente con la secuencia de decisiones— es que la diplomacia no fracasó, sino que empezó a resultar inconveniente. Un acuerdo, incluso imperfecto, habría introducido límites jurídicos, compromisos verificables y costes políticos que cerrarían la ventana de intervención militar.
No es la única explicación posible. También influyeron la presión israelí, la lógica electoral interna en Estados Unidos y la percepción de una ventana de oportunidad ante la aparente debilidad iraní. Pero ninguna de estas variables, por sí sola, explica la urgencia del calendario. La proximidad de un acuerdo sí lo hace.
No fue una guerra inevitable. Fue, probablemente, una guerra elegida en un momento en el que aún podía evitarse.
Una campaña que no siguió el guion
El diseño inicial apuntaba a una operación breve: superioridad tecnológica, golpes de precisión, desorganización del régimen y normalización rápida del flujo energético. Un conflicto controlado, con dividendos estratégicos y electorales.
Cuarenta días después, ese escenario no se ha materializado.
El régimen iraní no solo ha resistido, sino que ha reforzado su narrativa de continuidad tras la sucesión en el liderazgo religioso. El Estrecho de Ormuz, por el que transita aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo, ha permanecido parcialmente bloqueado. El precio del Brent ha pasado de 84 a cerca de 109 dólares por barril —un incremento cercano al 30%— trasladando el coste a consumidores y economías importadoras. El Fondo Monetario Internacional ha advertido que cada aumento sostenido del precio energético añade presión inflacionaria global.
El coste humano tampoco admite simplificaciones. Irán ha reportado miles de víctimas y daños significativos en infraestructuras civiles, incluidas instalaciones educativas y científicas. Estas cifras, difíciles de verificar de forma independiente en tiempo real, forman parte ya de la narrativa del conflicto y condicionan la percepción internacional.
En Estados Unidos, el apoyo a una escalada mayor sigue siendo limitado. La guerra no ha generado el consenso interno que sus promotores podían anticipar.
La lógica del ultimátum permanente
El episodio más reciente ilustra el patrón. El ultimátum de Trump —seguido de una prórroga— no es un hecho aislado, sino la continuación de una dinámica repetida: fijar líneas rojas, tensarlas y, llegado el momento, redefinirlas.
Desde finales de marzo, varias fechas límite han sido anunciadas y posteriormente aplazadas. Cada una de esas prórrogas cumple una doble función: evita una escalada irreversible y, al mismo tiempo, proyecta una imagen de control sobre el ritmo del conflicto.
Pero también tiene un efecto acumulativo. Cada ultimátum incumplido erosiona la credibilidad de la amenaza. Cada ajuste del calendario introduce la percepción de que la escalada tiene límites que el adversario puede explorar.
La tregua anunciada tras la mediación paquistaní debe leerse en ese contexto. Es, simultáneamente, un gesto de contención y una señal de indecisión estratégica.
Los beneficiarios indirectos
Como en otros conflictos contemporáneos, algunos de los principales beneficiarios no participan directamente en el campo de batalla.
Rusia emerge como uno de ellos. El desplazamiento de la atención estratégica estadounidense hacia Oriente Medio reduce la presión operativa en el frente ucraniano. El encarecimiento del petróleo incrementa los ingresos energéticos de Moscú, contribuyendo a la financiación de su esfuerzo bélico. Y la posible reasignación de recursos militares introduce tensiones adicionales en la arquitectura de apoyo a Kiev.
El segundo beneficiario, en términos de legitimidad interna, es el propio régimen iraní. Un sistema que en febrero mostraba signos de debilidad se presenta ahora como superviviente de una agresión externa. La cohesión interna, al menos en el corto plazo, tiende a reforzarse en este tipo de contextos.
La paradoja es evidente: una operación concebida para debilitar al régimen puede haber contribuido a estabilizarlo.
Dos semanas que no resuelven nada
La tregua abre una ventana para la negociación. Las conversaciones previstas en Islamabad representan un avance respecto al escenario de escalada abierta. Pero las posiciones de partida siguen siendo, en gran medida, incompatibles.
Irán exige, entre otras condiciones, la retirada de fuerzas estadounidenses de la región y el levantamiento de sanciones. Estados Unidos mantiene como líneas centrales la desnuclearización verificable y el fin del apoyo iraní a actores regionales. Entre ambas posiciones existe un margen de negociación, pero también un amplio espacio de fricción.
Las dos semanas permitirán reducir la presión inmediata sobre los mercados energéticos y ofrecer a Washington una narrativa de contención. También darán tiempo a Teherán para reorganizar capacidades y consolidar su posición negociadora.
No son, en sí mismas, una solución.
La pregunta que sigue sin respuesta
Hay guerras que estallan cuando todas las alternativas se han agotado. Y hay guerras que comienzan precisamente para evitar que esas alternativas lleguen a consolidarse.
Este conflicto se acerca más a la segunda categoría.
La cuestión central no es únicamente cómo terminar esta guerra, sino por qué se decidió iniciarla en el momento en que un acuerdo —imperfecto, limitado, pero operativo— parecía posible.
Cuarenta días después, con una tregua frágil sobre la mesa, esa pregunta sigue abierta. Y sin una respuesta clara, cualquier intento de construir una paz duradera corre el riesgo de reproducir el mismo dilema que dio origen al conflicto.
No se trata solo de gestionar una crisis. Se trata de entender por qué se eligió cuando aún podía evitarse.
Hoy, jueves, cuando entrego este artículo, aunque Estados Unidos afirma haber cumplido ya sus objetivos militares, está iniciando negociaciones con las mismas exigencias que antes de la guerra, mientras que Irán hace reclamaciones adicionales sobre el Estrecho de Ormuz.



