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Opinión

El suicidio catalán

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Otegui en Cataluña

Es frecuente que los comportamientos políticos tengan un sustento cultural, es decir, un conjunto de sobreentendidos, con mayor o menor fundamento, que condicionan y explican las actuaciones públicas.

En el caso de Cataluña lo más destacado, en el bloque de opinión nacionalista, es un supremacismo que ha conducido a una política narcisista y que ciega la conexión con la realidad. Según esa extendida convicción, Cataluña sería una isla de progreso frente a un resto de España caracterizado por el atraso en múltiples aspectos: económico, político y social. En definitiva, un lastre que frenaría el dinamismo catalán.

El origen de ese estado de opinión radica en el largo periodo, siglo y medio, durante el cual Cataluña fue la primera economía española, periodo en el que fue pionera en infraestructuras, exportaciones, inversión y ahorro. El primer ferrocarril español, en 1848, fue la línea Barcelona-Mataró. 121 años más tarde, en 1969, la primera autopista de peaje cubrió el mismo recorrido de la capital catalana a Mataró, complementado con otra a Granollers. En 1976 Barcelona estaba enlazada por autopista con Francia, Valencia y Zaragoza. Madrid no estuvo enlazada a la red europea hasta 1992, por una deficiente autovía con Zaragoza. Y con Valencia en 1998.

Ese progreso, sin embargo, fue posible gracias al establecimiento de un mercado protegido, que permitía a las industrias textiles catalanas vender en toda España, sin competencia exterior. La culminación de esa política fue el llamado Arancel Cambó, de 1922, promovido por dicho político catalanista cuando fue ministro de Hacienda de un gobierno de concentración.  

Esa evidente superioridad económica estuvo y está en la base del supremacismo. Este último, sin embargo, se ha caracterizado siempre por su ceguera política y social. El desprecio al resto y muy en especial a Madrid como sede del gobierno nacional, no ha tenido en cuenta elementos fundamentales de inteligencia política. Baste citar la experiencia de siglos de haber encabezado el primer imperio mundial; la elaboración en 1812 de la tercera Constitución moderna, después de la francesa y la norteamericana; la apuesta decidida por un modelo liberal frente a la reacción carlista; la progresiva construcción de un Estado moderno; hazañas militares como la guerra de Marruecos o el enfrentamiento en el Pacífico con Chile y Perú; el liderazgo de un jovencísimo Alfonso XII, que tenía 18 años cuando en 1875 tuvo que hacer frente a tres guerras (Tercera Carlista, Cantonal y Primera de Cuba); el genio político de Antonio Cánovas del Castillo, y un marco liberal comparable al de los grandes países europeos, adelantado en cuestiones como el sufragio universal y la semana laboral de 48 horas.

El catalanismo surgió como reacción frente al Desastre de 1898. Los catalanistas pensaron que España era un buque a punto de hundirse, el cual había que abandonar cuanto antes. Se equivocaron. En los diez años siguientes, gracias a políticos como Silvela y Fernández Villaverde, España experimentó un considerable progreso en todos los órdenes, sin el lastre de dos guerras coloniales. Volvieron a equivocarse en la crisis que promovieron en 1917, que puso en jaque el fructífero periodo de la Restauración canovista, y también cuando en los años 30 entorpecieron el desarrollo de la 2ª República, hasta el extremo de llevar a cabo un intento secesionista en 1934. 

El régimen de Franco apostó por la industria como motor del desarrollo económico, lo que benefició sobre todo a Cataluña y País Vasco. La progresiva apertura de la economía española, desde el Plan de Estabilización de 1959 al ingreso en la Unión Europea en 1986, rompió lo que Juan Velarde ha llamado el modelo castizo. Se acabó el proteccionismo, cada región tuvo las manos libres para impulsar su desarrollo y Cataluña, que partía de una excelente base, salió malparada, debido a la mediocridad de sus dirigentes políticos (Pujol y sucesores) y la práctica desaparición de su burguesía industrial. Un señor de Medina de Campo (Valladolid) que tenía una mercería en La Coruña -Amancio Ortega- ha logrado establecer la primera firma textil del mundo, mientras algunos catalanes todavía añoran su monopolio de textiles en toda España. El lema falso “España nos roba” era la nostalgia de una época superada.

   La frustrada secesión de 2017 fue la concreción del suicidio, con miles de empresas abandonando Cataluña y una inversión reducida a mínimos. Si no cambia su actual modelo nacional-separatista, el futuro de la región es la irrelevancia. 

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