De identidades y espacios encontrados

Almudena Otero Villena

Por Almudena Otero Villena

Leo El túnel de Ezequías, novela del islamólogo y profesor de la Universidad de Sevilla Emilio González Ferrín, y su lectura me lleva de vuelta al punto de inicio. Porque en ella es la ciudad de Melilla la protagonista: allí es donde vive y muere Sebastian Gardet, que reniega de su origen y pierde su alma, pero allí es también donde, décadas después, renace otra posibilidad. Melilla es el lugar en el que los caminos se cruzan y los túneles del tiempo se encuentran, en el que hay una niña «que da sentido a los vientos, al mar, a los mapas que se mezclan, a las lenguas que se recuerdan» (p. 237), revelándonos al mismo tiempo nuestra identidad abierta e híbrida.

«El Mediterráneo horada el tiempo, construyendo túneles de comprensión, de sentido retrospectivo o puede que perspectivo» (p. 219). Si en Sebastián Gardet vemos que toda reivindicación identitaria se construye siempre contra otro e implica una negación, en primer lugar de uno mismo, en otro libro de González Ferrín, Cuando fuimos árabes, esta negación se nos desvela como el fundamento de unos mitos nacionales que aprisionan una experiencia vital mucho más compleja, fluida y plural. Vale la pena recordarlo en este tiempo de guerra y reivindicaciones territoriales: que la identidad no es un concepto estanco y perfectamente definible dentro de unos límites, y que las fronteras nacionales son en realidad tremendamente arbitrarias, fruto muchas veces de una simple casualidad histórica (y no una realidad providencial o designada por Dios, como pretende el nacionalcatolicismo español o reclamaban aquellos manifestantes marroquíes que en 1974 invadieron el Sáhara Occidental con un Corán en la mano). En la confusión actual de discursos, acostumbrados a la exhibición de banderas y a las disputas lingüísticas, nos puede resultar sorprendente comprobar que autores como Joseph Roth, Paul Celan, Rose Ausländer o Gregor von Rezzori, que escribieron sus libros en alemán, nacieran en el territorio de la actual Ucrania, en zonas que entonces aún eran (o habían sido hasta hacía poco) parte del Imperio austrohúngaro. La obra de Roth, panorámica también de la vida en esos rincones fronterizos en los que se encontraban los lindes, es un llanto prolongado por la desaparición de aquella geografía centroeuropea múltiple y polifónica, un espacio cosmopolita cuya quiebra provocó la aparición de Estados homogéneos que no pudieron surgir sin el desplazamiento de poblaciones enteras y las limpiezas étnicas, padecidas por el mismo Paul Celan y su familia.

Joseph Roth estudió en Leópolis (también llamada Lemberg, Lwów, Lvov o Lviv), entonces todavía ciudad austrohúngara que más tarde fue polaca, luego soviética, posteriormente alemana, de nuevo soviética y hoy es ucraniana. En su maravillosa novela-testimonio East West Street, Philippe Sands describe la Leópolis de principios del siglo XX, de donde era originaria parte de su familia materna (la mayoría de la cual perecería durante la Segunda Guerra Mundial) como una hermosa urbe de edificios renacentistas, barrocos y modernistas, una ciudad liberal, llena de comercios y cafés y con una intensa vida cultural, en la que existía una abundante comunidad judía (aproximadamente un cuarto de la población) y en la que convivían el polaco, el ucraniano, el alemán y el yiddish. Si en las últimas semanas hemos escuchado hablar de Leópolis como punto de huida para cientos de miles de refugiados, en los años veinte las reivindicaciones nacionalistas, con su consiguientes exclusiones, obligaron al abuelo de Philippe Sands a un éxodo que lo llevó primero a Viena y luego a París. Muchas décadas después, su nieto, británico pero de madre francesa nacida en Austria, se embarca en la indagación de una memoria familiar oculta y olvidada, que es también su propia historia. Como el nieto de Sebastian Gardet emprende el camino de vuelta: a Leópolis o a Melilla. Y descubre que fueron precisamente dos judíos procedentes de Leópolis, Lemkin y Lauterpacht, que habían sufrido la experiencia de la persecución y el exilio, los que pusieron las bases de la legislación internacional de derechos humanos: la constatación, finalmente, de que existimos más allá de las definiciones nacionales o religiosas, y de que no son los territorios los que tienen derechos, sino solo las personas.

Emilio González Ferrín, El túnel de Ezequías, Córdoba: Almuzara 2021.

Emilio González Ferrín, Cuando fuimos árabes, Córdoba: Almuzara 2017.

Philippe Sands, East West Street: On the Origins of Genocide and Crimes Against Humanity, 2016 (en castellano: Calle Este-Oeste. Sobre los orígenes de «genocidio» y «crímenes contra la humanidad», Barcelona: Anagrama 2017).

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