Vientos de cambio en Melilla

Da vergüenza el estado de nuestra relación, la de España, con el reino de Marruecos. Avalancha de pateras en las narices de Sánchez. Nada de lo que surge de Marruecos es casual. Cientos de inmigrantes llegan a Lanzarote mientras él se broncea en La Mareta (Lanzarote), escribió Ángel Expósito en ABC el martes pasado. “Llega otra patera y las entradas de inmigrantes por mar este año superan los dos anteriores juntos. La cifra ya se ha superado (en agosto) este 2022, con 92 entradas, la última el lunes una patera con tres inmigrantes a la playa de Horcas”, fue el titular de nuestro periódico ese día, que se completaba con un Editorial de título conciso y claro: Un coladero de pateras.


En una autocracia nada de lo que hace el pueblo es casual, nada es casualidad, sino al contrario, todo tiene una causa, que permite, o no, el hecho producido. La inmigración ilegal procedente de Marruecos y con destino España, por ejemplo. Lo que ocurrió en Ceuta hace un año no fue casualidad, fue una explosión de causalidad: no te rindes ante lo del Sáhara (la causa), pues toma miles de niños (la consecuencia).


Hay en el mundo, en España muy especialmente, un acusado declive democrático. Sean Illing, autor del libro ‘La paradoja de la Democracia’, escribió: La historia del declive democrático es una historia de demagogos y autócratas (Pedro Sánchez, por ejemplo) que explo­tan la apertura de las culturas democráticas para movilizar a la gente contra las mismas instituciones que sostienen la democracia, escribió Gonzalo Fernández (el pseudónimo de El Gran Capitán) el domingo pasado en nuestra página 4. Efectivamente, y tal y como él empezaba su artículo, el populismo es un atentado al razonamiento, es un atentado a la libertad de pensar y, como consecuencia inevitable, de actuar.


La semejanza entre autócratas, demagogos y dictadores es notable, y está creciendo tal semejanza. Las democracias pueden luchar con ventaja contra las dictaduras, porque la libertad es la que posibilita la creatividad y la fuerza, pero si las democracias se acercan a las autocracias la ventaja desaparece e incluso el autócrata, que no necesita ocultarlo, tiene ventaja sobre el que tiene que aparentar que es demócrata, como nuestro actual presidente del Gobierno, por ejemplo. Que se rinda ante el rey marroquí no debe extrañar. Que este le recuerde de vez en cuando quién es el que manda -alentando el paso de pateras, también por ejemplo- tampoco debería extrañar mucho, especialmente a melillenses y ceutíes.


Siempre es más fácil hacer demagogia y propaganda que asumir el riesgo de políticas a largo plazo, como recortar el gasto público, con la consiguiente pérdida de votos (el dilema de Kissinger). La consecuencia es que el Gobierno cada vez más es considerado como un enemigo (La Razón, 23 agosto). “Los que mandan no solventan problemas, los crean. Y la culpa es siempre tuya. Ellos se indultan a sí mismos. El Gobierno en realidad se dedica a perseguir a los ciudadanos, esquilmándolos a base de impuestos y sanciones” (José Antonio Vera). No este o aquel, cualquier Gobierno, añade Vera. Para ejemplo ahí está la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), título siniestro, pero no del todo inadecuado para tal organismo público. Otro ejemplo: “Los problemas que la política no arregla: la lentitud de la Justicia. Faltan medios; la Justicia no interesa a nadie, no da votos” (El Mundo, 24 de agosto).

Elecciones en el PP de Melilla
Ningún viento sirve al hombre que no navega a ningún puerto, escribió Montaigne. Soplan vientos de cambio, también en Melilla, donde el Gobierno -cualquier Gobierno- cada vez más es considerado un enemigo, un obstáculo para tantos cambios necesarios en la ciudad, un barco dirigido por personas que no navegan a ningún puerto que no sea el de mantenerse ellos en el poder y colocar a los suyos con el dinero público.
Ahora, mientras en CpM -el segundo partido de Melilla, el que tiene el mayor peso en el Gobierno- se sigue ignorando la fecha de sus elecciones, le ha llegado el turno electoral al PP -el primer partido melillense por número de votos, aunque no está en el Gobierno local. Y allí se ha producido la relativa sorpresa de que a la ya conocida intención de Juanjo Imbroda de presentarse a la reelección -intención ostentosamente bendecida desde “Madrid”, en esta ocasión- se ha unido la de Javier Lence -en ignorada compañía, por ahora- de presentar también su candidatura a la presidencia del partido.


La intención de Lence es democráticamente irreprochable. La unidad no es la esencia de la democracia, que se basa en la no existencia de solo un partido. No existe la democracia de partido único, como no debería existir el partido de pensamiento único, ni es necesariamente bueno que exista un solo candidato a presidir una nación o un partido. Dicho eso, la pregunta que los melillenses -especialmente los miembros y simpatizantes del PP- se hacen es si Lence tiene posibilidades de vencer a Imbroda, con las normas electorales del partido que todos sus miembros y votantes han aceptado. Mi opinión, con lo que hasta el día de hoy se sabe, es que Lence no tiene opción alguna de ganar a Imbroda. Lo importante es que en el PP -el partido que parte como favorito para ganar las cruciales elecciones locales de mayo 2023- sea dirigido por quien sus militantes elijan y, a continuación, por un equipo renovado que tenga claro el puerto hacia el que Melilla debe dirigirse en los próximos cuatro años.

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