Marruecos nos echa el muerto

El Gobierno se vanagloria de tener unas buenas relaciones con Marruecos. Pero la realidad es tozuda y evidente a los ojos de todo el mundo. Es difícil que se pueda considerar amigo a un país que ahora, de manera sorprendente, carga a España la responsabilidad de la tragedia que se vivió en la valla de Melilla el 24 de junio. Lo ha hecho el Consejo Nacional de Derechos Humanos (CNDH), una comisión dependiente del Gobierno de Marruecos, según el cual las autoridades españolas «vacilaron» a la hora de prestar «la asistencia y auxilios necesarios» para evitar un aumento de la violencia.
El CNDH dice que los hechos de violencia tuvieron lugar debido a la inacción de las autoridades españolas «a pesar de los empujones y enganches de migrantes frente a las puertas que permanecían herméticamente cerradas» y cuya consecuencia «más probable» fue la de «aumentar el número de muertos y heridos». La entidad considera, además, que las muertes registradas durante el intento de asalto frente al paso fronterizo entre Melilla y la ciudad marroquí de Nador se produjeron por «asfixia mecánica» a causa de los empujones y la aglutinación de un gran número de personas.
En resumen: Marruecos, que tiene el papel de contener esos intentos de entrada en su territorio y es compensado generosamente por ello, tiene el descaro de señalar a España porque no abrió la puerta de Barrio Chino para que pasaran todos los que llegaron al paso fronterizo con intención de romperla y saltar por encima de la valla. Dicho de otra forma más gráfica y, además, literal: Marruecos nos echa el muerto encima. Veintitrés, sin ir más lejos, según sus cifras oficiales, que tampoco se cree ya nadie a juzgar por las imágenes y los testimonios de varias oenegés que cifran en torno a 40 las víctimas de esta tragedia en nuestra puerta.
Por si no era ya vergonzosa su actuación, con esas imágenes de cuerpos apilados en el suelo que han dado la vuelta al mundo, Marruecos ahora da una vuelta de tuerca y responsabiliza a esta parte de la valla. El Ministerio del Interior español se apresuró a salir en defensa de la actuación de la Guardia Civil, asegurando que actuó «en todo momento dentro del marco legal nacional e internacional» y siempre «con criterios de proporcionalidad y de pleno respeto a los derechos humanos, sin que pueda atribuirse a ninguno de los agentes ningún tipo de actuación contraria a ellos».
Horas después, “pelillos a la mar”, porque la portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez, aseguró que Marruecos es un socio fiable y con el que España necesita tener buenas relaciones en el ámbito de los flujos migratorios y en el económico. Es verdad, necesitamos unas buenas relaciones y en Ceuta y Melilla bien lo sabemos por todo lo que hemos padecido durante los meses previos a la foto de Pedro Sánchez rompiendo el ayuno con Mohamed VI en abril. Pero no puede ser tampoco a costa de que Marruecos, con todo el mundo en contra por su papel el 24-J, intente dañar nuestra imagen y la de la Guardia Civil. Eso no es tolerable.
No se entiende tampoco que el Gobierno no responda de una manera más contundente después de todo lo sucedido en la valla hace justo tres semanas, sino todo lo contrario, con los halagos de Pedro Sánchez de que el salto fue “bien resuelto”, a los que han seguido otros similares del ministro del Interior, que ha pedido en Europa más fondos para los países de origen y de tránsito (es decir, para Marruecos). Esto, en vez de una buena relación, va camino de parecerse a una relación tóxica. El Gobierno debería hacérselo mirar, aunque quizá tenga una oportunidad para ello en la comparecencia del ministro del Interior español que ha pedido la Eurocámara, que estudiará, además, enviar una misión de europarlamentarios tanto a Melilla como a Marruecos. Lo malo, que no será hasta otoño. Lo bueno, que entonces quizá nos enteremos, de una vez por todas, de lo que sucedió el 24 de junio.

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