Corrupción

¿Por qué se jugó la final de la Copa de Europa -inicialmente prevista en San Petersburgo- en el estadio parisino de Saint-Denis, cuya ubicación es manifiestamente lamentable, claro ejemplo de lo que es un Estado fallido, como el francés? ¿Lo decidieron Ceferin, el presidente de la UEFA -íntimo enemigo del presidente del Madrid, Florentino Pérez, y que parece un guerrillero Kosovar- y Al Kelaiffi, el presidente del club-estado PSG (que juega en Francia), y quien, tras ganar al Madrid (1-0) el partido de casa, estaba convencido de que su equipo iba a llegar a la final y quería jugarla en su país de adopción? Eso es lo que ocurrió, según leí en un artículo de Salvador Sostres publicado en el diario ABC. Vivimos en un mundo en el que la corrupción no es la excepción.


Lo que sigue ocurriendo en Ucrania también es corrupción. Es insoportable que tengamos que soportar que el presidente de un país muy grande, como Rusia, culpe a Occidente de que, por suministrar armas a los ucranianos, está haciendo que la guerra continúe y Occidente es culpable de ello, por no dejar que Putin mate a los desarmados ucranianos impunemente. Lo que es insoportable es que no se les suministren más armas a los ucranianos que defienden su país, aún entendiendo que “cuando los que han de tomar las decisiones caminan sobre alfombra, son mucho más prudentes y no tienen tanta prisa como los que duermen en el barro y, además, están sujetos a una lluvia de hierro artillero, día y noche” (Gonzalo Fernández, el domingo en MELILLA HOY, comentando sobre Ucrania y las decisiones occidentales).


Occidente no se ha rendido -eso ha quedado claro, a pesar de tantas predicciones pesimistas- pero para que termine la guerra pronto la solución no es que la Rusia de Putin ampute o aniquile a Ucrania y los ucranianos que no se rindan, sino que estos reciban las armas suficientes como para poder impedir que el territorio ruso crezca a costa de ellos, de sus vidas y de su patria, cuya lucha es también la de lo que conocemos como “Occidente”, el lugar donde existe la libertad, algunas libertades, al menos. Si Ucrania pierde la guerra, la hemos perdido todos los seres libres, muchos rusos incluidos.


También es corrupción que Melilla (como Ceuta) siga sin ser Comunidad Autónoma, sin estar en la Unión Aduanera europea (nuestras fronteras son las únicas del mundo que, además de serlo con el país fronterizo- Marruecos- también lo son arancelariamente con el nuestro-España), sin plan alguno de futuro orientado hacia nuestro país y al conjunto de Europa, no hacia Marruecos, con el que sí se deben mantener las mejores relaciones posibles, en plan de igualdad y teniendo siempre en cuenta que lo que el reino de Marruecos pretende es que Melilla (y Ceuta) dejen de ser ciudades españolas y pasen a ser marroquíes, algo que conviene que lo tengan presente, también y muy especialmente, los miembros del colectivo musulmán melillense. Asimismo, conviene insistir en que, como en el caso de Ucrania y los intentos de la Rusia de Putin de anexionársela, o como sucede con los separatistas catalanes y vascos, el ceder -Io del Sahara, por ejemplo- y ceder, y volver a ceder no es la solución, sino la forma más segura de empeorar el problema, como la historia nos demuestra.


Asimismo es corrupción real, aunque pueda no serlo formal, que presuntos corruptos y evidentes tránsfugas políticos, que han votado en su malhadada actividad política “sí” y “no” (y hasta so y ni) sobre la misma cosa, se intenten presentar ahora ante los ciudadanos apelando a la credibilidad (créame). Como broma cruel podría ser pasable, como actividad política en una ciudad en situación tan, tan peligrosa como la de Melilla, la broma no tiene ni la más mínima gracia, como no la tiene la corrupción.


Comparto con Francisco Robles la frase con la que terminaba su artículo del lunes pasado: “Melilla, su población y sobre todo sus gobernantes, deberían aplicarse la frase de José Ortega y Gasset: “Solo cabe progresar cuando se piensa en grande, solo es posible avanzar cuando se mira lejos”. Solo así Melilla y su población tendrán un futuro libre de incertidumbres”, concluía Paco. Y aunque la incertidumbre es consustancial con la naturaleza humana, el peligro extremo en el que Melilla se halla sí podría liberarse, atendiendo a Ortega, pensando más allá de los cuatro años que dura el mandato electoral y que es el período más largo en el que los gobernantes acostumbran pensar, con el objetivo casi único de mantenerse en el poder el mayor tiempo posible.

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