De la pampa sin gauchos a un Mundial que reabrió viejas heridas
Argentina exhibe una paradoja que rara vez se explica con honestidad: un país que se piensa a sí mismo como blanco y europeo, edificado sobre un territorio donde, hacia 1778, la población africana y afrodescendiente rondaba el 37 por ciento, y que seguía representando cerca de un tercio de los habitantes de Buenos Aires tras la independencia. Esa población no desapareció por generación espontánea ni por exterminio deliberado, como sugieren algunas leyendas urbanas. La mortalidad de epidemias y pobreza, la participación desproporcionada de hombres afrodescendientes en las guerras del siglo XIX, el mestizaje y la reclasificación social de sus descendientes hicieron su parte. Pero el factor decisivo fue otro: entre 1855 y 1895, la población de Buenos Aires nacida en Europa pasó del 28,9 al 48,3 por ciento, sin contar a los hijos ya nacidos en Argentina. Sobre ese cambio demográfico real, la élite dirigente montó una operación cultural, declaró simbólicamente extintos a negros e indígenas y vendió al mundo un país homogéneamente blanco. El censo de 2022 registró apenas 302.936 personas auto percibidas como afrodescendientes, el 0,7 por ciento de la población, cifra que sin duda subestima una ascendencia africana más amplia pero ocultada durante generaciones.
El gaucho corrió una suerte parecida, aunque de manera menos brutal y más burocrática. La Conquista del Desierto necesitó sus brazos y sus caballos para las levas forzosas; el cercado de las estancias, a partir de 1870, terminó con el libre traslado del ganado en busca de pastos que constituía su oficio; la privatización de la tierra pública lo convirtió, de dueño simbólico de la llanura, en peón asalariado o en vagabundo perseguido por la ley de vagancia. Argentina hizo con su gaucho lo que suelen hacer las naciones con sus mitos incómodos, lo persiguió como clase social y lo canonizó como símbolo. El Martín Fierro, que narra precisamente a un gaucho despojado y convertido en fugitivo, se volvió lectura escolar obligatoria el mismo siglo en que la Argentina real desmontaba las condiciones materiales que lo hicieron posible.
Sobre esos dos vacíos, racial y rural, se construyó el relato porteño (de Buenos Aires) de excepcionalidad. Hacia 1900, Argentina figuraba entre los países de mayor renta per cápita del planeta, y esa prosperidad alimentó la convicción de pertenecer a Europa aunque situada en América, una idea que sobrevivió intacta a los golpes militares, la inflación y las sucesivas crisis que desmintieron los fundamentos materiales de su idea. No es un relato procedente del exterior, son sus propios intelectuales quienes lo definieron con más dureza. Arturo Jauretche llamó a ese fenómeno cipayismo cultural; el peronismo bautizó con desprecio a los migrantes del interior como «cabecitas negras», término que el anti-peronismo porteño convirtió después en insulto de clase y de piel. Sería tan injusto generalizar sobre «los porteños» como negar que ese complejo de superioridad existe y que buena parte del país, desde Salta hasta Ushuaia, lo señala con hartazgo, una fractura interna heredada de la vieja pugna entre unitarios y federales por el control del puerto y la aduana, y no una construcción ajena.
Un Mundial que repite el guion
Ese doble movimiento, latino americanismo quejoso cuando conviene y excepcionalidad europea cuando no, se proyectó con nitidez en el Mundial de 2026. Tras eliminar a Inglaterra 2-1 en semifinales, varios jugadores exhibieron una pancarta con la frase «Las Malvinas son argentinas», gesto celebrado en Argentina y condenado por políticos británicos que reclamaron una investigación a la FIFA. La reivindicación de soberanía tiene bases históricas defendibles, pero desplegarla tras una victoria deportiva prolongó, desde el gol de Maradona a los ingleses en 1986 conseguido fraudulentamente con la mano, la costumbre argentina de leer cada partido contra Inglaterra como una reparación simbólica de 1982.
España venció 1-0 en la final, disputada el 19 de julio, con gol de Ferran Torres en la prórroga. La prensa mundial alabó el juego de la selección española y rechazó con dureza la actuación de la selección argentina, su dureza durante el partido y sus actuaciones deleznables tras la conclusión de este. La FIFA abrió expediente disciplinario.
En los medios argentinos, en general, se percibió de manera diferente. Lo que en Argentina se entiende como viveza criolla, la inteligencia competitiva de disputar cada decisión e intimidar al rival, buena parte de la prensa internacional lo leyó como mal perder: The Telegraph tituló su crónica «Fútbol 1, delincuentes 0», y The Athletic escribió que Argentina «se deshonró a sí misma». La crítica se ha reproducido a través de los medios de comunicación social en buena parte del mundo, siendo tan solo algunos argentinos los que han defendido, he incluso alabado, esa conducta.
Tras la derrota circularon peticiones de ciudadanos argentinos para repetir la final, encabezadas por una campaña de Change.org que ya supera las 80.000 firmas y acusa sin pruebas al árbitro esloveno Slavko Vinčić de actuación «corrupta», ironía que se repite casi calcada de la que Francia protagonizó contra Argentina en 2022, con más firmas y el mismo destino, ninguno. Circularon también teorías más extravagantes, desde un supuesto ritual masónico hasta maniobras políticas, verificadas por varios medios como afirmaciones sin sustento o imágenes descontextualizadas. Es un mecanismo conocido en las culturas futbolísticas más nacionalizadas, la derrota deja de explicarse por el juego, y se atribuye a fuerzas externas.
A esa proliferación de rumores se sumó la versión, difundida por numerosos medios argentinos probablemente para ocultar la imagen de una justa derrota, de que el FBI habría incautado los teléfonos del presidente de la AFA, Claudio Tapia, y de otros dirigentes en el aeropuerto JFK, vinculándolo a una investigación por presunto lavado de dinero en contratos comerciales. La propia AFA, a través de su abogado Gregorio Dalbón, calificó la historia de «rotundamente falsa» y, hasta el momento del cierre de este artículo, ningún tribunal ni el FBI habían confirmado oficialmente el episodio. Pero su sola circulación masiva revela hasta qué punto la derrota deportiva reabrió, también en esto, el reflejo nacional de buscar un culpable externo.
Ninguno de estos hechos existe de manera aislada. El país que no asimiló la desaparición estadística de su población afrodescendiente ni la de su gaucho, que construyó una identidad porteña de excepcionalidad europea frente a un interior que se siente colonizado internamente, es el mismo que hoy prefiere denunciar conspiraciones de árbitros, jueces y masones antes que aceptar una derrota deportiva honorable. Nada de esto define a cuarenta y siete millones de argentinos, pero la negación, cuando se repite con esa constancia, termina siendo el rasgo más persistente de una identidad que se define, una y otra vez, por lo que se niega a mirar de frente. Buena parte de la población de los países latinoamericanos ve a Argentina con antipatía. Por ello, para el partido final, se consideraban españoles e incluso algunos exhibían su camiseta.



