Hay ocasiones en las que un entrevistado no necesita presentación. Es el caso de Jesús Andújar Martín, periodista y excompañero del MELILLA HOY, que vuelve a su casa para hablarnos de su nuevo libro, ‘Mi Santa Compaña’, en el que relata su experiencia durante su ingreso hospitalario por el covid-19.
– ¿Cómo fue el proceso de volver a escribir después de la pesadilla que viviste con el covid-19?
– Me contagio y di positivo en covid en enero de 2021 y me sentí fatal. El día 11 no tuve más remedio que llamar a la ambulancia porque no podía respirar. Esa noche fue de las peores que pasé en mi vida por la fiebre, por sudar a mares, helarme y pegar saltos en la cama por la fiebre. Era como vivir en una neblina en la que me ahogaba.
Por la mañana me levanté y me senté delante del ordenador porque tenía una rueda de prensa. Tomé apuntes y me sentía tan mal que le pregunté a Fadela (Mohatar), que por entonces era jefa de prensa del PP, que si iban a mandar nota de prensa porque me sentía fatal. Hasta que ella me dijo: “O llamas a la ambulancia o la llamo yo”. En ese momento soy consciente de que me estoy muriendo, por lo que llamo a la ambulancia y ya me derrumbo.
La ambulancia vino en dos minutos, dejé la puerta de mi casa abierta, y de ahí me llevaron a urgencias, de urgencias a una habitación, y al día siguiente me suben a UCI porque tengo una neumonía bilateral. Es decir, que los pulmones se llenan de pus y dejaron de funcionar y no podía respirar. No poder respirar es una tortura.
La fiebre era muy alta. Tenía alucinaciones, veía cómo se desmoronaba la habitación y creía que me iba a aplastar. Había momentos muy lúcidos en los que me despertaba y estaba tranquilo porque (pensaba): “Ahora mismo, estoy respirando”, hasta que ya no podía respirar. Y así durante horas, días… Era agónico, tiré la toalla y quería morirme.
Llegó a tal grado la situación que los médicos avisaron a mi familia de que me quedaban horas, y hubo una madrugada en la que me despierto en la UCI y mis pulmones se han parado. Llega un momento en el que, estando atado, rompo la cama y los médicos deciden sedarme y me intuban. Y me tienen sedado durante cuatro semanas. Decían que era un caballo desbocado y, al final, deciden hacerme una traqueotomía.
Creo que la falta de estímulos externos, así como la medicación y la enfermedad, hace que mi cerebro me genere una realidad alternativa. Entonces, me secuestran.
– Es decir, que no era un sueño
– No, no. Era la realidad. Yo cuento en el libro cómo ha sido. Cómo me secuestran, cómo me engañan con unos objetivos espurios muy concretos, y me llevan a Tailandia, un sitio donde no quería ir.
– Vamos, que se juntaron las alucinaciones con tus peores deseos
– -Sí, sí. Y todo esto dura siete años. Siete años reales con sus días, sus noches, con todo un abanico de personajes, de situaciones, de momentos de estrés y de mucho miedo.
– Es decir, que tú sentiste esos siete años como si fuesen reales
– Los sentí físicamente y en mi cerebro. E incluso dentro de ese mundo alternativo, cuando las situaciones superaban el umbral de la locura, mi mente soñaba. Tenía sueños con los que intentaba calmar mi mente. Sueños dentro del sueño, pero no era dulce. Todo estaba lleno de violencia y había mucho miedo.
En el libro hay un personaje que, filosóficamente podríamos interpretar como la muerte, y que toma un papel predominante en esta historia, y que es el que se encarga de perseguirme y de infligirme todo tipo de malos tratos y violencia. Es puro sufrimiento.
Y, de pronto, una mañana me despierto en la UCI y me están aseando. Pregunto “dónde estoy” -con la traqueotomía- y me dicen que en la segunda planta del hospital. Y pregunto, “¿pero dónde?”. Y me dicen: “En Melilla”. Cuando me dicen que estoy en Melilla me hinché de llorar, porque había terminado el secuestro y volvía a estar en mi casa.
– ¿Qué fue lo que te mantuvo con vida durante esos siete años de secuestro?
– Llegó un momento en el que me dejo llevar y digo: “Que hagan conmigo lo que quieran porque todo lo que he hecho no sirve para nada, a mi nadie me ayuda, nadie me va a socorrer y me da igual todo”. Pero se produce una situación dentro de esa pesadilla en la que yo recibo una lluvia de amor que me inunda por completo y me genera una gran esperanza. Es un sentimiento que se derrama sobre mí y que viene de mis padres, y en ese momento me siento protegido y sé que voy a salir de donde esté.
He vivido una guerra psicológica, y ese daño se queda para siempre. Soy una persona completamente diferente
– ¿Crees que la vida te ha dado una segunda oportunidad?
– Sí. De todas, todas. Yo me rendí, no era capaz de seguir adelante y la vida me dijo: “Tú vas a seguir”, y pensé que, a lo mejor, hay algo para mí, que igual es disfrutar de la vida o de mis seres queridos. Quién sabe, igual la vida me depara algo.
Este libro (Mi Santa Compaña) lo he escrito por tres razones: una, porque no quiero olvidar lo que viví, porque eso forma parte de mí. No quiero olvidarlo. También, porque quiero homenajear a aquellas personas que, como yo, pasamos un mal trance pero conseguimos salir adelante. También quiero homenajear a aquellas madres, padres, hijos y abuelos que no lograron superar la enfermedad. Y, en tercer lugar, por si puede contribuir en algo al trabajo que desarrollan los profesionales de la salud mental.
– Cuando te sentaste frente al ordenador para escribir las primeras líneas del libro, ¿qué sentiste? ¿Cómo fue esa sensación?
– Al principio, miedo. Después, inseguridad. Esto lo empecé porque mi psicóloga me dijo que escribiera unas líneas de lo que fue aquello. Pero empecé a escribir un poco más. Y me salía solo, porque eran cosas que yo había vivido. Me desgarraba cundo escribía determinados pasajes, y fue duro. Fueron cuatro meses muy duros para darle vida a esto. Es una novela autobiográfica que no es fácil de leer en el sentido de que no hay ninguna broma, no lleva fotos… Lo único es que, al final, el personaje vive.
– ¿Qué es la Santa Compaña, el título de tu libro?
– La Santa Compaña forma parte del folclore del norte de Galicia. Es la muerte que va seguida de almas en pena. Decían: “No salgas de noche porque te puedes encontrar con la Santa Compaña y te lleva”. Y yo lo que hago es una interpretación de ese folclore, de que todos llevamos una Santa Compaña propia. La muerte es el final físico y, en mi caso, va seguido de todas las penas y alegrías que hemos pasado en la vida. Esa es mi Santa Compaña: lo bueno y lo malo de la vida, y siempre con un punto de esperanza.
– ¿Qué has aprendido en todo este tiempo?
– He aprendido que soy más fuerte de lo que pensaba y que en el mundo hay más personas buenas que malas.



