Carta del Editor MH, 4/3/2026
Enrique Bohórquez López-Dóriga
Releyendo El Quijote
Acabo de volver a terminar, larga lectura, un libro universalmente conocido y alabado, no tan leído como se merece, ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha’. Al final del libro, “muerto Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de La Mancha”, Cervantes, convertido en Cide Hamete Benengeli, explica -para diferenciarse del falso Quijote, el de Avellaneda- que no quiere poner el lugar donde nació y murió: “cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y ciudades de La Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero”.
Lo nuevo en el Quijote consistió en hacer valer como verdadero lo auténticamente fundado en una experiencia vital, y no lo determinado por un análisis racional (“El pensamiento de Cervantes”)
Don Quijote quería convertir el sueño en realidad, con el resultado de un “vivir muriendo”. Cervantes escribió el libro desde el fondo de una cárcel. Uno de los infinitos libros dedicados al Quijote y a Cervantes es ‘El pensamiento de Cervantes’, de Américo Castro, que se publicó en 1925, y es considerada como una de las obras fundamentales de y sobre la cultura hispánica.
En 1972 apareció la reedición de ‘El pensamiento de Cervantes’. De ese libro resalto que “la realidad -según Cervantes- es siempre un aspecto de la experiencia de quien la está viviendo. Lo nuevo en el Quijote consistió en hacer valer como verdadero lo auténticamente fundado en una experiencia vital, y no lo determinado por un análisis racional”
El porqué de Cide Hamete Benengeli: el Quijote es un escribir vivencial de lo antes escrito quién sabe por cuántos autores- da igual que sea uno, tres o cientos; el autor segundo vivencia al primero como “autor celebérrimo” (segunda parte del Quijote, capítulo 40)… Resguardado tras Cide Hamete, Cervantes se contempla a sí mismo: “¡Oh autor celebérrimo!”. Acierta.
La IA representa la mayor palanca de prosperidad del siglo XXI porque amplifica lo que el ser humano ya sabe hacer: pensar, crear y organizar
La IA: la mayor palanca de prosperidad y de riesgo del siglo XXI
Cervantes alardeó constantemente de sencillez, de desdén por el pedantismo y el tono magistral. Le hubiera gustado mucho el tono y el fondo de lo que dijo Rosa María García en el Club Liberal Español, el 26/2 de este año 2026, en el hotel Wellington de Madrid.
La conferencia la presentaron el gran melillense Carlos Entrena, presidente del Club, y el gran economista que es Juan Iranzo (nos recordó que la oferta crea la demanda, la famosa ley de Say, lo contrario de lo que decía Keynes).
Qué sociedad está utilizando la tecnología (eso es lo importante) nos dijo la conferenciante, muy, muy inteligente, Rosa María García, cuya conferencia se centró en un tema más que atrayente: “La IA: la mayor palanca de prosperidad y de riesgo del siglo XXI”.
Resumo las notas que, a vuela pluma, tomé, mientras atentamente atendía a la extraordinaria exposición de Rosa María.
El cambio, palabra clave. Uno de los primeros ejemplos del cambio y sus consecuencias sociales: el tractor en USA. La Inteligencia Artificial (IA) como cambio profundo. Los cuatro tipos de IA que existen: débil, generativa, agéntica y general. La IA es “estadística a lo bestia”. Aprende de y sobre nosotros. El binomio, inevitable, “prosperidad-riesgo”. El apasionante, también inevitable, marketing digital. La recomendación de que no contestemos sí’ en el teléfono, porque ese ‘sí’ puede ser utilizado para otros fines distintos de los deseados. La dependencia y la desinformación masiva. EU y China, las dos grandes potencias de la IA, y los manuales de funcionamiento.
Una recomendación constante: Memorizar/ pensamiento crítico (es clave). Saber hacer preguntas a la IA, que sustituirá tareas, no personas. La educación, factor fundamental en este nuevo -e inevitable- mundo de la inteligencia artificial. La necesidad de instituciones “que regulen sin frenar”. La robótica que viene, aunque va mucho más despacio que la IA. Y una entusiasta “recomendación” final: “Utilicen la IA”, y recuerden que, en sus relaciones con el mundo digital “tu recibes, y lo pagas con tus datos” (por utilizar lo que recibes gratis, puesto que nada es gratis, como cualquier empresario sabe).
Resumiendo: La inteligencia artificial se alza como la nueva máquina de vapor: silenciosa, invisible y potencialmente omnipresente. La inteligencia artificial no es simplemente una herramienta más; es una tecnología general, comparable en impacto a la electricidad o a Internet. Su capacidad para procesar datos, optimizar sistemas y generar conocimiento abre horizontes inéditos en múltiples dimensiones. La IA representa la mayor palanca de prosperidad del siglo XXI porque amplifica lo que el ser humano ya sabe hacer: pensar, crear y organizar.
Sin embargo, la historia enseña que cada revolución tecnológica redistribuye el poder. Y no siempre de forma equitativa. La cuestión no es si la IA transformará el mundo —eso ya está ocurriendo—, sino quién definirá las reglas del juego. La pregunta no es si la IA cambiará el siglo XXI. La pregunta es si el siglo XXI sabrá estar a la altura de la IA. Y esa respuesta —todavía— nos pertenece.



