León XIV pide que la religiosidad histórica de España sea una «escuela de fe» y no un «museo del pasado»

El Pontífice llama a salir de una "fe cómoda y privada" y a convertirse en "constructores de un mundo nuevo"
El Papa León XIV en la Plaza de Cibeles durante la misa del Corpus Christi.

El Papa León XIV ha pedido que la religiosidad histórica de España no sea un «museo del pasado» sino una «escuela de fe» e invitó a los españoles a «comprometerse personalmente en la construcción del bien común». A las 9’32 horas el Papa llegaba a la Plaza de Cibeles a bordo del Papamóvil, tras un recorrido desde el Instituto Ramiro de Maeztu, bajando por la calle Serrano, Goya y Paseo de Recoletos hasta llegar a la Plaza de Cibeles, donde ha sido recibido con cánticos como: ‘Esta es la juventud del Papa’ y ‘Viva el Papa’. Durante el trayecto, el Papa fue saludando y se paró a bendecir a varios bebés.

A continuación, Robert Prevost fue recibido por los Reyes Felipe VI y Letizia, de nuevo de blanco, junto a sus hijas, Leonor y Sofía, el arzobispo de Madrid, José Cobo, y por el alcalde de Madrid, que le hizo entrega de la llave de oro de la ciudad en el zaguán del Palacio de Correos donde también firmó en el libro de honor. Antes de la Eucaristía, el Pontífice entró en una sacristía preparada especialmente para la ocasión con el objetivo de albergar los objetos sagrados utilizados en la celebración y de ofrecer a León XIV un espacio para revestirse antes de la misa. Allí, Prevost pudo contemplar una talla de Nuestra Señora del Buen Consejo, una advocación mariana muy agustiniana y a la que el Papa tiene mucha devoción, según revelaron los Agustinos.

La misa comenzó en torno a las 10’10 horas. En el altar, presidido por un Cristo de grandes dimensiones -una réplica del Cristo de las hermanas de Belén–, se encontraban 200 personas entre celebrantes y acompañantes en el presbiterio. Bajo el escenario, se ubicaba el anillo de autoridades, sacerdotes y concelebrantes, que ascendían a unas 5.000 personas sentadas en sillas en torno a la fuente de La Cibeles. Entre las autoridades, confirmaron su presencia la ministra de Educación, Milagros Tolón, el presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida y la portavoz de Vox en el Congreso, Pepa Millán, ente otras. En total, asistieron 2.000 autoridades, según la organización del evento.

Por su parte, los cientos de miles de fieles presentes se extendían en forma de cruz desde Cibeles, por la calle Alcalá hacia Gran Vía, por Paseo de Recoletos hacia Colón, por el Paseo del Prado hacia Atocha y también hacia la Puerta de Alcalá, y pudieron seguir la celebración a través de 42 pantallas distribuidas a lo largo de estas arterias. Ante todos ellos, el Papa encargó una misión al país. «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy. Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano», subrayó el Pontífice en su homilía.

Una escuela, según precisó, que enseña «la gratitud del amor» para romper «las cadenas del egoísmo» y que llama a comprometerse en la construcción del bien común. «También nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común», añadió.

NO ES «SUPERVIVENCIA FOLCLÓRICA»

Además, el Papa ensalzó el «sentimiento espiritual» de España que se expresa en procesiones como la del Corpus Christi y puntualizó que no se trata de una «supervivencia folclórica o de un simple adorno estético».

«Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos. No se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado», remarcó.

Asimismo, llamó a salir de una «fe cómoda y privada» y a convertirse en «constructores de un mundo nuevo». No se trata sólo, según  indicó, de «sacar la custodia» sino de que cada uno se deje «sacar del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que transforma» y que hace a los católicos «constructores de un mundo nuevo». En este sentido, señaló que la «memoria histórica de las procesiones del Corpus Christi no se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico» sino que se convierte «en una invitación para el hoy», para la vida personal, para las relaciones, para la sociedad y para «la construcción del futuro».

TENTACIÓN DE CONFIAR EN OTROS ÍDOLOS

A su vez, León XIV advirtió de «la tentación de confiar en otros ídolos y alimentarse de un pan que no sacia» e invitó a «salir de la devoción privada» y convertirse en «protagonistas de la transformación de la historia y signo de esperanza».

«Dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de alegría. Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística que no nos encierra en una devoción privada sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza», animó. También precisó que «el Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados» y apuntó que «no es casual que en España, la Iglesia haya unido durante años la solemnidad del Corpus Christi con el Día de la Caridad».

Durante su homilía, también recordó a san Manuel González, que «recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada sólo en las grandes celebraciones», y unos versos poéticos de San Juan de la Cruz -‘Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche’-. Según dijo, en la prisión conventual de Toledo donde estaba encarcelado «en condiciones durísimas», precisamente en torno al Corpus Christi de 1578 «reconoce desde la noche de aquella prisión la presencia escondida del Señor». Para desarrollar el ministerio del canto litúrgico durante la Santa Misa y la procesión eucarística se contó con un coro y una orquesta con cerca de 400 componentes procedentes de la Orquesta y el Coro de la JMJ, el Coro de San Juan de Ávila, la Escolanía del Monasterio de San Lorenzo del Escorial, Escolanía de la Abadía de la Santa Cruz y Escolanía de la JMJ.

Además, 2.300 ministros distribuyeron la comunión utilizando el mismo número de píxides con 200 hostias consagradas en cada uno. Debido al sol abrasador, los sacerdotes estuvieron acompañados por voluntarios con paraguas blancos. Tras la misa, el Papa bajó por una gran escalinata para presidir la procesión del Corpus por la calle Alcalá, en un recorrido en el que ha desfilado bajo palio y estuvo acompañando por fieles, presbíteros, todos los cardenales, arzobispos y obispos, niños que han recibido la Primera Comunión y autoridades civiles y militares.

Alfombras de flores multicolores elaboradas por 160 voluntarios coordinados por 24 alfombristas de la Asociación de Alfombristas del Corpus Christi de Ponteareas (Rías Baixas) han vestido el recorrido. A su regreso a Cibeles, el Papa impartió la bendición y fue despedido por la multitud con aplausos.

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