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Opinión

La infancia en las calles, el renacer de las ciudades

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Por: Javier Bocanegra- Presidente de Melilla Con Bici

De nuevo, durante las próximas semanas, seremos testigos de esas mareas automovilísticas propias de las jornadas escolares, perpetuando ese “nuevo” desastre medioambiental y de salud pública que se repite sin cesar, en el que cualquier desarrollo de las capacidades netamente humanas que nos definen son relegadas a un segundo o tercer plano a pesar de las constantes reivindicaciones de cierto sector de la sociedad.
Deberíamos ser un poco más coherentes y, definitivamente, mucho menos egoístas con nuestro entorno social, donde mayores, niños y demás grupos vulnerables tengan un peso específico real y no figurado, en esta sociedad tan deshumanizada a nivel institucional, en la que cualquier proceso participativo entiendo que no es más que “puro paripé mediático”, y donde las portadas en los medios se suceden para nada. Esta reflexión no debe sorprender a propios ni a extraños, pues queda refutado por años de malas experiencias en cualquier “proceso participativo” del que formamos parte.
Algunas personas observan en ese ciclo vital, que se repite año tras año y que comienza en el mes de septiembre. Un problema imposible de solucionar, a pesar de las constantes propuestas que nos llegan de los distintos rincones de la orografía española, donde son muchos los grupos de trabajo que se han formado, con el único “pretexto” de ofrecer una solución a esta cuestión que al parecer no la tiene en nuestra ciudad. Algo fácilmente observable en los alrededores de cualquier centro escolar, incluso los nuevos inaugurados recientemente, siguen siendo diseñados sin ninguna propuesta en materia de accesibilidad sostenible, resiliencia, salud pública o pacificación de tráfico, mostrándonos el absoluto desinterés en estos temas tan “educativos”.
Algunos de los problemas derivados de este abuso constante del coche como medio de transporte en los recorridos hacia los entornos escolares y sus alrededores, al margen de los ya conocidos, serán destacados hoy por su influencia en el recorrido de la etapa infantil hacia la adolescencia y posterior maduración como adulto. Fases todas ellas que han de nutrirse de estas experiencias tan necesarias y que por nuestra negligencia han desaparecido desde hace años.
Nos dicen los responsables de lograr un escenario seguro para la movilidad sostenible que la percepción de inseguridad vial es “subjetiva”, pues nuestras calles son seguras (opinión que no comparto). Sin embargo, esta causa tan menospreciada evita más que ninguna otra cualquier oportunidad de ese cambio pretendido por las entidades sociales. Destacamos, por lo tanto, que debe ser tratada con la formación y seriedad que se merece y no ser pasada por alto como hasta ahora, pues ningún documento público la recoge en ninguna de sus formas, a pesar de su carácter disruptor en materia de movilidad sostenible.
El bucle “las carreteras no son seguras porque hay muchos coches, pues me desplazo en coche para ir seguro” lleva consigo un escenario petrificado donde nada cambia, con el consiguiente perjuicio en el desarrollo de las capacidades del niño, impidiendo este tanto el aprendizaje y dominio de numerosas aptitudes imprescindibles para el buen desarrollo físico como la maduración de destrezas psicológicas básicas. Prueba de ello es la inmadurez presente hoy, en las edades adultas.
La falta de movilidad física presente en ese modo de transporte tan “seguro” desarrolla otro problema grave denunciado por todos los educadores, que no es otro que la ausencia de ella. Es decir, que no contentos con la vida sedentaria que les procuramos, les negamos a nuestros hijos de manera inconsciente, si quieren, uno de esos pocos momentos en los que esa movilidad activa tan saludable está presente, en esos siempre menospreciados paseos hacia la escuela llamados ahora “caminos escolares”.

Caminos escolares
Muchos han sido los intentos llevados a cabo en nuestra ciudad, infructuosos en la mayoría de los casos, de revertir esta situación por medio de grandes inversiones económicas (como si el tamaño del talonario fuera el problema), fracasadas casi todas ellas, debido a la falta de participación de los principales actores implicados, padres, profesores, escolares, asociaciones vecinales, empresarios y, sobre todo, un tejido político e institucional que siempre ha menospreciado su importancia, ya sea por falta de formación, competencia o mero interés.
Sírvase como ejemplo el “camino escolar” del Colegio Reyes Católicos, donde se realizó hace años una inversión de 200.000 euros y tanto su uso real, como su calidad y capacidad para convencer diríamos que es como poco más que cuestionable, al presentar aceras infestadas de coches, zonas donde se incumple la Ley de Accesibilidad, falta de sombras (zonas verdes), o donde la contaminación que se padece y el ruido presente no logran convencer a casi nadie.
La falta en el desarrollo de las distintas capacidades físicas y sociales, presentes en la sociedad que conformamos, atenazan la salud de nuestros niños especialmente, al presentar estos un mayor riesgo de sobrepeso y obesidad, incidiendo de forma directa en serias afecciones crónicas de salud y enfermedades: asma, apnea del sueño, problemas en huesos y articulaciones, diabetes tipo 2 y enfermedades del corazón, enfermedades que le acompañaran en toda su etapa adulta. Este grupo social presenta, además, un mayor riesgo de padecer aislamiento social, depresión y baja autoestima, incluso suicidio. El sobrepeso es un factor de riesgo de suicidio en la adolescencia, donde el riesgo se incrementa hasta un 45%, según concluye un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad Estatal de Georgia en Atlanta (Estados Unidos) y publicado en la edición digital de la revista Journal of Adolescent Health.
España se encuentra entre los países europeos donde la obesidad es más grave, con una prevalencia de alrededor de un 40% de menores con sobrepeso.
La recuperación del espacio cercano a las zonas residenciales y escolares en favor de la infancia, debería ser otro pilar fundamental en la obligación de la mejora de la salud de nuestros hijos.  Este discurso innecesario en muchas ciudades, en la nuestra carece de ningún desarrollo por parte de los actores implicados, a pesar de la seria amenaza que supone este escenario para su salud, así como para el incremento exponencial de los costes médicos derivados, presentes y futuros, cifras nada despreciables si tenemos en cuenta que por cada niño que use el camino escolar ahorraríamos 800 euros al año, hagan cuentas.
Llama la atención que en una publicitada “Melilla Ciudad del Deporte” se desprecie la necesidad de procurar un entorno urbano humanizado al menos para la infancia, a pesar de que el consejero responsable sea el mismo de ambas áreas, deporte y urbanismo. Esto demuestra lo que ya sabíamos, y es que las inversiones en el área de deporte, por elevadas que estas sean, no tienen como objeto mejorar la salud de los ciudadanos y mucho menos la de los “no federados”, algo fácil de observar en cualquier rincón de la ciudad, donde solo esas “zonas biosaludables” en parques perfectamente diseñados que la infancia ni entiende, ofrecen alguna oportunidad, aunque eso sí, extraordinariamente limitada para el desarrollo de la imaginación de la infancia, donde más nos valdría cortar calles a coste cero y que los niños modificaran a su antojo los espacios urbanos, como si de un lienzo en blanco se tratase donde no hubiera limitaciones de ningún tipo, pues no existe mayor capacidad transformadora que la mente de un niño que juega.
La contaminación del aire es un problema invisibilizado en nuestra ciudad, aunque causa más muertes que los accidentes de tráfico (800.000 muertes frente a las 25.260 en el 2017 solo en Europa), según el informe sobre calidad del aire de la Agencia Europea de Medio Ambiente. Sabemos, además, que la infancia es especialmente vulnerable, dado que la contaminación afecta a su crecimiento, salud respiratoria o desarrollo cognitivo. El ruido, otro agravio a su salud, ha sido señalado en nuestra ciudad como un problema de primera índole en el Mapa de Ruidos de Melilla, a pesar de nunca haber formado parte del discurso de ninguna “agencia gubernamental local”, pues al parecer los daños y las muertes que provoca allí donde está presente, no interesan políticamente.

Entornos escolares
La protección de los entornos escolares, como de cualquier grupo vulnerable, da buena cuenta del tipo de sociedad en la que vivimos. Tonucci nos dice “que los niños vuelvan a jugar en la calle hará más seguras las ciudades”, algo que constató el jefe de la policía de Bogotá (una de las ciudades más peligrosas del mundo), al afirmar que las calles que eran recorridas por los caminos escolares habían reducido sus índices de criminalidad, un dato aparentemente inexplicable hasta que supo escuchar a Frato.
Los caminos escolares han existido siempre. No hace tantos años era fácil de ver a los grupos de estudiantes de distintas edades recorriendo todas las calles de nuestra ciudad, nutriéndolas con su presencia a través de charlas, juegos y carreras. Todo el entorno se beneficiaba de su presencia, a modo de un río lleno de vida recorriéndolas, en cuyos márgenes la ciudad se desarrolla, era pacificada y presentaba una alegría ahora ausente y que los nostálgicos demandamos, aún a pesar de esa complacencia reinante, esa que nos empotra en el sillón, anestesiando cualquier capacidad crítica.
Muchas son las razones y muchos son los datos. El que el uso de estos caminos hacia el colegio no sean una realidad en todo el entorno urbano, resulta difícil de entender para cualquiera que ponga un mínimo de interés y más aún sabiendo la gran cantidad de consejeros, viceconsejeros y representantes de los distintos ministerios de los que disponemos.

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