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Opinión

La guerra de las galaxias, pero de verdad

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Por: Gonzalo Fernández

Como siempre sucede, cuando se trata de tecnología, la realidad ha alcanzado y superado a la ficción. El tema de los meteoritos de grandes dimensiones que pudieran chocar con la tierra (pasa de ser un asteroide a ser un meteorito cuando al entrar aquel en la atmósfera de la tierra, no se quema en su totalidad), ha sido tratado en películas como “Armaggedon” y “Deep Impact”, con una gran dosis de dramatismo, muertes y heroísmo. Y no siempre con final feliz para la tierra.

La sensación que transmiten esas películas es que el mundo es muy grande y el pequeño asteroide “malvado”, se acerca irremisiblemente para causar una destrucción total en la tierra. Lo que científicamente parece cierto es que, para aniquilar totalmente la vida en la tierra, el potencial meteorito debería tener un diámetro de unos 60 kilómetros. No se ha detectado en este momento ninguno de esas características, por lo que al menos por unos cien años estaremos seguros de que no será necesario revivir esas películas.

El meteorito que ocasionó una catástrofe global y acabó con los dinosaurios tenía, “tan solo”, 10 kilómetros de diámetro. La catástrofe ocurrió hace 66 millones de años -según la datación obtenida de las hojas fósiles encontradas- cuando la enorme roca cayó en la Península de Yucatán, destruyendo el 75 por ciento de la flora y fauna existente y levantado olas de hasta 1.000 metros de alto.

Otro gran meteorito, de entre 0,5 y 2 kilómetros, cayó hace 2.200 millones años al sur de Sudamérica, pero no causo daños entre nuestros antepasados, que eran africanos según las teorías recientes generalmente aceptadas.

Además de los daños producidos por el impacto inicial, el impacto de un meteorito grande, al resquebrajar la corteza terrestre, incrementaría en gran medida la actividad volcánica; también causaría un enorme terremoto y tsunamis; por fin, se produciría lo que se conoce como un “invierno nuclear”, donde el sol queda cubierto por el polvo de la atmósfera durante un largo período de tiempo, bloqueando las radiaciones solares, disminuyendo las temperaturas y, consecuentemente, produciendo un efecto devastador sobre todos los seres vivos.

Ya hemos inferido que el planeta tierra no es una más que minúscula bolita, girando alrededor del sol a unos 107.200 kilómetros por hora y desplazándose a la vez por el universo, junto con nuestra galaxia, la Vía Láctea, a unos 2.100.000 kilómetros por hora ¡unos 600 kilómetros por segundo! Sí, por segundo. Comparen con el AVE.

Estas increíbles velocidades no se pueden sentir porque nos desplazamos siempre a la misma velocidad. Siguiendo el ejemplo del AVE, si nos ponemos a leer y no miramos hacia afuera, no sentimos la velocidad, pero sí notamos la deceleración cuando el tren se acerca a una estación y frena, o la aceleración cuando sale de ella.

Para evitar que los intrépidos héroes de Deep Impact deban jugarse la vida para salvar a la tierra, pero esta vez de verdad, la NASA ha lanzado la nave espacial DART (dardo en inglés) que son las siglas de “Double Asteroid Redirection Test (Prueba para el Redireccionamiento del Asteriode Doble). El propósito de este lanzamiento es hacer chocar la nave contra uno de los dos asteroides del sistema, tratando de desviar su trayectoria y sirviendo de experimento para futuros lanzamientos. Además de su valor, a corto y medio plazo, como herramienta de defensa contra asteroides de menores dimensiones, el sistema de guiado desarrollado para este proyecto tiene un enorme valor como arma de energía cinética -por la masa y enorme velocidad a la que se mueve- contra posibles ataques a los Estados Unidos con misiles nucleares.

La nave es del tamaño de una nevera y pesa unos 600 kilos, estando previsto que se estrelle contra el pequeño asteroide de nombre Dimorphos. Con ello, se pretende perfeccionar la capacidad, muy difícil de alcanzar, de desviar un asteroide antes de que pueda estrellarse contra la tierra, para lo que antes deben ser detectados con muchos años de anticipación. 

Para lograr un impacto con el pequeño Dimorphos, DART tendrá que alcanzarlo a unos 11 millones de kilómetros de distancia de la tierra, lo que supone un enorme reto de ingeniería aeroespacial, tanto para calcular el momento exacto en que DART debe ser lanzado, como para lograr una perfecta alineación final, contando tan solo para ello con muy pequeños encendidos de sus propulsores. 

Ya que el satélite no tiene tripulación, como tampoco la tendría en un caso real, todo el proceso debe ser previsto con anterioridad, mediante complicados algoritmos informáticos (secuencia de pasos lógicos que permiten solucionar un problema), de una complejidad hasta ahora no intentada, en cuanto a navegación de la nave hasta su destino.

La observación posterior permitirá determinar si la misión ha sido un éxito, midiendo la desviación lograda en relación con la órbita anterior al choque.

Si la prueba tiene éxito, habría que preparar en el tiempo una flota de satélites, capaces de impactar contra el asteroide objetivo en un determinado, corto, espacio de tiempo. Para que estén a menos de 10 años de viaje de la tierra, se debería probar otro método, utilizando durante mucho tiempo la pequeña gravedad proporcionada por un satélite grande.

El uso de un arma nuclear para desviar la trayectoria del asteroide es posible, sin que por ello deba morir nadie ni bajar de la nave para colocar los explosivos nucleares, sino que se podría hacer explosionar el arma nuclear a una pequeña distancia del asteroide, aunque se desconoce si se producirían muchos fragmentos que pudieran, por sí mismos, representar una amenaza para la tierra.

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