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Opinión

Es la economía, estúpido

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Por Gonzalo Fernández

La enorme cantidad de artículos escritos recientemente sobre Afganistán me invitan a no escribir ahora sobre ello, máxime cuando he leído recientemente un muy buen artículo de Miguel Platón centrándose en la mendacidad de nuestros políticos en el poder sobre este tema, a lo que yo añado que también sobre otros muchos.
En otro artículo el editor del diario Melilla Hoy cita a James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton, con su famoso lema de campaña: “economía, estúpido”.
Ambos artículos deberían hacer reflexionar a los políticos, también a los locales, sobre dos puntos importantes.
La importancia de las ideas, de los ideales, como motor de la actividad humana, como guía de nuestra actividad diaria por encima de conveniencias puntuales. Si se abandona la defensa de las ideas, te traicionas a ti mismo y a los demás. En otras palabras, si te vendes por treinta monedas eres un Judas y tu conciencia te llevaría metafóricamente a colgarte. La traición a tus ideas no da la felicidad, solo la defensa de éstas lo hace.
Y regresamos a la economía. En un artículo anterior traté sobre la trascendencia del concepto económico de “localización” para Melilla. Otro concepto económico, la teoría del “modelo de la gravedad”, forma la base para la estimación de la importancia previsible del comercio entre dos países.
Dicha teoría, en resumen, afirma que el volumen de comercio entre dos países es directamente proporcional a su PIB (Producto Interior Bruto: valor total de los bienes y servicios producidos por una economía) e inversamente proporcional a la “distancia” entre los países, incluyendo en este concepto de “distancia” múltiples y diversos factores. Entre ellos citamos la distancia física, la existencia o no de fronteras, la existencia de tratados comerciales, la identidad cultural, el idioma, la existencia de buenas rutas de transporte, la historia comercial entre los países y muchos otros.
Adaptando este modelo a la situación económica de Melilla, primero deberíamos saber con quién va a realizar su comercio. Si es con el resto de España u otros países más alejados, lo dicho en mi anterior artículo en cuanto a posibilidades de desarrollo aplica en su totalidad.
Si por el contrario es con Marruecos y en particular la inmediata zona del Rif, se abren otras posibilidades para las que las recientes declaraciones del Rey de Marruecos abren un cierto camino a la esperanza, al menos por el momento. Aunque nunca es conveniente tener un único socio comercial, ya que se estaría permanentemente “preso” de la voluntad de otros, que sabemos es fluctuante y siempre inclinada a largo plazo en su favor.
Procediendo al análisis del término distancia en el contexto de Melilla, se observa que la distancia física con el Rif es obviamente menor que con otros puntos y, por tanto, muy favorable. La existencia de fronteras y su volatilidad en cuanto a su apertura es claramente desfavorable. La existencia de tratados comerciales no es específica para Melilla y por tanto podríamos considerarla con un peso neutral. La identidad cultural es negativa, así como la diferencia de idioma en muchos casos. Las rutas de transporte no son buenas, pero si adecuadas para el volumen de comercio posible y en todo caso más baratas que las marítimas o aéreas, que serían la alternativa. La historia comercial entre las partes es de nuevo fluctuante y por tanto podemos calificarla como neutral.
Ponderando cada uno estos factores podemos concluir que las posibilidades de intercambio comercial entre Melilla y su entorno inmediato son teóricamente favorables a corto y medio plazo, pero siempre teniendo en cuenta la permanente incertidumbre que las circunstancias políticas generan sobre el comercio con Marruecos.
Caso de ser posible, se abriría paso un comercio con características similares a las que tenía antes del último cierre de fronteras, importando productos básicos y exportando otros con mayor valor añadido. Se podrían añadir a la lista alguno de los productos que citamos a continuación.
Como ya mencioné, la única opción segura para el desarrollo sustentable de la ciudad sería la generación de pequeñas empresas con orientación tecnológica y potencialmente con gran valor añadido (a nivel empresarial, la diferencia entre los ingresos de una empresa y los costos de las materias primas, el capital fijo y el capital variable).
La orientación tecnológica reduce o elimina, si se cuenta con la infraestructura adecuada, las barreras derivadas de la distancia, lo que representa una ventaja fundamental en el caso de Melilla, que puede ser considerada en muchos casos como una isla, a efectos del comercio.
Pero esa orientación tecnológica requiere de personas con la adecuada preparación técnica, que si fuera necesario tendrían que ser traídas desde fuera, proporcionándoles los estímulos adecuados, para así crear una base de conocimiento que luego pudiera ser completada y extendida con personal local, mediante la formación proporcionada por esas empresas nacientes y con la colaboración del gobierno local.
Lamentablemente todas las teorías económicas que podamos estudiar se quedan solamente en eso, en teorías, a no ser que exista una voluntad firme y prolongada en el tiempo de los responsables locales para adaptarlas y aplicarlas.
Observarán que no he utilizado la palabra autoridades. La razón es que en democracia la autoridad no proviene de Dios, como en las antiguas monarquías absolutistas, ni del puesto ocupado en la lista electoral del partido, sino que se le concede a una persona o personas exclusivamente -y esta es la palabra clave- para realizar un trabajo en beneficio de los que se la han concedido. Por ello, la autoridad y la responsabilidad son conceptos que deben ir inextricablemente unidos. Si no se acepta la responsabilidad, no se tiene la autoridad.

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