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Opinión

El siguiente paso del expansionismo ruso

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Imagen de Vladimir Putin

Por Gonzalo Fernández

El presidente Putin tiene un largo y profundo conocimiento de las relaciones internacionales, de los equilibrios de fuerzas y de cómo modificarlos. Su escuela fue el afamado KGB y su instinto para ver y explotar las debilidades de sus enemigos es enorme.

He utilizado la palabra enemigo plenamente consciente de su significado. En las relaciones internacionales los países se disputan unos recursos escasos y las vías de comunicación que unen esos recursos con sus respectivos países, en un juego de suma cero: lo que unos ganan lo pierden los demás. Uno de esos recursos, según la concepción alemana anterior a la Segunda Guerra Mundial, es el “Lebensraum” o espacio vital, un concepto desarrollado por el geopolítico Ratzel, adoptado por Kjellen y por fin implementado por el geopolítico también alemán Haushofer, que sirvió de base a la geopolítica alemana que impulsó dicha guerra mundial.

Según Haushofer y posteriormente Hitler, Alemania necesitaba un gran espacio para crecer geopolíticamente, por lo que debía anexionarse física y también étnicamente Polonia, Ucrania, Rusia y los Países Bálticos, entre otros. La nueva concepción expansiva rusa ya cuenta con Bielorrusia, estado cuasi dictatorial vasallo de Rusia, como punta de lanza en Europa; ocupó una parte de Ucrania y en especial la muy estratégicamente importante península de Crimea, para garantizar su salida al Mediterráneo; en el Mar Báltico cuenta con el enclave de Kaliningrado, separado físicamente del resto del territorio ruso y situado entre Lituania y Polonia; además está presionando fuertemente sobre los Países Bálticos mediante sobrevuelos no autorizados, maniobras militares en sus fronteras, una fuerte propaganda dirigido a los rusos residentes como consecuencia de la no tan distante pertenencia de estos estados a la antigua Unión Soviética y también mediante una presión informativa a nivel mundial, pretendiendo y con frecuencia consiguiendo convencer a los pueblo de Estados Unidos y de Europa, como ya hicieron en el caso de Ucrania, de que los Países Bálticos no merecen una confrontación armada. ¿Recuerdan la invasión de los Sudetes al principio de la Segunda Guerra Mundial?

Aunque en el inmenso Este el expansionismo ruso está contenido por China, es fácil observar que en el Oeste está siguiendo con éxito un plan, a largo plazo, que copia casi punto por punto la estrategia del “lebensraum”, pero en sentido este – oeste.

Los pueblos de Europa y en menor medida de los Estados Unidos, son pueblos acomodados, pueblos “de valle” según el ejemplo tradicional, que no están dispuestos a sacrificar el bienestar obtenido para defender otros intereses que no sean los propios y aún así con reticencias, o incluso ni a defender sus propios intereses. Recordemos cómo el Imperio Romano cayó ante los pueblos bárbaros del norte, tras ser defendido por legiones mercenarias, ya que los propios romanos no querían realizar ese sacrificio.

A ellos, a los pueblos de Europa y Estados Unidos, se enfrenta un pueblo menos acomodado, el ruso, un pueblo “de montaña” que pretende volver a ganar el estatus de superpotencia que, en su mentalidad, los volvería a situar en condiciones de igualdad con los Estados Unidos, teniendo una mejor vida.

Europa entretanto está haciendo poco o nada para detener el expansionismo ruso. De nuevo nos viene a la mente el principio de la Segunda Guerra, aunque creo que las circunstancias no son las mismas ya que el accionar calculador e inteligente de Putin afortunadamente nada tiene que ver con la locura de Hitler. Europa se limita a condenar, a tomar tibias medidas económicas, pero sigue comprando el petróleo y sobre todo el gas ruso. Alemania y Francia buscan realizar conversaciones de la Unión Europea con Rusia para distender la tensión, a lo que se opone Polonia que ve la repetición por Rusia del plan “alemán” como una amenaza clara para el futuro de su país.

En cuanto a la OTAN, por una parte contribuye a la defensa aérea de los Países Bálticos mediante el despliegue rotatorio, entre los países de la Alianza, de varios aviones de caza para controlar los vuelos rusos entre la Rusia continental y el enclave de Kaliningrado, ya que no siempre respetan el espacio aéreo de esos países ni vuelan con los equipos de identificación internacional de aeronaves encendidos. Por otra parte, la OTAN despliega sobre el terreno algunos batallones, también en turnos rotatorios, para aumentar la disuasión mediante la amenaza de empleo del Artículo 5 de la Carta de la Alianza Atlántica, que garantiza la defensa común entre los países miembros.

El papel de Estados Unidos, con la excepción de su contribución dentro de la Alianza, quedó muy limitado durante el mandato aislacionista de Trump y su insistencia en que fueran los países europeos los que se encargaran de la defensa de Europa en su totalidad, incluso amenazando con retirar todas las tropas estadounidenses estacionadas en Alemania. La llegada a la presidencia de Biden no ha mejorado mucho la situación sobre el terreno, aunque sí lo ha hecho en gran manera desde el punto de vista diplomático. Deberemos esperar algunos meses más para comprobar hasta qué punto la cita de Lope de Vega, ”obras son amores y no buenas razones”, sirve para pronosticar el futuro. 

Vladimir Putin, aunque ruso, conoce muy bien la realidad de esa cita española.  

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