El Río de Oro, que es el principal cauce de Melilla, cruza toda la ciudad hasta su desembocadura en el Mar Mediterráneo. Debido a que permanece seco, casi durante todo el año, en muchas de sus partes se convierte en un vertedero. Allí se acumulan latas de refrescos, botellas de vidrio, colchones, bolsos, zapatos, bolsas de plástico, piezas de coches, etc. Cualquier tipo de basura que exista, se puede encontrar en ese río. Pero el depósito de residuos, no sólo provoca una mala imagen, sino que además, tiene un gran impacto medioambiental, causando, también, una pérdida de la flora y fauna de la zona, señalan los ecologistas.
Así, múltiples aves que aún anidaban aquí, muchas de ellas de subespecies locales, como el bulbul, el mirlo, el herrerillo y el carbonero, se han visto obligadas a criar a sus polluelos entre basuras y con un espacio cada vez más reducido.
Los desperdicios, que se esparcen por todo el recorrido del caudal, se están acumulando, lo que puede ocasionar que esos residuos lleguen al mar, si bien las limpiezas que realizan desde la Confederación Hidrográfica y desde la Ciudad Autónoma lo evitan.
La propia Confederación Hidrográfica del Guadalquivir (CHG) reconoce que “el cauce de la masa de agua del río de Oro y sus afluentes se han visto alterados morfológicamente debido a la canalización del mismo y a la modificación de su trazado original cerca de la desembocadura”. “Esto ha provocado la pérdida de naturalidad de los cauces y de los ecosistemas originarios propios de estos hábitats. Otro problema que incide sobre estas aguas es la acumulación de residuos sólidos procedentes de poblaciones cercanas” confluye el citado organismo.
El Río de Oro de Melilla, esa asignatura pendiente
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