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Dos comités de crisis, dos

"Ojalá la política les honre". Escuché este comentario a un respetable colega, barcelonés de toda la vida, lógicamente conmocionado por lo que, en esos momentos, acababa de conocer. Quería el autor de esta frase significar muchas cosas: que esas víctimas inocentes merecen que, al menos, un cambio radical de política vuelva a respetar los derechos de los ciudadanos a la mejor gestión posible de su seguridad. Alguna vez, con motivo de los atentados en Manchester y Londres, dije que, cuando un país se distrae, todos los males caen sobre las cabezas de ese país, de su gente. Quizá, con cuánto dolor he de decirlo, porque sé que no es lo políticamente correcto ahora, la abarrotada Barcelona de la polémica sobre el turismo, la Cataluña ensimismada en su 'procés', andaban demasiado distraídas como para prestar toda su atención a lo fundamental: el servicio a la gente.

Lamenté, por tanto, ver que había dos comités de crisis en Barcelona, uno presidido por Carles Puigdemont, el otro por Mariano Rajoy. No se hicieron una foto juntos. Y, si uno se ponía a ello, pudo apreciar en los discursos del president de la Generalitat y en el de la alcaldesa de la Ciudad Condal, Ada Colau, un disimulado intento de minimizar el papel de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado a la hora de echar una mano e investigar la autoría del monstruoso atentado que causó, cuando esto escribo, quizá ya catorce muertos y un centenar de heridos. Y no sabe usted cuánto lamento comenzar este comentario con las apreciaciones que anteceden, porque sé que, como decía Pujol cuando le respetábamos, ahora no toca. No debería tocar, pero tampoco tocan las conductas miserables o sectarias, si se dieren. Las autoridades que dicen representarnos tienen que tener, en estas horas, una especial sensibilidad sobre lo que hacen, dicen y hasta piensan.

Al Estado le va a corresponder jugar un papel primordial en la persecución de los asesinos. También a la hora de juzgarlos. Y el Govern catalán tendrá que comprender que el apoyo de los servicios secretos, de las fuerzas de seguridad del Estado, de los diversos departamentos relacionados con el Gobierno central y con las instituciones que puedan prestar su ayuda para paliar tanto dolor, es imprescindible. También habrá de comprender que las muestras de condolencia que llegaron de los mandatarios de todo el mundo, incluyendo alguna demasía tuitera del presidente de los Estados Unidos, iban dirigidas a España y a las máximas autoridades españolas, esas que se apresuraron a viajar a la capital de Cataluña para estar ahí y para estar este viernes de dolor en la concentración silenciosa en la plaza de Cataluña, junto con los máximos responsables de la política catalana.

No sé si Puigdemont lo entenderá o no: esperemos a ver qué ocurre ahora, en los días de la imposible convalecencia. Desde luego, estoy seguro de que, al menos, lo va a entender la opinión pública catalana. Y la española, en general. Entre las docenas de reacciones que escuché en radios y televisiones, la que más me interesó fue la del presidente de la patronal catalana, Joan Rosell, destacando que, cuando la tragedia humana se produce, nada importa la pequeña política. Creo que no hubiese tenido sentido ahora echar en falta alguna condena, buscar doble sentido en los discursos de Puigdemont o de Ada Colau, o de cualquier otro. O lamentar que Rajoy y Puigdemont no apareciesen juntos en el primer momento, en la tarde-noche de ese jueves negro que quedará en la historia de la infamia terrorista. Pero ocurrió, y uno considera que no debe callarlo.

Creo que este atentado, y esto quizá esto sea también políticamente incorrecto en estos momentos, debería tener eso: consecuencias políticas. No es tiempo de fraccionamientos. En la Plaza de Cataluña quisieron estar todos. Hay que dejar para mejor ocasión esa pequeña política de la que hablaba Rosell, porque lo esencial es garantizar la seguridad y el mayor bienestar posible del ciudadano. Y eso, parece mentira que haya que reiterarlo ahora, solamente lo puede hacer un país grande, con medios, con relaciones internacionales. La España unida, que tiene que hacer la gran política, codo con codo con Cataluña. Ojalá esto que escribo ahora, con el corazón encogido, como usted que me lee, como todas las personas de bien, no quede solamente en bellas palabras que se lleva el viento.

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