Carta del Editor MH, 15/2/2026
Enrique Bohórquez López-Dóriga
“Donde se cuenta lo que en él se verá”. Así, tan graciosa e inteligentemente, empieza el capítulo IX, de la segunda parte del Quijote (que es mejor que la primera, porque ya no se limita a imaginar el mundo, sino que lo interpela).
Así empieza, también, esta mi Carta del Editor, en la que voy a empezar comentando sobre esa, más que probable, llegada de una Segunda Transición a nuestra España, que “ha dejado de ser socialista”, tras insistir, en lo que a Melilla respecta, en que para nuestra ciudad es vital que se produzca un cambio radical en el Gobierno español. O, dicho de otra manera, que termine de mal gobernar el actual Gobierno sanchista/comunista una España fatigada, desorientada y crecientemente alejada de sus propios intereses estratégicos, entregada y rendida ante la monarquía alauita, que hace todo lo posible para que una ciudad, la nuestra -tan importante estratégicamente para España, para Europa, para Occidente en general- deje de ser española.
Es más que probable la llegada de una Segunda Transición a nuestra España, que “ha dejado de ser socialista”
Y si ese debate es crucial para el conjunto del país, en Melilla lo es de manera existencial. Para nuestra ciudad no basta con ajustes cosméticos, ni con cambios de discurso: es vital que se produzca un cambio radical en el Gobierno de España. Dicho sin rodeos: que termine el mal gobierno del actual Ejecutivo sanchista-comunista, un gobierno que ha demostrado una preocupante docilidad ante la monarquía alauita y una alarmante falta de firmeza en la defensa de la soberanía nacional.
Porque, mientras se predica modernidad y progreso, el Gobierno sanchista consiente —por acción u omisión— que una ciudad como Melilla, estratégica para España, para Europa y para Occidente en su conjunto, sea empujada hacia la irrelevancia, el aislamiento y la duda sobre su propia españolidad. Y eso no es un error menor: es una renuncia histórica.
No estamos, pues, ante una coyuntura pasajera ni ante un simple relevo de siglas. Estamos ante un punto de inflexión histórico. Las transiciones no se anuncian: se imponen cuando el poder deja de servir al país y empieza a servirse de él. Y eso es exactamente lo que hoy perciben millones de españoles y también —aún con mayor urgencia— los melillenses.
El Gobierno sanchista consiente —por acción u omisión— que una ciudad como Melilla, estratégica para España, para Europa y para Occidente en su conjunto, sea empujada hacia la irrelevancia, el aislamiento y la duda sobre su propia españolidad
Melilla no puede permitirse el lujo de la ingenuidad, ni el consuelo de las palabras huecas. O se defiende con claridad y sin complejos, o se pierde por agotamiento y abandono. No hay término medio. Quien no entiende la importancia de Melilla para España, no entiende España; y quien la sacrifica en nombre de equilibrios diplomáticos mal entendidos, está hipotecando el futuro común.
Por eso, esta no es solo una llamada al cambio político, sino una llamada a la conciencia. A recordar que la soberanía no se negocia, que la dignidad no se delega y que las ciudades no se mantienen españolas por inercia, sino por voluntad. La Historia —siempre implacable— acabará pasando factura. La única pregunta es quién estará del lado de la responsabilidad cuando llegue ese momento (hoy parece evidente quién estará).
Lo que resulta evidente es que el Gobierno sanchista que aún padecemos no parece dispuesto a situarse del lado de la responsabilidad. Ahora anuncia “ayudas de 200 euros mensuales por hijo”, sin calendario claro, sin dotación presupuestaria definida y sin explicación estructural de su viabilidad. Prometer sin sustento no es política social, es marketing electoral. Y cuando la política se reduce al titular, la confianza pública se convierte en una limosna disfrazada de derecho.
Vuelvo a lo próximo, a nuestra Melilla. Espero que el Gobierno de Melilla que surja tras las elecciones de 2027 entienda, comprenda y prometa evitar que nuestra ciudad siga siendo “una ciudad comunista, disfrazada de capitalista”, como ahora, por herencia, y por interesada desidia política, es..Y así, de mal, estamos.
La confianza en el futuro que tiene hoy la mayoría de los melillenses es cercana a cero. Sin confianza no hay inversión. Sin inversión no hay empleo. Sin empleo no hay dignidad económica, ni futuro
Nuestra ciudad no puede seguir instalada en un modelo ambiguo, dependiente y contradictorio: una economía intervenida hasta la asfixia, pero sostenida por la ficción de mercado; una ciudad que presume de capitalista mientras vive estructuralmente del subsidio; una “ciudad comunista disfrazada de capitalista”, fruto de inercias heredadas y de una desidia política interesada. El problema no es ideológico en su superficie, es estructural en su raíz. No hay prosperidad sin tejido productivo real. No hay libertad económica sin cultura del emprendimiento. No hay futuro sin confianza.
Me remito y recuerdo lo que Yuval Harari, en su gran libro, Sapiens, escribió: “Lo que permite que la economía entera sobreviva y prospere es nuestra confianza en el futuro. Está confianza es el único respaldo para la mayor parte del dinero del mundo”. La economía no es solo números: es expectativa, es fe racional en que mañana será mejor que hoy. La confianza en el futuro que tiene hoy la mayoría de los melillenses es cercana a cero. Sin confianza no hay inversión. Sin inversión no hay empleo. Sin empleo no hay dignidad económica, ni futuro. Y sin dignidad económica, toda promesa pública se convierte en una limosna disfrazada de derecho.
Melilla necesita algo más que transferencias. Necesita un proyecto. Necesita liderazgo que sustituya la subvención por productividad, la dependencia por competitividad y la resignación por ambición colectiva. O cambiamos el modelo o el modelo terminará por vaciarnos. Porque la confianza —como bien recordó Harari— es el verdadero capital. Y hoy, en Melilla, ese capital está en números rojos.



