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Editorial

¿Y los peines invertidos?

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Valla de Melilla

Varios son los llamados puntos calientes de la valla de Melilla a lo largo de sus 12 kilómetros, pero uno se lleva la palma, y es el tramo que está junto al puesto fronterizo de Barrio Chino. Como si fuera un punto de encuentro, cada vez que hay presión en la valla hay que mirar hacia allí. Quizá porque está cerca de la bajada del Gurugú, donde los inmigrantes tienen sus campamentos mientras esperan el sueño europeo. O por la orografía y la presencia de viviendas justo al otro lado del perímetro, que les permiten más lugares donde esconderse para llegar más fácilmente hasta la valla. El caso es que la zona de Barrio Chino, podría decirse, es la zona más vulnerable de todo el perímetro.
Y ante eso, la pregunta del millón: ¿por qué no hay allí peines invertidos? ¿No debería haber sido uno de los primeros sitios en los que el Ministerio del Interior debería haber instalado este innovador método de protección? Cualquiera que pase por allí podrá ver que hay alrededor de 400 metros desde el puesto fronterizo hacia el aeropuerto sin esos peines, que es justo donde se producen los saltos.
La respuesta igual la tienen en la Delegación del Gobierno o en el Ministerio del Interior. O no. Pero lo lógico y razonable es que, si todo el mundo sabe, tanto a un lado como al otro de la valla, que ese lugar es donde los inmigrantes ven más facilidades para intentar entrar en Melilla, se refuerce con todos los medios posibles para poner fin a esa mayor vulnerabilidad. Porque la realidad es que desde Marruecos se considera la zona de Barrio Chino como un coladero, a la vista de los hechos. Y no solo para los inmigrantes que quieren saltarla. También para los traficantes de drogas que se dedican a lanzar o “voltear” su mercancía hacia Melilla.
La clave la dio la Asociación Española de Guardias Civiles (AEGC) cuando, después del salto a la valla de la madrugada del miércoles, criticó que el Gobierno se hubiera dado tanta prisa para quitar las concertinas sin instalar a la vez los peines invertidos con los que las ha sustituido. Debería haber sido un trabajo simultáneo, pero el Gobierno de Pedro Sánchez tenía prisa en el márketing que supone quitar las impopulares concertinas que otro Gobierno del PSOE, el de Zapatero, colocó. No olvidemos que ese anuncio de poner fin a las cuchillas fue uno de sus primeros anuncios nada más aterrizar en La Moncloa vía moción de censura en 2018.
“Con sus prisas, el Gobierno ha dejado desprotegidos a los agentes que ahora, además de hacer frente a las agresiones con piedras, ácido, orines que los inmigrantes les arrojan desde la valla, también tienen que defenderse de las agresiones con los garfios que emplean para trepar por la valla”, denunciaba AEGC en este sentido. Esa es la clave a la que nos referíamos antes, y que quizá explica ese aumento de la violencia en los saltos a la valla, donde los garfios, bastante afilados, por cierto, podrían ser considerados un arma blanca contra unos agentes que no pueden utilizar, siquiera, material antidisturbios para defender la frontera y a sí mismos.
En abril nos dijo la delegada del Gobierno que la retirada de las concertinas y la sirga tridimensional había terminado ya. Han pasado seis meses y aún no se ha acabado la instalación de los peines. Tampoco se ve movimiento en la valla que indique que se están dando prisa en acabar de implantarlos. ¿A qué están esperando? ¿A que los 60 guardias civiles heridos este año sean muchos más?

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