¿Y ahora qué?

Erupción del volcán Cumbre Vieja

Por Rafael Torres

Durante diez días la expectación era máxima por ver si llegaba o no llegaba la lava al mar. El volcán de La Palma, que, por cierto, aún no tiene nombre, escupía piedras candentes y nubes de gas, sus cenizas enlutaban la isla entera, devoraba una tras otra, hasta 600 o 700, las casas y las fincas, arrasaba los cultivos, despojaba a cientos de familias de su lugar en el mundo, incendiaba arboledas, engullía los caminos y enterraba bajo su colada los colegios, las iglesias y los ambulatorios, pero se cifraba en el albur de que la lava llegara al mar una suerte de rara esperanza. La lava ha llegado, ¿y ahora qué?

Ahora es como si el volcán, que sigue a su bola, ya no fuera el mismo, pues ya no atiende a ninguna expectativa concreta. Su sangre llegó al mar como podía haber llegado a cualquier otro sitio si el mar hubiera estado más lejos, y ya está, ¿y ahora qué? Sin embargo, su extraña lógica no es tan disímil de la de los seres humanos, pues, al fin y al cabo, él y nosotros somos productos de la misma Tierra. El «¿y ahora qué?» suscitado tras sus últimas andanzas es el mismo, en punto a desconcierto, que el de los británicos con su Brexit o que el de los españoles con el precio de la luz, que ya llegó a los 200 euros el megavatio/hora. ¿Y ahora qué?

Tan perturbador e inexplicable es que un mundo habitado y bello se esfume de súbito, como que un pueblo tan grave y tan serio como el inglés tomara, con toda la gravedad y la seriedad del mundo, el camino más loco y errado hacia el futuro, ese Brexit que les ha dejado apalizándose en las gasolineras, sin comestibles en los supermercados y sin maestros, ni carteros ni, en fin, trabajadores de todas clases. ¿Y ahora qué? ¿Y el precio de la electricidad aquí, que en pocos meses ha provocado ya una inflación anual del 4% haciendo a la gente un 4% más pobre, y que ha llegado ya al mar de la angustia de quienes no pueden pagarlo?

¿Y ahora qué? Ahora, nada: la lava llegó al mar, el Reino Unido al purgatorio de su altivez y su egoísmo, y la luz, al parecer, a donde los amos del mundo quieran que llegue.

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