Un discurso roto

AGUA DE TRARA, por Miguel Platón

Como buen seguidor de Goebbels, el sanchismo basó su discurso en la propaganda. Nunca aceptaría ni asumiría fracasos. Sus mensajes sólo incluirían hechos positivos, reales o ficticios, que como en el caso del ministro nazi de Propaganda suponen un permanente recurso a la mentira.

Basta recordar sus manipulaciones sobre la pandemia -aquel anuncio que aseguraba “saldremos más fuertes”-, el ocultamiento del número real de víctimas, la postergada vacunación, la recesión económica y su eventual recuperación, las cesiones a los separatistas, la entrada clandestina del polisario Ghali o la imputación de los problemas actuales al presidente ruso Putin.
Todo ese discurso, sin embargo, se ha venido abajo este 2022, tras su fracaso en hacer frente a una inflación causada por el alza de precios de la energía eléctrica y los carburantes. Otros países europeos comparten el mismo problema, pero ninguno con la intensidad de España y, sobre todo, ninguno con la ineficacia que caracteriza al Gobierno de Pedro Sánchez.
Este último ha perdido el Norte hasta extremos que resultan inverosímiles. Alemania, Francia, Italia, Portugal, Bélgica y otros países de la Unión Europea ya aplican medidas para rebajar las tarifas eléctricas y el precio de los carburantes, pero el tal Sánchez se permite retrasar cualquier actuación hasta el próximo día 29. En lugar de ello inició un viaje propagandístico que esta semana le llevo a Rumanía, con el fin de sumar apoyos para su propuesta en Bruselas. Este viaje a Bucarest, y a otras capitales, ha sido un completo disparate. En la era de las videoconferencias y el teléfono resulta un gasto inútil. Sánchez, sin embargo, se ha convertido en un adicto a los aviones Falcon oficiales, que por cierto resultan ahora mucho más caros que antes, debido al aumento de precio del queroseno. Pero él vive cada vez más al margen de la realidad.
En Madrid el Gobierno todavía ha intentado algún gesto de propaganda, como la convocatoria a los grupos parlamentarios para consensuar una respuesta a la crisis. El tiro les ha salido por la culata. Los socialistas fueron incapaces de proponer una sola medida. Sólo estaban interesados en la foto.
Al mismo tiempo, la vicepresidenta “Nada” Calviño volvía a hacer el ridículo al manifestar que la economía española sería el motor de la recuperación europea. La vicepresidenta Ribera continúa “sonada” ante su incapacidad para proponer algo coherente en el mercado energético. La palma, sin embargo, se la llevaba la otra vicepresidenta, la podemita “Yoli” Díaz, favorable a un impuesto extraordinario a las empresas eléctricas. Esto supone traspasar el límite de la imbecilidad política: sus efectos consistirían en un encarecimiento del recibo de la luz y una disminución de las inversiones. A tenor de algunas ocurrencias, parecería aconsejable que algunos de nuestros dirigentes siguieran un cursillo de Barrio Sésamo con Epi y Blas: cerca-lejos, arriba-abajo. Su cualificación para gestionar los asuntos públicos se encuentra a ese nivel.
La propaganda también se ha estrellado contra el deterioro del mercado agrario, que se ha visto agravado por el paro de unos camioneros que no pueden hacer frente a los costes de los carburantes y las tarifas insuficientes de un sector dominado por grandes intermediarios.
La reacción gubernamental ha sido de traca: acusar falsamente a los camioneros de ultraderechistas, una consigna utilizada por la portavoz Isabel Rodríguez -que ha perdido toda credibilidad- y otros ministros. Entre los huelguistas hay piquetes violentos que han llevado a cabo agresiones delictivas contra los compañeros que pretendían trabajar, pero este Gobierno despenalizó la actuación de los piquetes y rechaza negociar con los camioneros.
El episodio está poniendo de manifiesto otra realidad. El grueso de los trabajadores está compuesto ahora por millones de autónomos que son pequeños propietarios de sus recursos -sea una tienda, una explotación agrícola-ganadera, o un camión-, frente a unos sindicatos anclados en determinados sectores industriales y el sector público, que cada vez representan menos y viven de las prebendas y subvenciones públicas. Su principal y casi único objetivo es el interés personal de los dirigentes.

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