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Opinión

Tiros en el pie

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Yasir Arafat

Durante más de treinta años, Yaser Arafat fue el principal dirigente palestino. La prensa internacional solía describirle como “un individuo que recorre el mundo con pistola al cinto; de vez en cuando desenfunda y se paga un tiro en el pie”. Arafat no “liberó” Palestina, pero terminó por reconocer al Estado de Israel, lo que le valió ganar el premio Nobel de la Paz junto con el primer ministro israelí.
   El nacionalismo catalán lleva tiempo imitando la afición de Arafat a pegarse tiros en el pie. Uno de los más destacados es la celebración de su fiesta autonómica -la “Diada”- el 11 de septiembre, en conmemoración de la caída de Barcelona al final de la guerra de Secesión, en 1714. La propaganda nacionalista miente sobre sus circunstancias: ni fue una guerra entre Cataluña y el resto de España, ni todos los catalanes formaban en el mismo bando, puesto que muchos de ellos -y la propia Barcelona durante los primeros años del conflicto- apoyaron al pretendiente Felipe V de Borbón frente al Archiduque de Austria. El defensor Casanova arengó a los barceloneses a defender la ciudad en nombre de España y murió anciano muchos años después.
   Sobre esa tergiversación, los nacionalistas han construido en los últimos años un frente separatista que a veces parece inspirado en las historietas de Mortadelo y Filemón. Desde el proyecto de una NASA catalana al ofrecimiento de una base naval a China o la petición de diez mil soldados rusos para defender la eventual independencia. Hay que estar muy trastornado para imaginar desvaríos semejantes, pero están a tono con la mediocridad de casi todos los presidentes de la Generalidad de los últimos 90 años, en particular de los últimos. Sólo se salva Tarradellas. Resulta asombroso cómo una sociedad instruida, con sólidas bases culturales y económicas, ha podido confiar en semejantes botarates.
   La manipulación básica de lo que ocurre consiste en suponer que el resto de España supone un lastre para la prosperidad de Cataluña, cuando en realidad ha sido todo lo contrario durante los últimos tres siglos: el trampolín que impulsó su crecimiento, muy al contrario de lo sucedido en el vecino Rosellón francés.
    Conviene refrescar la memoria. El Decreto de Nueva Planta de Felipe V incorporó Cataluña al mercado peninsular y gracias a ello Carlos III incluyó a Barcelona en los puertos que podían comerciar con América. La importación de algodón permitió elaborar las “indianas”, que no podían competir con las manufacturas castellanas de lana, pero que al llegar la Revolución Industrial se vieron favorecidas por la circunstancia de que el algodón tiene una fibra vegetal más larga, lo que le permitía suportar los tirones de los primeros telares mecánicos, que funcionaban con vapor. Los textiles de algodón no tenían la calidad de la lana, pero era más baratos, lo que les permitió dominar el mercado a mediados del siglo XIX. Cuando más tarde los telares eléctricos permitieron utilizar lana, la industria castellana se había descapitalizado, al igual que las de lino empleado para la ropa interior.
   A finales del XIX y gracias al ferrocarril era posible importar textiles más baratos de Inglaterra y Francia, pero el Gobierno español (Cánovas del Castillo) adoptó una política proteccionista que favoreció a catalanes y vascos, en perjuicio del resto. La culminación de esa política proteccionista fue el arancel Cambó de 1922, establecido cuando dicho líder catalanista fue ministro de Hacienda. Ese mercado protegido, que duró más de un siglo, llevó a los nacionalistas a propagar la idea de que ellos eran mejores que el resto.
   Las cosas empezaron a cambiar con el Plan de Estabilización de 1959, la extensión de la industria a otras regiones, el Acuerdo Preferencial con el Mercado Común en 1970, el ingreso en las Comunidades Europeas en 1986 y la adopción del euro en 2002. A partir de ese momento todos empezaron a jugar con las mismas cartas y Cataluña empezó a perder terreno. Sus productos ya no jugaban con ventaja. Hasta Extremadura elabora cava.
   El último tiro en el pie ha sido, esta misma semana, la negativa a la ampliación del aeropuerto de Barcelona, que iba a crear varias decenas de miles de empleos. Todo sea por los patos de la charca de la Ricarda.    

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