Separatistas de medio pelo

Jordi Pujol

Por Miguel Platón

Si levantara la cabeza el abuelo del actual presidente de la Generalidad de Cataluña, Pere Aragonés, no es descartable que, de acuerdo con su ideología, cantase un himno que empieza así: “Cara al sol con la camisa nueva, que tú bordaste en rojo ayer…

Distinto sería el caso del abuelo del fugado Carles Puigdemont, porque de su boca escucharíamos otro himno: “Por Dios, por la Patria y el Rey murieron nuestros padres; por Dios, por la Patria y el Rey moriremos nosotros también…”.

Son dos muestras de la farsa que hay detrás de buena parte del nacionalismo catalán. Un estudio reciente muestra que la fuerza política hegemónica durante más de treinta años, Convergencia i Unió, recicló a más de un centenar de alcaldes nombrados durante el régimen de Franco. El poder estaba por encima de cualquier pretensión ideológica.

El problema básico de la Cataluña actual es la mediocridad de sus dirigentes. Sólo el veterano Josep Tarradellas, que presidió la Generalidad provisional entre 1977 y 1980, era un político de talla. El primero que ocupó el cargo durante la Segunda República, el teniente coronel Maciá, estaba como un cencerro. Le sucedió el frívolo Companys, que en julio de 1936 entregó el poder a los anarquistas y fue cómplice, por su pasividad, de más de ocho mil asesinatos. 

Jordi Pujol, que ocupó el poder entre 1980 y 2003, fue un caso clínico de incompetencia y corrupción, con toda la familia procesada y pendiente de juicio. Licenciado en Medicina, se dedicó a las finanzas y llegó a estar al frente de Banca Catalana, a la que con toda lógica llevó a la quiebra, a finales de los años Setenta. En una sociedad normal, un tipo así no habría sido elegido ni concejal de pueblo, pero se envolvió en la bandera de las cuatro barras y ganó seis elecciones seguidas. Fue tiempo suficiente para establecer una estructura clientelar, basada en tratos de favor a cambio de dinero, así como en el uso partidista de los presupuestos. Es menos conocido que, en conversaciones privadas, Pujol admitía que Maciá estaba como una regadera y Companys había sido un completo desastre. 

La culminación de semejante carrera fue el proceso independentista puesto en marcha en 2017 por Carles Puigdemont. El resultado es bien conocido: la Generalidad intervenida, dirigentes a la fuga por diversos países de Europa, otros condenados a penas de cárcel, más de cinco mil empresas trasladadas a otras regiones, violencia urbana sin precedentes a cargo de sectas extremistas y caída en picado de la inversión. Frente al más elemental sentido político y gracias a una ley electoral que favorece a las provincias menos pobladas, la ciudadanía volvió a entregar el poder a una coalición de nacionalistas, sin que las fuerzas constitucionales que ganaron las elecciones -Ciudadanos en 2017 y el Partido Socialista en 2021- hayan sido capaces de llevar a cabo una oposición eficaz. El último hito del proceso es que Leo Messi deja un Barça en quiebra y también abandona Cataluña.

La lógica de manicomio que anima todo ello ha dado un nuevo paso con la principal baza que tiene ahora el separatismo: un presidente del Gobierno español -Pedro Sánchez- dispuesto a las concesiones que estime necesarias para garantizar su continuidad en el poder, la cual depende del apoyo parlamentario de los independentistas.  Sánchez es un político en el que predomina una mentalidad de psicópata narcisista, pero esta condición abre un camino a la esperanza. Su falta de escrúpulos le condujo hace un mes a la purga de quienes habían sido sus principales colaboradores: el jefe de gabinete Iván Redondo, la vicepresidenta Calvo y el ministro y secretario de Organización del PSOE, Ávalos. Si en algún momento percibiera que la alianza con separatistas perjudica a sus intereses, prescindiría de ellos sin el menor problema.

De estimarlo necesario buscaría otros aliados. Tras haber pactado con la ultraizquierda, filoetarras y separatistas, no puede descartarse ninguna alternativa. ¿Tendería la mano incluso a Vox? Por supuesto. El sanchismo es así.  

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