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Opinión

¿Se puede ser más tonto?

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Abu Dhabi

Frankenstein ha comenzado el año desatado. El monstruo ha desgraciado un impresentable pabellón español en la Exposición Universal de Dubai, ha trastornado los fondos del museo Reina Sofía, propone tributar por IRPF las indemnizaciones a víctimas de accidentes de tráfico y, por si fuera poco, parece haber suplantado al ministro de Consumo, el comunista Alberto Garzón, empeñado en una estrafalaria cruzada contra el consumo de carne.

   Puesto que el propio Garzón, secundado por dirigentes de Podemos y el PSOE, ha intentado ocultar la metedura de pata con ruido mediático, se impone una descripción precisa de los hechos. En declaraciones al diario británico The Guardian el ministro español comenzó diciendo que “comer menos carne jugará un papel clave en ayudar a España a mitigar los efectos de la emergencia climática”, lo que es una sandez en toda regla. También iba a “ralentizar el proceso de desertización y proteger la vital industrial del turismo”, es decir, tontería sobre tontería: sesenta años de continuo aumento del consumo de carne no ha incidido de forma negativa en tales procesos, sino más bien al contrario.

El corolario de semejantes disparates era llamar a la población a cambiar “sus hábitos de alimentación”, especialmente por “la carne de res criada en las megagranjas industriales”. ¿Cuántas megagranjas de vacuno hay en España? Pues resulta que ninguna. Garzón, contra toda evidencia, afirmaba que en la España despoblada había empresarios “que ponían 4.000, 5.000 o 10.000 cabezas de ganado”. Ni que Castilla fuera Texas, cuya carne por cierto es excelente.

   Lo más fuerte venia a continuación: “Las megagranjas españolas contaminan el suelo, contaminan el agua y luego exportan esta carne de mala calidad de estos animales maltratados”. Para que no haya dudas, aquí está el texto en inglés: “They pollute the soil, they pollute the water and then they export this poor quality meat from this ill-treated animals”. El daño de estas palabras a las exportaciones cárnicas españolas ha resultado evidente.

   Garzón, que por cierto sirvió un solomillo al foie en su reciente boda, podía haber matizado esas declaraciones, pero lo que hizo fue ratificarse y culpar de las críticas recibidas a un “bulo”, promovido por intereses políticos y económicos. Es decir, mintió, de acuerdo con la práctica habitual del Gobierno de Pedro Sánchez.

   Los ministros y otros dirigentes socialistas han salido del embrollo como han podido, pero no han aplicado la única medida coherente: el cese inmediato del ministro, por el daño causado a los intereses generales. La destitución estaba en manos de Sánchez, pero el todavía presidente ha preferido no poner en riesgo el apoyo de Podemos. Entre el interés nacional y Frankenstein ganó, una vez más, el monstruo.

   El episodio ha vuelto a dar una medida de lo que el sanchismo da de sí. A la incapacidad por resolver los problemas domésticos se une la completa inoperancia en relaciones internacionales. Sólo destaca por tres cosas: favorecer a los separatistas que le proporcionan mayoría parlamentaria, subir los impuestos y un aumento suicida del gasto público.

   Todo ello aboca a un progresivo deterioro de la calidad de vida, sumado a un programa ideológico guerracivilista que antes o después se volverá en contra del PSOE. Pero esa ya es otra historia.

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