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Regreso a Melilla, el paso de los años

Fotografía de página completa

Por JUAN TORCELLO

 

Anoche me acosté de nuevo en aquella habitación de hace treinta y siete años, y en el silencio más absoluto, -después de haber subido raudo esas escaleras del Sagrado Corazón hacía el Colegio España-, oí el murmullo de unos niños y me vi sentado en la Plaza Córdoba, mientras escuchaba a Abdula chillar: ¡pásame el balón!

Ana y Mercedes reían cuchicheando, mirando a Nacho con esas miradas cómplices de los amores niños.

También jugaban por allí Pepe, Lorena, Amaya y mis primas Magda y Lucía, y mi tía Beni nos llamaba para merendar en esa casa que hoy sigue intacta y que fue parada de muchos veranos de mi juventud, esa juventud que despierta tantas cosas.

Ahora que la vida se mira desde un banco desde donde casi todo se ve, o uno cree verlo todo, desde esta mi tierra, Melilla, he recorrido mi vida y sus calles, con la alegría de la compañía de mi hijo, de ese amor incondicional de la Tita Beni, de los recuerdos de tantos momentos con mi tía Mariflor, con mi tío Manolo, -Manuel De Casas a quién merecidamente se le ha puesto su nombre a una calle recientemente-, y de todos aquellos que simplemente me quieren y quiero.

También con esa pena de encontrar muy mal conservados algunos rincones preciosos de esta ciudad tan monumental.

No me canso de mirar esa ventana del edificio de Correos donde nací, hoy abandonado, tan castigado por la dejadez y los años, y a pesar del tiempo, sigo viendo allí a mi abuelo, mientras lo afeita Mariano. Es la fuerza de los recuerdos y el cariño. Podría caerse a pedazos ese edificio casi vencido, que siempre que mire hacia arriba a esa ventana, veré a mi abuelo Paco, -el Sr. Navas-, asomado, recorreré sus pasillos con él, apagando luces y cerrando puertas, jugaré en la azotea, -palco ciego pero sonoro de tantos conciertos en el auditorio-, oiré a mi abuela Ana, -en su día también Abuela de Melilla-, a mis primos y a mis tías, porque esa fuerza de la que hablo no la vence ningún tiempo.

 

 

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