agosto 12, 2022 17:07

Recordando los Regulares de González-Tablas III

… Tetuán siente una tremenda sensación de agobio. No hay noches tranquilas, ni horas apacibles. En cualquier momento puede producirse la sorpresa. Cualquier moro de apariencia inofensiva que duerme encogido bajo el sol, puede ser el confidente que descubra la costumbre de gentes pacíficas que un día serán atacadas inopinadamente.
La situación empieza a ser delicada. ¿Es que el Ejército español destacado en Marruecos no es suficiente para evitar esta zozobra? La política de paz y diplomacia está perdiendo adeptos entre los que forzosamente han de vivir en Tetuán.


El lenguaje de las armas
Estas circunstancias y la conveniencia de mantener en Anyera las fuerzas que allí prosiguen la ocupación, decide al Alto Comisario a tratar de fijar en Beni-Hozmar las “harcas” del Raisuni.


Proseguirá la acción política, pues es mucho lo que se espera de la colaboración de sus pobladores dispuestos a someterse a la autoridad del Jalifa. Pero es imprescindible ofrecerles una garantía efectiva de que están a cubierto de las razzias y ataques de los insurrectos.


Se acepta la propuesta de los de Beni-Madan y se dispone la ocupación de la comarca. Hay que llegar hasta los límites con Beni-Said de Gomara. Tetuán vio brillar una nueva esperanza. En la madrugada del día 18 salió la Mehal-la Jalifiana, mandada por el teniente coronel Alberto Castro Girona. Cudia Helilla le presentó la primera resistencia importante, pero la tropa de Castro Girona supo arrollar la oposición de los insurrectos y ocupó el poblado.


Desde allí, tres mías de Infantería siguieron el cauce del río hasta llegar a la costa, donde establecieron un puesto muy cerca del cabo Mazarí.
La marcha hasta la costa se hizo sin mayores contratiempos, siendo suficientes las fuerzas de la Mehal-la para llevarla a buen fin sin que tuvieran que intervenir las columnas de apoyo que integrada por un tabor de Regulares, una batería de montaña y elementos auxiliares marchaban a las órdenes del general jefe de la Zona de Tetuán, don Antonio Vallejo Villa.


Otra de las acciones emprendidas tenía por objeto ir cerrando todos los pasos que llevan desde la abrupta montaña de Beni-Hozmar a la ciudad de Tetuán. Era la ruta seguida por los merodeadores que en pequeñas partidas se acercaban a la ciudad y cometían acciones que comentaban con susto los residentes en la blanca Tetuán. Los secuestros, especialmente el de personalidades partidarias de la sumisión al Jalifa, llevaban al cénit del asombro a cuantos llegaban a conocer los detalles de aquellas sorprendentes acciones.


Estaba justificado el empleo de las armas, de unidades organizadas para cerrar los pasos por donde el enemigo llevaba a cabo sus actividades.
Los objetivos señalados fueron dos: la loma de Kalluma y Beni-Salah. La loma de Kalluma la ocupó la Meha-la que salió de Tetuán y con escasas bajas cumplió su cometido. Montó un blocao para proteger el poblado de Quitzán y ejercer una estrecha vigilancia sobre los de Yarguíst y Mesercha. Beni-Salah fue más difícil de conquistar. Las bajas fueron: nueve indígenas y dos españoles heridos, un áscari muerto, once de tropa heridos, así como tres oficiales heridos también: los tenientes Malagón y Rodríguez y el capitán Juan Yagüe Blanco.

Escuela de capitanes
El capitán Yagüe resultó herido en el brazo derecho. Juan Yagüe Blanco, soriano de San Leonardo, pertenecía entonces al 2º Tabor del Grupo de Regulares de Tetuán. También Yagüe, como tantos otros militares españoles que habían de volver a España en su puesto de honor, se forjaban en aquella escuela de capitanes que eran las duras tierras de Marruecos y el difícil trato y mando de las fuerzas indígenas. Escuela de guerra y, sobre todo, sorprendente escuela de paz en la que los nervios habían de templarse frenando naturales impulsos, mordiéndose los puños las más de las veces, y sujetando la mano que en más de una ocasión corrió a la empuñadura del sable o atenazó entre sus dedos la culata de la pistola. Silvestre, Gómez Jordana, Berenguer…, todos ellos tuvieron que olvidar, en no pocas ocasiones, su condición de soldados valientes y forzar el gesto en una sonrisa diplomática para la que no estaban preparados.
Andaba Juan Yagüe Blanco, por aquellos días de 1919, vivamente contrariado; también él se veía obligado a frenar sus impulsos, a acatar las órdenes de sus superiores. Le indignaba la doblez del Raisuni, le excitaba hasta la exasperación el tener que contemporizar y comulgar con las ruedas de molino que el Cherif fraseaba floridamente en sus cartas:
”Tú bien sabes que el muro del mal es muy bajito y para saltarlo no es necesario ni talento ni inteligencia, y el más ruin de los seres o el más perturbado puede fácilmente saltarlo, pero lo difícil de lo difícil y lo más arduo y grande es el practicar el bien y a él sólo alcanza a subir el Señor de los hombres, pues requiere el don de la paciencia y resignación ante las desgracias calamitosas y las conmociones terribles, y por eso ya Dios en su justicia prometió en premio a los que sufren con resignación, la morada eterna en la otra vida.”


Acusaba en esta carta a otros, mientras que la realidad se la avisaba el señor Pla al Gobierno en comunicación en la que decía:


“Y siendo el Raisuni como es, hombre habilísimo y conocedor como pocos de su país, se resignará a verse anulado o, por el contrario, antes de llegar a este extremo, y para sumar voluntades, cederá en sus exigencias y se presentará a las cabilas como víctima y enemigo irreconciliable nuestro, enarbolando la bandera de la guerra santa, con la que tan fácil le sería arrastrar tras de sí a toda Yebala?


Las cartas del Raisuni sonaban en los oídos de quienes le conocían como burlas sangrientas.


“Hasta la hora presente –aseguraba el Cherif- nuestra boca no se ha abierto para proferir la menor palabra fea, y al hablar, juro hacerlo amonestando continuamente a las gentes de bien imponiéndoles resignación. La prueba más evidente de cuanto digo, la doy al tener todas mis fuerzas repartidas por, las diferentes cabilas al objeto de conservar el orden y para conseguirlo gasto de mi propio peculio, conservando así abierto el camino a fa labor política.”


Mientras que la realidad por todos conocida era que: “El servicio de información ha podido comprobar que Raisuni ha mandado nuevo aviso a las cabilas para que manden contingentes, algunos de los cuales ya han llegado, y que con ellos se propone castigar a Beni Hassan, Gomara y parte de Anyera, que son cabileños que han tomado contacto con nosotros.


Yagüe, como tantos otros militares, se alegraron íntimamente cuando en la primavera del año 1919 supieron que el mando estaba decidido a cortar las extravagancias y vacilaciones del Raisuni.


El primer paso fue limpiar de rebeldes y bandoleros los alrededores de Tetuán.


Varias jornadas anduvo Juan Yagüe con la columna exploradora que se organizó para recorrer el terreno y hacer demostraciones de fuerza ante las cabilas vecinas que llevaban unos días cometiendo toda clase de desmanes, en particular las montañosas, a quienes se les quemaron las cabañas en señal de castigo.


Por orden del teniente coronel Franco Cuadras, que mandaba el Grupo de Regulares de Tetuán, salió Yagüe el 25 de marzo con el 2º tabor hacia el poblado de Beni-Salam, en donde el primer tabor sostenía un duro tiroteo con el enemigo. Después de reforzarle y relevarle, los hombres del comandante Ayuso tomaron posiciones en tres lomas paralelas al sur y al norte del poblado, y contraatacaron con tal ímpetu que pusieron al enemigo en franca huida y le hicieron numerosas bajas. Yagüe luchó, una vez más, animosamente, pero en el curso de la refriega una bala le alcanzó en el brazo derecho. El capitán don Juan Yagüe Blanco fue citado en la relación de distinguidos en esta operación. Estos movimientos se complementaron con la ocupación de Cudia Mebaad sin que el enemigo opusiera gran resistencia. Se aseguraba con ello el dominio sobre la comarca de Mokedasen.


La protección de Tetuán se alejaba de los límites de la ciudad, dando un gran alivio a sus habitantes, que por algún tiempo se vieron libres de las temidas incursiones. La moral de los indígenas sometidos creció al tiempo que aumentaba también su confianza en la efectividad de la protección española. Con todo ello quedaba nuevamente abierto el camino a la actividad política y a la labor de atracción de las cabilas que aún permanecían indecisas.


Simultaneando las dos acciones, se logró una mayor efectividad.
Colaboraban con el general Berenguer el Gran Visir Ben Azuz y la Mehalla Jalifiana a las órdenes del teniente coronel Castro Girona.
Un nombre había de repetirse en los comentarios que llegaban a Tetuán, un nombre que iba a quedar escrito en las páginas de nuestra historia en Marruecos. El del sargento de Infantería con destino en las Fuerzas Regulares Indígenas de Tetuán, Carlos Zarraluqui Sáez.

Las incidencias de un relevo
El primer tabor de Regulares de Tetuán ha abandonado su campamento y se dirige al poblado de Beni-Salak. Hay optimismo en la gente; la situación está tranquila y la vida en poblado, por pequeño que sea, tiene más atractivos que la monotonía de un campamento. Los indígenas canturrean una melopea muy difícil de entender; hay que estar muy metido en el alma de estos rifeños para saber que aquellos sonidos repetidos v melancólicos expresan una alegría: la alegría con que dan gracias a “Mulana” por obsequiarles con una mañana tan espléndida, tibia y luminosa y regalarles con la fortuna de pasar unos días de descanso.


La misión del tabor es relevar a los del tercero destacado en Beni-Salak. No se trata, pues, más que de un acto rutinario de la vida de guarnición. Quizá, en otros momentos, un simple relevo no pudiera considerarse tan sencillamente, pero ahora las confidencias señalan que el revoltoso Raisuni está lejos de la comarca, ocupado en uno de sus misteriosos viajes en busca de alianzas, armamento, o para firmar pactos y acuerdos que después, cuando llegue la ocasión, no tendrá el menor inconveniente en dejar incumplidos.


Ya están a punto de dar vista al poblado cuando un lejano rumor concentra la atención de jefes y tropa. Los moros cesan en sus cánticos; los ”europeos” se miran con gesto de desagrado. ¿No decían que todo estaba tranquilo? Porque aquel rumor que llega desde más allá de Beni-Salak es inconfundible para unos hombres acostumbrados a la poca grata música de las armas de fuego.


El comandante don Benigno Fiscer levanta el brazo: la tropa se detiene.
-No; el enlace, no; vaya usted mismo, teniente. Necesito saber qué es lo que pasa en el poblado. Quiero una información lo más completa posible. Cuánto es el enemigo que ataca y cuál es la situación de las fuerzas propias.


El teniente sale al galope. El comandante da orden de adoptar el dispositivo de marcha de aproximación. La fuerza está alertada y atenta a evitar cualquier sorpresa. Saben que si a tres kilómetros se está riñendo un combate, nada tiene de extraño que partidas sueltas se acerquen con ánimo de hostigar y molestar la posible llegada de refuerzos. Los disparos suenan cada vez más intensos, y no es sólo el efecto de la distancia, que se acorta por momentos. Quien incrementa la densidad del tiroteo; los veteranos distinguen muy bien y hasta muchos de ellos se atreverían a dar una cifra de los fusiles que están haciendo luego. No ha transcurrido media hora cuando el ayudante llega hasta su jefe.


-Mi comandante, necesitan ayuda. El ataque es importante.
-¿Qué ha sucedido? El comandante Fiscer, sin esperar el informe de su ayudante, ordena reanudar la marcha.


-Dígame, dígame usted, teniente. Siga a mi lado.
El teniente pone su caballo al paso del de su jefe y le informa detenidamente.


El comandante don Eugenio Sanz de Lerín, jefe del tercer tabor, había dispuesto que se hiciera un reconocimiento del barranco de Beni-Salak para efectuar en él una razzia. Para esto dispuso que la primera compañia del tabor, mandada por el capitán don Francisco Palacios, ocupara una cuesta que dominaba el barranco por la izquierda, con objeto de proteger por este flanco a.la segunda compañía, mandada por el capitán Menéndez y que era la encargada de realizar la razzia. La tercera compañía, a las órdenes de su capitán don José Ayuso, debía situarse en la cresta que tiene a su frente el poblado de Beni-Salak y que domina el barranco por la derecha. A las seis de la mañana emprendieron la marcha las compañías encargadas de la protección de los flancos y cuando estuvieron coronadas las crestas correspondientes, rompió la marcha la segunda compañía. A las ocho y treinta de la mañana se había terminado la razzia sin que el enemigo hubiera ofrecido resistencia apenas, pues salvo dos heridos en la primera compañía, no tuvieron que lamentar más bajas ni incidentes.
El comandante Fiscer miró impaciente a su ayudante.


-Lo que me interesa, teniente, es saber lo que está ocurriendo ahora, no lo que pasó a las seis de la mañana.


Sí, mi comandante. Lo decía para dar una idea general de la situación.
-Siga, siga usted.


-A las seis de la tarde llegó a Beni Salak el jefe del Estado Mayor de la Zona y ordenó al comandante Sanz de Lerín que estableciese una posición en el macizo montañoso que domina el poblado. Para ocupar estas alturas que cierran el paso entre la divisoria del barranco del Mers y el extremo derecho de los acantilados que dominan el barranco de Beni-Salak. La tercera compañía recibió orden de tomar las alturas que dominan el collado, para proteger el establecimiento de la posición que se trataba de emplazar. El capitán de la compañia mandó al teniente Diñeiro que con su sección ocupara el extremo derecho del acantilado, y la sección mandada por Alonso Cuevillas debía situarse en la divisoria del barranco del Mers. Durante el avance de estas secciones el enemigo no opuso resistencia al principio, pero a medida que fueron acercándose a sus objetivos, la acción de los insurrectos aumentó de modo considerable. Y ésta es la situación actual. Están siendo atacados con intensidad creciente.


-Bien, teniente. Dígale al capitán Soto que se acerque. El comandante Fiscer dio sus primeras instrucciones.


-Capitán Soto, reúna a su compañía y acompáñeme. Vamos a adelantarnos hasta el poblado


Se apresuró la marcha hacia Beni Salak. Al rebasarlo y llegar a los acantilados que forman el borde Oeste del camino, se dieron cuenta de la situación y de las posiciones ocupadas por las compañías, de las cuales, la primera del tercero formaba el ala izquierda del borde este del barranco de Beni-Salak, la segunda había subido por el fondo del barranco formando el centro de la línea de combate, y en el ala derecha la tercera compañía estaba situada en una meseta que forma un centro de dispersión de aguas de donde parten los barrancos de Beni-Salak y Mers. …

(Continuará)

Bibliografía al final del último capítulo
José Antonio Cano Martín

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