Prohibido prohibir (circulación) versus libertad limitada (Twitter)

Prohibido prohibir.
He leído recientemente un interesante artículo, en el que se insiste sobre la necesidad de prohibir o limitar el tráfico en ciertas zonas de las ciudades. Razona que el tráfico, en la ciudad donde vive el autor, está congestionándose hasta límites difícilmente admisibles. Como se sugiere en la mayoría de lo escrito sobre el asunto, y como se está haciendo en muchas ciudades en el mundo, las soluciones propuestas en ese artículo son restrictivas, tales como limitar la circulación de coches particulares, o impositivas, cobrar de una u otra forma por circular o estacionar.
Aunque sea un punto de vista muy extendido, no parece admisible el centrarse en prohibir o limitar la libertad de los ciudadanos, en vez de en solucionar los problemas que limitan su libertad. Si prohibimos a los ciudadanos tener un vehículo propio, obviamente no habrá problemas de tráfico privado ¡Problema resuelto! O si cobramos una cantidad exorbitante de dinero por circular o estacionar en la ciudad, tampoco habrá congestión vehicular ¡De nuevo, problema resuelto! Exagerando, para dejar clara la idea, esa es la solución que están adoptando los regidores en la mayoría de los casos.
Otra forma de resolver el problema mucho más aconsejable, incluso exigible, es resolver los problemas de movilidad de los ciudadanos, proporcionando soluciones. Por ejemplo, construyendo estacionamientos gratuitos -que de hecho no lo serían porque estarían pagados con nuestros impuestos- en la periferia de las zonas congestionadas y conectándolos, mediante un transporte público rápido y de calidad, con los diferentes puntos del centro. Es un hecho que buena parte del tráfico en las zonas congestionadas, es de conductores buscando un lugar donde estacionar.
Las malas soluciones que frecuentemente proporcionan las administraciones olvidan un principio fundamental de la democracia: nosotros damos a los gobernantes el poder, mediante el voto, y el dinero, mediante los impuestos, para que solucionen nuestros problemas de todo tipo. En ningún caso para que, al no ser capaces o no querer solucionarlos, limiten nuestras libertades. O para que nos cobren varias veces por ofrecer el mismo servicio. Pagamos impuestos para construir carreteras y calles. De nuevo para circular por algunas o muchas de ellas, según el país. Para adquirir un coche. Para comprar la gasolina con la que se mueve. Para las licencias de utilización. Para las revisiones periódicas ordenadas por la administración. Ahora también para entrar en ciertas zonas de la ciudad y para estacionar en muchas otras. Este afán recaudatorio no se limita a los coches, se extiende a muchas de las actividades que realiza la administración.
La explicación reside, por una parte, en la ineficiencia e incapacidad de algunos, en ocasiones muchos, de los gestores políticos. Y por supuesto en la gran prodigalidad con que se mal utilizan nuestros impuestos, pagando asesores y ministerios que no tienen razón de ser, en los que con frecuencia se dan puestos de responsabilidad a personas que, obviamente y dada su evidente falta de preparación, nunca accederían a los mismos en la empresa privada.

Libertad limitada.
La libertad solo debiera ser limitada cuando el uso que un individuo hace de ella claramente perjudica a los demás. Puedes fumar, pero no en un lugar donde tu humo moleste o dañe a otros. Puedes expresar tu opinión, siempre que no incite al odio o a la violencia contra otros. Decir que un gobernante es un incapaz no incita a la violencia, pero, por el contrario, decir que merece la muerte, si lo hace. Incitar al odio, si lo hace, ya que puede predisponer a la violencia, de hecho, lo hace, a personas con una limitada capacidad de control emocional.
Podríamos considerar, por ejemplo, el caso de Twitter, especialmente tras la compra de la red social por Elon Musk. El tenor de muchos de los comentarios publicados ahora en la red manifiesta una situación en la que los gobiernos pudieran, debieran en mi opinión, poner un límite a la libertad, en este caso la de expresión.
Citar que, antes de que Musk comprara Twitter, aparecían insultos contra los estadounidenses negros un promedio de 1.282 veces al día. Después de la compra, se incrementaron más de un 300 por ciento, hasta 3.876 veces al día. Los insultos contra homosexuales aparecieron en Twitter 2.506 veces al día en promedio antes de que Musk asumiera el cargo; después su uso aumentó a 3.964 veces al día. Y las publicaciones antisemitas se dispararon más del 61 por ciento en las dos semanas posteriores a que Musk adquiriera el sitio. Cuentas que Twitter solía eliminar regularmente, como las que se identifican como parte del Estado Islámico, prohibidas cuando el gobierno de Estados Unidos clasificó a ISIS como un grupo terrorista, han vuelto sin limitaciones.
Musk, a quien nadie discute su genio empresarial, no parece serlo tanto como ser humano y como ser político. Afirma ser un «absolutista de la libertad de expresión», pero no ha dudado en despedir, o incitar a que se vayan, a los muchos que han criticado la manera en que ha empezado su ‘reinado’ en Twitter.
Los cambios en el contenido de Twitter no solo tienen implicaciones sociales, sino que también afectan los resultados de la empresa. Los anunciantes, que proporcionan alrededor del 90 por ciento de los ingresos de Twitter, han reducido sus gastos en la plataforma mientras esperan ver cómo le irá bajo Musk.

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