:¿Por qué no regalan las vacunas … que tanto les han costado?

Por Gonzalo Fernández

En el mundo buenista, social-comunista, en el que nos estamos encontrando cada vez más inmersos, todo parece que puede, y debe, ser obtenido sin esfuerzo, sin inversión. Parece normal pensar que existe una especie de “derecho divino” de los que no tienen algo, para reclamar al que con su esfuerzo ha conseguido algo, el que lo comparta sin contraprestación alguna.
Debemos empezar por dejar claro que la investigación en ciertas vacunas basadas en la técnica del mRNA, como las de Pfizer, Moderna y otras, no contaba con garantías de éxito ni tampoco con pedidos que garantizaran la rentabilidad económica de la inversión efectuada. En esas circunstancias de incertidumbre, hubo países y compañías que decidieron aceptar el gasto y el riesgo, mientras que otros no lo hicieron o lo hicieron en muchísima menor medida.
Estados Unidos es, con enorme diferencia, el mayor inversor, empleando 2.678 millones de dólares del dinero público para la investigación y desarrollo de vacunas contra el COVID. A ello hay que sumarle otra cantidad enorme de inversión privada; por ejemplo, los 1.340 millones de dólares que Moderna consiguió de diversos inversores para empezar a manufacturar sus vacunas, estando a punto de arruinarse en el proceso.
España había invertido, a finales del 2020, 82 millones de dólares y Holanda, por ejemplo, 54 millones de dólares. ¿Qué derecho creen tener los ciudadanos de estos y muchos otros países de todo el mundo, para pedir a Estados unidos, o a Moderna, el que les entreguen gratuitamente el fruto de tan enorme inversión en dinero y riesgo?
La sola idea de que alguien pueda pedirlo, incluso reclamarlo o exigirlo, debería asustarnos. ¿Cómo es posible que alguien piense que tiene el más mínimo derecho a recibir parte del fruto de un trabajo, de un esfuerzo, que no han realizado? Esa es la deriva social-comunista del buenismo actual, de los planes de empleo rurales, del papá Estado dando de comer a sus hijos, sin que ni siquiera se apoye para lograrlo a quien es el encargado de producir el dinero para comprar la comida, o sea, a los empresarios y autónomos que, como Moderna, se juegan cada día el futuro de su empresa apostando a que su idea, su esfuerzo, va a ser capaz de dar de comer a sus empleados, directamente, y a otros muchos vagos profesionales, indirectamente, a través de los enormes impuestos que soportan.
Pero, increíblemente, a muchos les parece normal exigir que los propietarios de las vacunas regalen el fruto de su esfuerzo y su riesgo. ¿Por qué no lo hacen los carniceros, entregando su mercancía a los necesitados? ¿o los embotelladores de agua, a los que sufren de sequía? o, mejor aún ¿por qué los que exigen que Moderna, por ejemplo, regale sus vacunas y sus patentes, sean estos países o particulares, no compran con su propio dinero las vacunas de Moderna y las regalan a los que las necesiten? Pero, por favor, con su dinero, no con el dinero de los demás.
Los muchos “exigidores” actualmente existentes, que de todo exigen, podrían formar una sociedad, de nuevo insisto, con su dinero, para producir los bienes que tan generosamente quieren entregar. Descubrirían muchas cosas. Que el dinero que otros han producido, no hablo del dinero del Estado, que nada ha producido, sino que nos lo ha “socializado” (tradúzcanlo como quieran) a través de los impuestos, no crece en las macetas, sino que hay que trabajar muy duro y arriesgar mucho para obtenerlo. Que producir dinero es difícil y producir mucho dinero es muy difícil. Que el “empresario” no es un ser malvado que explota a sus trabajadores, sino que es un ser admirable que, con su esfuerzo, da de comer a su familia, y también a la de sus trabajadores. Que nada impide sustituir a los “empresarios malvados” con “trabajadores-empresarios-bondadosos”; solo hay que ponerse a trabajar y arriesgar el dinero de que se disponga en una empresa que puede, o no, obtener los resultados deseados. Es obvio que hay empresarios malvados, como hay trabajadores malvados, como hay personas malvadas en general.
La labor del Estado, realmente su única labor, es facilitar el bienestar de sus ciudadanos. Habiendo fracasado para conseguirlo, estrepitosamente, el comunismo y el trasnochado socialismo tradicional, solo queda la esperanza del capitalismo. Este sistema es obviamente mejorable, malo si se quiere, pero le ocurre lo que a la democracia representativa, es el menos malo de los sistemas existentes.
Una petición final: si quiere hacer caridad, estaría perfecto que la hiciera con su dinero, no con el de los demás. Si quiere hacer socialismo, empiece por socializar sus bienes, no los de los demás.

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