En los últimos años, los hogares españoles han visto cómo las primas de sus seguros de automóvil y hogar aumentan año tras año, con subidas que en muchos casos superan la inflación general. En 2025, por ejemplo, el precio medio del seguro de coche creció un 7,1 %, según datos del comparador eBroker. Este incremento no es aislado: responde a una combinación de factores estructurales que afectan al sector asegurador en su conjunto. Pero lo que genera mayor indignación entre los usuarios es la asimetría del sistema: las compañías penalizan rápidamente a los clientes que presentan siniestros (subiendo primas o incluso dando de baja la póliza), mientras que quienes mantienen un historial impecable rara vez ven bajadas proporcionales en sus recibos.
Las principales causas del encarecimiento
Seguros de automóvil
El principal motor de las subidas ha sido el fuerte aumento de los costes de reparación. Los vehículos modernos incorporan cada vez más tecnología (sensores ADAS, cámaras, sistemas electrónicos), lo que eleva drásticamente el precio de las piezas de recambio y la mano de obra especializada. A esto se suma la escasez de componentes, la inflación acumulada en materiales y servicios, y una siniestralidad que sigue alta tras la pandemia.
Las aseguradoras trasladan estos costes al cliente porque el siniestro medio es más caro y frecuente. En 2025, el precio medio de las pólizas a todo riesgo ya superaba los 1.000 euros en muchos casos.
Seguros de hogar
Aquí el factor determinante es el cambio climático. España ha sufrido en los últimos años fenómenos meteorológicos extremos más frecuentes e intensos: DANAs, inundaciones, tormentas severas y olas de calor que provocan incendios. Estos eventos generan un volumen de siniestros mucho mayor y más costosos, lo que obliga a las compañías a repercutir el riesgo en las primas. A esto se añaden el encarecimiento de los materiales de construcción y la inflación general en servicios de reparación. El resultado: pólizas que suben incluso en zonas de bajo riesgo histórico, porque las aseguradoras ajustan tarifas por exposición global al riesgo climático.
La asimetría del sistema: penalización rápida, recompensa escasa
En el ramo de automóviles, el sistema bonus-malus es el mecanismo habitual para ajustar la prima individual. Funciona así: cada año sin partes culpables otorga una bonificación (hasta un 50-60 % en muchos casos tras varios años), mientras que un siniestro culpable puede suponer un malus que incrementa la prima un 20-100 % o más, y varios partes pueden llevar a la no renovación o cancelación de la póliza.
En teoría, quien conduce con cuidado es recompensado. En la práctica, la cosa cambia. Las subidas generales por inflación y costes sectoriales hacen que, incluso con la máxima bonificación, muchos clientes vean su recibo más alto que el año anterior. Es decir: el buen pagador mantiene un descuento, pero no una bajada real en euros.
Cuando llega un siniestro, en cambio, la reacción es inmediata y contundente: malus automático, y si el historial se complica, la compañía puede negarse a renovar. Esta asimetría genera una sensación de injusticia: el cliente “bueno” acaba subsidiando el riesgo colectivo, pero en cuanto entra en la estadística negativa, paga una penalización desproporcionada.
En los seguros de hogar no suele aplicarse un bonus-malus tan estricto, pero el patrón es similar: un siniestro grave (inundación, incendio) puede disparar la prima o llevar a la rescisión del contrato, mientras que años sin reclamaciones no se traducen en reducciones significativas, porque la tarifa base se ajusta al alza por el riesgo climático generalizado.
Una crítica necesaria
Este modelo beneficia claramente a las aseguradoras, que pueden mantener márgenes en un entorno de costes crecientes, pero deja al consumidor en una posición vulnerable. Se premia la ausencia de siniestros con descuentos limitados y condicionados, pero se castiga cualquier incidencia con dureza, incluso cuando el siniestro no es por negligencia (por ejemplo, un robo o un accidente sin culpa).
Muchos usuarios sienten que pagan por un “seguro” que, en realidad, se convierte en un instrumento de selección de riesgos: los clientes rentables (pocos partes) sostienen el sistema, pero en cuanto generan coste, son penalizados o abandonados. Esto contradice el principio básico del seguro mutuo y genera desconfianza.
Mientras no haya mayor regulación que obligue a una mayor transparencia en los ajustes tarifarios y a recompensas reales para los clientes fieles y sin siniestros, las subidas seguirán siendo la norma y las quejas, el pan de cada día. En un contexto de inflación persistente y cambio climático, muchos españoles se preguntan si el seguro de hogar y coche sigue siendo un servicio esencial… o un lujo cada vez más caro.



