Pedro Sánchez

Por Jorge Hernández Mollar

Si algo caracteriza la acción del gobierno de Sánchez es el constante vaivén de sus decisiones y la confusión que esto genera en la sociedad española.

Ya durante la pandemia, sus dos fieles escuderos, Fernando Simón y Salvador Illa, se encargaron de agotarnos mental y físicamente con sus idas y venidas interminables en los medios de comunicación, adobadas con las tediosas e insufribles comparecencias ¡aló presidente!, al más puro estilo chavista que eran el reflejo de una personalidad casi kafkiana, más propia de un agente de ventas que de un presidente de gobierno.

Si a ello le añadimos el fantasmagórico comité de expertos o el invento de la cogobernanza para utilizar al Estado en el ensueño federal y republicano en el que vive, el resultado no ha sido otro que la ansiada esperanza de que surja un líder que nos haga recuperar a los españoles la confianza de que somos un gran pueblo en manos del gobernante más trilero de nuestra historia.

Pero superada la pandemia gracias a nuestro esfuerzo personal y y colectivo junto a la inestimable contribución europea, la guerra entre Rusia y Ucrania nos ha devuelto a la cruda realidad de tener que soportar, una vez más, las diatribas del peor presidente imaginable contra el virtual enemigo en el que quiere esconder su ineficacia e ineptitud para hacer frente a los graves problemas que nos agobian: la inflación galopante o la imparable espiral de precios de la electricidad, gas y del petróleo, con el correspondiente empobrecimiento de la población.

A falta de Franco, ahora se ha tirado en plancha toda su tropa gubernamental a culpar a Putin y a la ultraderecha, de la razonable huelga de los transportistas y de todos los males que sufrimos con la paciencia propia de Job. Y por si no fuera poco se enfrenta a nuestro principal proveedor de gas, Argelia, en el contencioso que mantiene con Marruecos sobre la soberanía del Sahara, situándose a favor de las tesis de quien presiona temerariamente sobre las fronteras europeas de Ceuta y Melilla, para ahogarlas comercialmente al mismo tiempo que las invade con menores marroquíes y subsaharianos, en una conducta claramente delictiva y que atenta contra los derechos humanos.

Las consecuencias de todo este despropósito sanchista sobre nuestra economía, sobre nuestra penuria energética e incluso sobre el desabastecimiento de productos nos arrastraría inevitablemente a una crisis de grave desestabilización social. Los españoles ya estamos sufriendo en esta cuaresma nuestro particular calvario, solo nos queda esperar en la resurrección

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