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Opinión

Pedro Sánchez no es demócrata

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Pedro Sánchez en rueda de prensa

Desde hace tiempo existe un creciente malestar con las actuaciones políticas. No afecta a todas y la intensidad del rechazo es variable, pero el blanco principal de las críticas es el gobierno de coalición PSOE-Podemos, que preside el socialista Pedro Sánchez. El hombre ha terminado por convertirse en una caricatura, lo mismo que ocurrió con su antiguo socio Pablo Iglesias. Ambos compartían el mismo origen en cuanto al motivo de la repugnancia política que suscitan: no son unos políticos demócratas. El caso de Iglesias y Podemos es evidente, con su definición comunista y el aprecio a dictaduras como la venezolana, la cubana o la nicaragüense.
Lo de Sánchez es más complejo. Se trata de un caso más en el que políticos que acceden al poder mediante un proceso democrático se decían luego a socavar la democracia, hasta llegar en determinadas coyunturas a la dictadura. El caso de Adolf Hitler y su partido nacional-socialista es evidente, pero sin llegar a ese extremo, son numerosos los dirigentes que han arruinado la libertad en beneficio de su propio interés. Así ocurrió y ocurre con personajes como Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Fujimori o Robert Mugabe. Ni siquiera las democracias más asentadas están libres, como ocurrió con el presidente norteamericano Donald Trump. En España tenemos la experiencia del Frente Popular, entre febrero y julio de 1936, que causó un gravísimo deterioro al Estado de Derecho de la Segunda República.
Sánchez apuntó maneras cuando en 2016 intentó amañar una votación del Comité Federal del PSOE, instalando la urna tras una cortina. El Partido Socialista aún tenía un funcionamiento democrático y Sánchez fue derrotado. Cuando volvió a la secretaría general el año siguiente, gracias a la vagancia de la candidata rival, Susana Díaz, una de sus primeras medidas fue la neutralización del Comité Federal, cuya actuación es ahora irrelevante. El decisivo golpe de timón se produjo con la moción de censura a Mariano Rajoy, en 2018. Para ganarla se alió con las principales fuerzas antidemocráticas: desde Podemos a los filoterroristas de Bildu, pasando por todos los partidos separatistas que buscan destruir la Constitución de 1978. No es posible ser un demócrata cuando uno se apoya en los enemigos de la democracia.
Un año más tarde, tras las elecciones de noviembre de 2019, incumplió sus más destacadas promesas electorales y muy especialmente la de no pactar con Podemos, opción que según aseguró le quitaría el sueño. El líder socialista tenía dos opciones: aliarse con los demócratas, lo que  habría conducido a una gran coalición con el Partido Popular, o hacerlo con los antidemócratas.
Eligió esto último y formó lo que Alfredo Pérez Rubalcaba denominó un “gobierno Frankenstein”, mediante una coalición con Podemos y el apoyo parlamentario de separatistas y ex terroristas. El resultado ha sido el previsible: una combinación de disparates y de ataques a la libertad y la convivencia, que ha terminado por conducir al malestar generalizado de la sociedad, según ponen de relieve las encuestas independientes..
¿Hay salida? Claro que sí, gracias a la fortaleza de las instituciones, la sociedad civil y los propios ciudadanos, como se puso de manifiesto hace un año en los Estados Unidos. Sánchez utilizará todos los trucos que pueda, desde las presiones al poder judicial a manipular los medios de comunicación, sobre todo las televisiones, pero su destino probable no es otro que el basurero de la historia.
Mientras tanto habrá que resistir iniciativas disparatadas, algunas de las cuales causarán grave daño al cuerpo social. Pero es posible que también haya tiempo y ocasión para ganar batallas y hasta para reír con unos ministros -y ministras- que parecen competir en un concurso de payasos.
Lo más lamentable es la pérdida de tiempo. Un gobierno PSOE-PP habría podido poner a España en cabeza de Europa. En lugar de ello nos hemos convertido en apestados. No ocurre otra cosa cuando uno tiene comunistas en la Moncloa.

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