Otro modelo de transporte

Los melillenses deberíamos hacernos la siguiente pregunta: ¿estamos contentos con nuestros transportes? ¿Queremos seguir con este modelo de transporte, que es el mismo que hemos tenido siempre? Travesías de, mínimo, seis horas, en barcos de cierta antigüedad, con precios que tampoco son para tirar cohetes y con escasas plazas en los momentos de más demanda. Todo ello con un coste considerable para las arcas públicas del Estado, que va dejándose una millonada año tras año entre el contrato marítimo, los vuelos de Obligación de Servicio Público (OSP) a Almería, Granada y Sevilla y el 75% de descuento de residente al que tenemos derecho por vivir lejos de la península, igual que los ceutíes, baleares y canarios.
Pese a ese importante esfuerzo inversor, el sentimiento generalizado es que los transportes no satisfacen plenamente las necesidades de los melillenses, ni mucho menos el de los visitantes, que directamente ni los utilizan al ver los precios que deben pagar por venir a Melilla. Muchas son las quejas que se han recogido en los últimos meses. Una breve reflexión sobre el asunto nos llevará a una certera conclusión, y es que en materia de transportes estamos anclados en el pasado, con muchas limitaciones, sin apostar por el avance y modernización que este sector podría ofrecernos. En la península no viajan con trenes del siglo pasado, sino en alta velocidad, ni tampoco en viejas carreteras nacionales, sino en una amplia red de autovías y autopistas. ¿Por qué en Melilla seguimos con el mismo modelo de hace décadas, que ya no funciona a estas alturas del siglo XXI?
Si nuestros gobernantes plantearan la pregunta del inicio de este Editorial con una encuesta en condiciones, o simplemente haciendo una encuesta de calidad entre quienes pasan por el puerto y el aeropuerto, como se hace con otras cosas menos importantes, se darán cuenta de que en Melilla no estamos contentos con nuestros transportes, que ha dado evidentes pasos atrás en los últimos años. Es hora ya de cambiar eso. Los transportes son una cuestión vital como para no apostar ya por un cambio de modelo que termine, de una vez, con la desidia con la que están siendo gestionados.

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