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MUCHO MÁS QUE SOLO BICI | La resiliencia energética

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Javier Bocanegra- Presidente de Melilla Con Bici

Uno de los objetivos de la AGENDA 2030 es crear sistemas resistentes a los cambios que propone el actual panorama de emergencia climática y crisis energética, adaptando nuestra actual forma de vida mediante un proceso constante y formado, pero sin perder de vista ninguno de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS). Al menos, esto es lo que propone dicha agenda. El cómo cumplirlo nos exigirá salir de nuestra zona de confort mucho más allá de lo que desearíamos. Atendiendo a este paradigma global, hoy nos centraremos en un término que, si bien puede parecernos nuevo, no lo es, pues a lo largo de la evolución han sido innumerables esos momentos de cambio ajenos a nuestra voluntad que han aparecido a lo largo de la historia de la civilización.  

La resiliencia, según su acepción, nos procurará esa adaptación tan necesaria en estos momentos de gran incertidumbre en los que nos encontramos, logrando una resistencia adaptativa, donde las grandes fortunas, que ahora admiramos, ni lo notarán y que, sin embargo, el resto de clases sociales a buen seguro sufriremos.

La capacidad de sobreponerse a momentos críticos y adaptarse luego de experimentar alguna situación inusual o inesperada, es la definición de la resiliencia. Una expresión que deriva del verbo en latín resilio, resilere. Ese salto atrás, el volver a una situación anterior que nos aleje de este presente tan incierto y de un futuro “casi” inevitable. Algo muy fácil entender, atendiendo a la multitud de factores abandonados en el tiempo, como la salud, los ecosistemas, la energía, la biodiversidad, las materias primas, la calidad del aire, la infancia… En definitiva, una merma sin igual en el mundo del que todos formamos parte.

Podríamos modificar los sistemas existentes adaptándolos a los cambios que, sin duda, surgirán mediante planes de estudios e inversiones de gran calado estructural, cultural, económico y social, para así evitar que la actual forma de vida actual colapse, si dejamos de negar la evidencia.

Demanda energética

Sirva como ejemplo cómo nos afectará en la demanda energética de nuestra ciudad la disminución de los depósitos de petróleo a nivel global, algo que se demuestra atendiendo al Pick Oil o punto máximo de extracción petróleo alcanzado ya hace años (Antonio Turiel). Es muy difícil comprender cómo una economía basada en un sistema energético en franco declive sigue gastando “como si nuestros ingresos fueran infinitos”. Esto, que pudiera parecer complicado de entender, es, en realidad, muy fácil de demostrar atendiendo al aumento del consumo de combustible del parque móvil en Melilla, donde se disparó su demanda un 350% respecto del año 2005. Se demuestra que el número de desplazamientos en MEDIOS MOTORIZADOS contravino cualquier propuesta en favor del cumplimiento de los ODS de la AGENDA 2030 donde, además, contaminamos estúpidamente el aire que respiramos.

Puedo entender que los que se nutren de este status quo permanente no quieran que nada cambie enquistando esos abusos medioambientales y de salud pública que nos afectan a tod@s, donde la razón y los negocios no tienen por qué ir de la mano. Lo que no logro entender, si me lo permiten, es que los ciudadanos perpetúen “inmóviles” dichos abusos.  

Debemos recordar que los impuestos derivados de esos consumos energéticos desorbitados (ciudad de 12Km2) suman pingües beneficios tanto para los gobiernos locales como para los lobbies, algo que, creo, debe de ser valorado aún más en este “inestable panorama energético”.

Nuestra ciudad necesita abrazar este proceso resiliente lo antes posible, debido a que somos muy dependientes de ese cada vez más pálido “oro negro”. Deberemos, pues, salir de esa burbuja energética antes de que explote definitivamente, ya que cada día que pasa tiene menor cabida (la capacidad productiva de la Tierra llegó a su límite anual hace décadas), dejando esa comodidad complaciente de forma “voluntaria” antes de que ese casero inapelable llamado naturaleza nos eche a patadas.

Nuestra frágil posición global queda de nuevo demostrada atendiendo a la demanda de los consumos eléctricos de una casa media como la mía. Los 6.672Kw/h por año que consumo gastan 1.332 kilos de fuel-oil (unos 1.300 euros anuales), asumible desde un punto de vista económico. Pero si lo valoramos medioambientalmente, mi vivienda no sale barata precisamente, pues genera una huella de carbono de 4.527 kilos de CO2, o lo que es lo mismo: por cada Kw producido en la central térmica de ENDESA emitió unos jugosos 1,47 kilos de CO2 (corríjanme si me equivoco), atendiendo a la producción anual de 2017 (214.853 MWh al año produciendo unas emisiones de 145.785 Tn de CO2). Un panorama sostenible necesita de un sistema mucho más “inteligente” y, sobre todo, más coherente con nuestro presente y futuro inmediato, pues los expertos señalan que, en 5 años, la producción de petróleo caerá un 50%, una realidad que, al menos, debería inquietarnos.

Cambios

Aunque pueda parecer difícil de solucionar, son muchos los cambios que podemos realizar para revertir esta situación tan complicada. En primer lugar, deberíamos centrarnos en reducir nuestra demanda energética a través de un uso mucho más responsable (desperdiciamos el 95% estúpidamente) de los recursos existentes, permitiéndonos ese tiempo cada vez más escaso para evitar lo que según el IPCC nos espera si aumentamos la temperatura de la Tierra entre 1,2/1,5 grados, logrando dar a la tecnología la oportunidad de facilitarnos la transición que necesitamos, si eres tecno-optimista.

Entiendo que sería razonable saber cómo el consumo (compras, alimentos, transporte, luz, agua, tecnología, nube, etc), agrava esta situación. Es decir, deberíamos conocer los distintos factores energéticos o de cambio climático y cómo estos inciden a nivel global, algo muy necesario y que, sin embargo, a día de hoy desconocemos, al no existir ningún tipo de información al respecto en lo referente a la temida huella de carbono que generamos, donde dicha información, resulta escasa o nula. Esto hace casi imposible que dentro de las opciones que podamos tomar, sepamos cual sería la más necesaria. Esta ignorancia es difícil de entender en el actual panorama medio ambiental, donde, según los expertos “cada gramo de CO2 emitido cuenta”. Por poner un ejemplo, “cada correo guardado en la nube, emite 1 gr de CO2 a la atmosfera”, así que intentemos que NO CUENTE.

Esos objetivos tan ilustres mencionados antes (AGENDA 2030) solo serán posibles gracias a esa “educación energética” tan infravalorada por parte de los políticos, consumidores o empresas, donde son infinitos los canales de comunicación existentes en la actual sociedad digitalizada, al igual que lo es el poco el interés que despiertan estos temas.

Otra de las formas de acercarnos a los objetivos contra el cambio climático es la producción de la energía a través de medios renovables (resiliencia eléctrica). Por todos es sabido que hace años se puso freno de forma interesada a este “sistema de creación infinita de energía”. Sin embargo, en la actualidad ese panorama tan desolador perdió su poder en favor de esos nuevos aires tan necesarios, que esperemos no se hagan de rogar (incentivos públicos), en nuestra soleada ciudad.

Curiosamente, este pasado 1 de junio los precios de la energía eléctrica han sufrido graves cambios. Tal vez tenga algo que ver esa resiliencia de la que hablábamos, exigiendo, a través de un incremento sin igual de las tarifas eléctricas, el que nos pensemos dos veces pulsar el interruptor a determinadas horas del día. O tal vez no sea ese el motivo y sí que el todopoderoso lobby energético busque nuevas formas de enriquecerse en estos tiempos tan revueltos, haciendo bueno el dicho “a río revuelto…”. O debido a las enormes restricciones en materia de contaminación exigidas por la AEM (Agencia Europea del Medioambiente), incentivando el uso de unos horarios más “consecuentes con el clima”, así como provocando la disrupción energética hacia el autoconsumo.

Todo estará por verse. Yo, de momento estoy en ello (fotovoltaica). Podría señalar que los coches eléctricos podrán nutrir su ávida sed de energía mediante estos sistemas renovables fotovoltaicos, pero esto sería hipócrita por mi parte, sabiendo que la sustitución del actual parque móvil de nuestro país (casi 30 millones de vehículos) a un modelo eléctrico real será IMPOSIBLE de lograrse. Aunque sí apostaría por un sistema más coherente, donde el vehículo privado desapareciera en favor de una plataforma empresarial que usáramos a conveniencia, con el consecuente ahorro familiar, energético, medioambiental y del espacio público imprescindible en las ciudades actuales.

Los sistemas fotovoltaicos para la generación de energía, tanto en el consumo doméstico como en el empresarial, han tomado los primeros puestos del panorama eléctrico. Estos sistemas renovables, cada vez más económicos y resistentes, tienen enormes factores positivos, algunos de ellos como la reducción en el precio de la luz debido a una menor demanda total de la red, así como una rebaja en la necesidad del pico necesario de producción de los sistemas actuales (unos 40Gw), como en la indispensable reducción en la demanda (211Gw, 2017), así como esa probable “capacidad como sistema de refuerzo” ante caídas del sistema, ganando por todo ello aún más enteros como sistema resiliente.

Imagínense que mil hogares de nuestra ciudad tuvieran instalados sistemas fotovoltaicos por valor de 5Kw de producción y almacenaje. En cifras absolutas, eso nos llevaría a unos interesantes 5Gw diarios de producción energética sostenible, reforzando el sistema aislado del que dependemos de multitud de formas, ya sea mediante un ahorro de emisiones contaminantes, un menor consumo de combustibles fósiles y el nada despreciable ahorro para las familias beneficiadas directa o indirectamente en la factura de la luz, a través de reducir tanto su demanda individual como la necesidad de conectar sistemas productivos más caros en el panorama energético nacional y local.

La Supercopa de España se jugará en Arabia Saudí hasta el año 2029. Este titular me dejó atónito. En él se señalaba que, a pesar de la cantidad de combustible (unos 100.000 kilos por vuelo) que consumirá esta “competición española” en su viaje a  tierras tan lejanas y las enormes emisiones de Gases de Efecto Invernadero que producirán, no tienen ninguna importancia (30 millones de euros tienen la culpa), demostrándonos que la conciencia medioambiental, si la tuvieron alguna vez, desapareció a la sombra del jugoso tintinear de los petrodólares, dando toda una Federación Española de Fútbol un lamentable ejemplo a seguir, por el resto de entidades deportivas de cualquier nivel, pues vaya ejemplo da papá.

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