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Historia

Monte Arruit: culmen de la tragedia (I)

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Migallón

Por Isabel Mª Migallón Aguilar

9 de agosto de 1921

“Nosotros fuimos su deber. // Ellos deben ser nuestro ejemplo” (Manoli Ferre Rubio)

“Con agradecimiento y emoción a quienes sucumbieron en aquel 9 de agosto de 1921 víctimas de la traición. A sus familias que rotas por el dolor, les recordaron siempre.”

“A mi querida Carmen Fernández-Cuartero Rebollar, a quien deseo una pronta recuperación y pueda cumplir su anhelo de estar en Melilla y visitar la tumba del tío Teófilo”

Tras lo sucedido en Abarrán, Igueriben, Sidi Dris, Dar Quebdani Annual y tantas otras posiciones en las que perdieron la vida nuestros soldados quedaba uno de los  últimos  reductos: Monte Arruit. 

Allí había dirigido su columna, o lo que de ella quedaba ,el general Navarro. Un camino tortuoso en el que no dejaron de ser hostigados por un enemigo que vislumbraba más cercana la total derrota del Ejército Español.

Una vez en Monte Arruit albergaron la esperanza de una ayuda que no fue posible, creyeron en la posibilidad de salir con vida pero fue allí donde se consumó la mayor de las traiciones, donde se rompió un pacto que tal vez nunca se tuvo la intención de llevar de cumplir. 

Fruto del engaño y el odio fueron las muertes de gran parte de sus defensores. Muchos de ellos heridos, acostados en camillas sin capacidad de defenderse. Creyeron en la palabra dada y lo que hallaron fue una muerte cruel, mucho más que la que ocasiona una bala o un proyectil.

Puedo imaginar a las familias de los que allí resistían quienes al tener noticias de que iban a poder regresar vivos a Melilla, albergaron la esperanza de volver a abrazar a sus seres queridos de tenerlos de nuevo a su lado. Pero todo quedó en una quimera, porque la realidad fue bien distinta para muchos.

Para ilustrar estas líneas, escritas con respeto, agradecimiento y admiración he escogido el final de una maravillosa novela Atardece en Monte Arruit de Carmen Fernández-Cuartero Rebollar, sobrina del capitán médico Teófilo Rebollar Rodríguez. El fue uno de los que sucumbió aquel 9 de agosto. Ella, desde hace muchos años, desea viajar a Melilla, visitar su tumba y los lugares en los que él estuvo. Las circunstancias no han sido propicias y aún ese viaje está pendiente. 

La novela citada es el mejor tributo que ha podido hacer a Teófilo. Por ello he escogido el final de la misma que coincide con los aciagos momentos vividos por los defensores cuya tragedia  ya conocemos:

“Era casi la una de la tarde del 9 de agosto. Hacía poco que el comandante Villar acababa de regresar, peo nadie parecía saber nada de lo que se había pactado con los jefes de las harcas.

Navarro, Villar, los capitanes Sainz y Calvet, el intérprete Alcaide, y los tres jefes moros, con los que acababan recientemente de pactar los convenios de la capitulación, se encontraban bajo el dintel de la puerta, de esa puerta que a mi llegada me pareció lo único elegante de todo Monte Arruit y de la que ahora apenas quedaba una de las torretas y nada de la inscripción con la que nos había recibido “MONTE ARRUIT 1912-1916”, aunque aún mantenía esos adornos en rojo que consistían en unas estrellas y unas molduras.

Realmente era un momento caluroso de un día no menos bochornoso, por lo que bajo el pretexto de estar a la sombra ¡Como si aquí no hubiera sombras! ¡Como si los demás estuviéramos en perores condiciones físicas y anímicas! Comentaron su intención de marchar hacia la estación, observé que Navarro invitaba al comandante Marquerie a unirse a su estado mayor. Oí a este artillero noble, más bien grueso, de mirada abierta y trato afable, que podía haberse quedado tranquilamente de profesor en Segovia, cómo rechazaba imperturbable la invitación:

– Gracias mi general, pero prefiero compartir la suerte que el destino depare a mis hombres. Es mi deber.

Después de saludar a Navarro que ya tomaba el camino de la estación se quedó esperando la salida junto a los 3.000 que quedábamos vivos en Monte Arruit.

Por delante del comandante Marquerie nos alineamos para salir los primeros, los médicos que acompañábamos a las largas filas que formaban los más de 500 enfermos y heridos.

Unos van a ir en las escasas camillas que tenemos, otros caminarán ayudados por hombres sanos, si es que quedaba alguno que pudiera recibir tal calificativo, pues todos llevábamos sobre nosotros las señales de esos once días de violencia, hambruna, sed, fatiga, desamparo, terror, s“Con agradecimiento y emoción a quienes sucumbieron en aquel 9 de agosto de 1921 víctimas de la traición. A sus familias que rotas por el dolor, les recordaron siempre.”

“A mi querida Carmen Fernández-Cuartero Rebollar, a quien deseo una pronta recuperación y pueda cumplir su anhelo de estar en Melilla y visitar la tumba del tío Teófilo”

Tras lo sucedido en Abarrán, Igueriben, Sidi Dris, Dar Quebdani Annual y tantas otras posiciones en las que perdieron la vida nuestros soldados quedaba uno de los  últimos  reductos: Monte Arruit. 

Allí había dirigido su columna, o lo que de ella quedaba ,el general Navarro. Un camino tortuoso en el que no dejaron de ser hostigados por un enemigo que vislumbraba más cercana la total derrota del Ejército Español.

Una vez en Monte Arruit albergaron la esperanza de una ayuda que no fue posible, creyeron en la posibilidad de salir con vida pero fue allí donde se consumó la mayor de las traiciones, donde se rompió un pacto que tal vez nunca se tuvo la intención de llevar de cumplir. 

Fruto del engaño y el odio fueron las muertes de gran parte de sus defensores. Muchos de ellos heridos, acostados en camillas sin capacidad de defenderse. Creyeron en la palabra dada y lo que hallaron fue una muerte cruel, mucho más que la que ocasiona una bala o un proyectil.

Puedo imaginar a las familias de los que allí resistían quienes al tener noticias de que iban a poder regresar vivos a Melilla, albergaron la esperanza de volver a abrazar a sus seres queridos de tenerlos de nuevo a su lado. Pero todo quedó en una quimera, porque la realidad fue bien distinta para muchos.

Para ilustrar estas líneas, escritas con respeto, agradecimiento y admiración he escogido el final de una maravillosa novela Atardece en Monte Arruit de Carmen Fernández-Cuartero Rebollar, sobrina del capitán médico Teófilo Rebollar Rodríguez. El fue uno de los que sucumbió aquel 9 de agosto. Ella, desde hace muchos años, desea viajar a Melilla, visitar su tumba y los lugares en los que él estuvo. Las circunstancias no han sido propicias y aún ese viaje está pendiente. 

La novela citada es el mejor tributo que ha podido hacer a Teófilo. Por ello he escogido el final de la misma que coincide con los aciagos momentos vividos por los defensores cuya tragedia  ya conocemos:

“Era casi la una de la tarde del 9 de agosto. Hacía poco que el comandante Villar acababa de regresar, peo nadie parecía saber nada de lo que se había pactado con los jefes de las harcas.

Navarro, Villar, los capitanes Sainz y Calvet, el intérprete Alcaide, y los tres jefes moros, con los que acababan recientemente de pactar los convenios de la capitulación, se encontraban bajo el dintel de la puerta, de esa puerta que a mi llegada me pareció lo único elegante de todo Monte Arruit y de la que ahora apenas quedaba una de las torretas y nada de la inscripción con la que nos había recibido “MONTE ARRUIT 1912-1916”, aunque aún mantenía esos adornos en rojo que consistían en unas estrellas y unas molduras.

Realmente era un momento caluroso de un día no menos bochornoso, por lo que bajo el pretexto de estar a la sombra ¡Como si aquí no hubiera sombras! ¡Como si los demás estuviéramos en perores condiciones físicas y anímicas! Comentaron su intención de marchar hacia la estación, observé que Navarro invitaba al comandante Marquerie a unirse a su estado mayor. Oí a este artillero noble, más bien grueso, de mirada abierta y trato afable, que podía haberse quedado tranquilamente de profesor en Segovia, cómo rechazaba imperturbable la invitación:

– Gracias mi general, pero prefiero compartir la suerte que el destino depare a mis hombres. Es mi deber.

Después de saludar a Navarro que ya tomaba el camino de la estación se quedó esperando la salida junto a los 3.000 que quedábamos vivos en Monte Arruit.

Por delante del comandante Marquerie nos alineamos para salir los primeros, los médicos que acompañábamos a las largas filas que formaban los más de 500 enfermos y heridos.

Unos van a ir en las escasas camillas que tenemos, otros caminarán ayudados por hombres sanos, si es que quedaba alguno que pudiera recibir tal calificativo, pues todos llevábamos sobre nosotros las señales de esos once días de violencia, hambruna, sed, fatiga, desamparo, terror, sobresaltos, tormento, agonía, pesadilla, que parece que por fin van a terminar.

Todos, oficiales y tropa, lucimos con orgullo las pruebas del calvario físico y moral que hemos padecido, las lucimos con la sencillez del que está convencido de que ha cumplido su deber. Todos confiamos en sobrevivir.

Allí estamos dispuestos para salir todos los médicos: mis compañeros los tenientes José Rover Motta, Enrique Videgain Aguilar, Miguel Fernández Andrade, el capitán José Espina Rull.

Uno de nosotros, no le distingo bien estaba charlando con el teniente Felipe Peña Martínez, que había sido herido en la cabeza mientras defendía un parapeto, porque los médicos también tuvimos que acudir a la defensa en algunas ocasiones.

Entre los heridos puedo distinguir al capitán Lobo, quien fuera jefe de Ben Tieb, al teniente coronel Marina, al capitán Bandin, primer jefe de la posición de Arruit, quien estaba enfermo de la vista en Melilla y al tener noticias del desastre, se había presentado en un coche el 22 de julio. A su lado su amigo el teniente Pedro Gay de la Torre, un grupo de oficiales de Alcántara: el capitán Julián Triana Blasco, que ha permanecido defendiendo la puerta con una ametralladora, los tenientes José Manterola y Victoriano Pua Elvira, el capellán José Campoy Irigoyen. Todos confiamos en sobrevivir, aunque yo, no se por qué, tengo mis dudas.

Llega la orden de salir. Sin saber cómo ni de donde unos rifeños traidores y felones, guiados por el rencor y el odio acumulados desde tanto tiempo se dirigen a por las armas, anhelan nuestras vidas.

En su afán por conseguirlo, se lanzan sobre los que salimos los primeros, pisoteando y pasando por encima de los heridos, empujándonos y golpeándonos a los soldados y oficiales que permanecemos en pie. 

De repente todo se convierte en una vorágine siniestra. Ni los oficiales, ni la tropa nos esperamos nada de esto, los soldados se muestran confusos y se encuentran desarmados, en este caos unos permanecen paralizados mientras otros optan por salir corriendo, pero la huida es imposible, hay demasiados rifeños que con sus fusiles y sus corazones llenos de rabia apuntan hacia la puerta y hacia la cuesta de Monte Arruit para alcanzar a aquel que haya conseguido salir indemne por la puerta.

Son hombres que durante siete años de resentimiento, ansiedad y codicia nunca satisfechas han aguardado esa salida.

No, van a ser muy pocos los que consigan salir con vida de esa cuesta y de ese fuerte donde se aglutinan los restos del Ejército Español en la zona del Rif.

Y el que haya sobrevivido a este túnel de muerte aún le quedará el largo y duro camino que tendrá que recorrer en su esperanza puesta en Melilla.

Yo no sería uno de ellos. Noté un espantoso dolor seguido de zonas de escozor, me habían alcanzado varias balas y aun así pude murmurar “Señor, Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Caí al suelo y sentí como mi alma se separaba de mi cuerpo y ascendía, y así pude ver cómo ultrajaban el que había sido el receptáculo de mi espíritu, cómo clavaban en él sus gumías, cómo destrozaban a golpes mi cabeza y cómo me despojaban de todo lo que pudiera tener valor para ellos.

Pude ver cómo hacían lo mismo con los demás cuerpos que yacían en tierra y aún, una vez muertos, salvamos al general Navarro y a su grupo que permanecían sobrecogidos en la estación pensando que iban a correr la misma suerte que nosotros, pues el pillaje y la profanación de nuestros cuerpos les retrasaron.

Luego ya no vi nada más, mi alma se unió a un universo de paz, tranquilidad y sosiego”. 

Con mucha probabilidad esto fue lo que le ocurrió a Teófilo y a los que cómo él estaban preparados para salir de Monte Arruit aquel lunes 9 de agosto de 1921. Sus cuerpos inertes quedaron allí bajo el ardiente sol africano. Habría que esperar hasta la reconquista del territorio para ser identificados y  poder darles sepultura, aunque no todos tuvieron esta “suerte”. 

En enero de 1922 gracias a la iniciativa de la marquesa del Mérito se erigía el cementerio de San Rafael de Monte Arruit donde muchos de estos cuerpos fueron enterrados. En este camposanto se colocó el monolito con los versos del poeta gallego Ramón Goy de Silva. Había sido costeado mediante una suscripción abierta por El Telegrama del Rif , aunque la idea partió del Diario ABC.

 En  1949 la denominada “Losa de Monte Arruit” fue trasladada a Melilla junto a los restos exhumados en dicho cementerio. Desde entonces descansan en la cripta del Panteón de Héroes. 

¡Descansen en Paz! ¡Honor y Gloria siempre!

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