Por Abderrahim Mohamed Hammu (Investigador y educador)
Hace cuarenta años, Melilla amaneció con un murmullo nuevo. No era el viento del Estrecho ni el canto habitual de las gaviotas. Era un rumor hecho de pasos inseguros, de respiraciones contenidas, de pañuelos ajustados con manos que temblaban y de corazones que, por primera vez, se atrevían a latir en público.
Eran mujeres amaziges. Eran hijas de una historia silenciada. Eran madres de un futuro que aún no tenía nombre. Salieron de sus casas como quien cruza un umbral sagrado. No llevaban armas, ni piedras, ni consignas aprendidas en libros. Llevaban lo que siempre se les había pedido ocultar: su voz. Llevaban su dignidad doblada con cuidado, como quien transporta un pan caliente para compartir. Caminaron juntas porque durante siglos les enseñaron a bajar la mirada. A aceptar. A esperar. A callar. Pero aquel día decidieron mirarse entre ellas, reconocerse en la misma herida, y convertir el dolor en palabra. Querían derechos. Querían respeto. Querían existir sin pedir permiso.
La ciudad las observó con una mezcla de sorpresa y miedo. El poder siempre teme a quien descubre que no nació para obedecer. Entonces llegó la respuesta. No fue diálogo. No fue escucha. No fue justicia. Fue el sonido seco contra las proclamas. Fue el grito que se estrella contra el asfalto. Aquel día, el Estado habló con desprecio. Y las mujeres amaziges respondieron con resistencia.
No hay estatuas para ellas. No hay placas que pronuncien sus nombres. No hay fotografías oficiales colgadas en los despachos. Pero existen. Existen en la memoria de quienes las vieron caer y levantarse. Existen en las cicatrices que aún pican cuando cambia el tiempo. Existen en cada mujer amazigh que hoy estudia, trabaja, opina, decide. Porque aunque las minusvaloraron, no pudieron borrar lo esencial: la conciencia.
Cuarenta años después, aquella manifestación sigue caminando. Camina en las aulas donde una niña amazigh aprende que su lengua es hermosa. Camina en las calles donde una mujer ya no baja la cabeza. Camina en los hogares donde se enseña que el silencio no es virtud cuando nace del miedo.
El tiempo no ha cerrado todas las heridas. Pero ha sembrado semillas. Y las semillas, incluso bajo el cemento, saben esperar. Hoy no pedimos que se les tenga lástima. Pedimos memoria. Pedimos verdad. Pedimos que se nombre lo ocurrido sin eufemismos. Fue una injusticia. Y también fue el inicio de algo irreversible. Porque aquellas mujeres demostraron que incluso los cuerpos considerados frágiles pueden convertirse en columnas. Que incluso las voces acostumbradas al susurro pueden convertirse en trueno. Que incluso en la periferia nace el centro de la dignidad.
Y mientras exista una mujer amazigh que recuerde, mientras exista una joven que pregunte, mientras exista una anciana que cuente, aquella manifestación no habrá terminado. Sigue avanzando. Despacio. Firme. Invencible.



