Melilla y los progres

Curiosos los resultados del estudio de Electomanía -empresa cuya existencia yo desconocía y cuyas tendencias políticas desconozco- sobre la simpatía intercomunitaria en España. “Ceuta y Melilla son los lugares menos queridos por los españoles, según un estudio de Electomanía”, era el titular de nuestra última página del lunes pasado.

Como me parece casi imposible que cualquier español (o española) que venga a Melilla o vaya a Ceuta sin prejuicios se vaya con una mala impresión de sus habitantes y del aspecto general de las dos ciudades, la única explicación racional que encuentro es que Melilla y Ceuta son las dos ciudades menos conocidas por el resto de los españoles y que, por eso, son juzgadas en función de lo que muchos medios de comunicación, nacionales e internacionales, transmiten sobre lo que ocurre aquí. De ahí se deriva la necesidad de tener instrumentos, medios de comunicación, que “vendan” con más fuerza lo que son y lo que pueden ser estas dos ciudades españolas del Norte de África, que es muchísimo más de lo que muchos políticos piensan y lo que algún periodista que nos visita trasmite, tras convertirse, en unos días, de ignorante absoluto en sabio no menos absoluto que pontifica sobre lo que -en su súbita adquirida sabiduría- hemos sido, somos y debemos ser.
Estoy pensando, en este momento, en el capítulo del libro “Lugares fuera de sitio” que el “sabio” y progre periodista Sergio del Molino dedicó a Melilla, y que empieza con la “ingeniosa” frase de “Melilla es una teoría de la guerra civi”, que, según él, empezó el 23 de diciembre de 1915, día en el que Abdelkrim se rompió la pierna intentando fugarse del fuerte de Cabrerizas Altas (no del de Rostrogordo, como general y erróneamente se cree popularmente). El párrafo final del libro es para nota: “Melilla, la España africana, dice el lema turístico, como si se hubieran integrado lo africano y lo europeo y ya no viviesen en conflicto, como si lo europeo no se esforzase por contener lo africano y dejarlo en el ámbito de lo cultural y lo costumbrista, donde no hace daño, donde no caben lecturas ideológicas o economicistas”. Para del Molino la solución es muy sencilla: que el español y el amazigh “convivan en todos los ámbitos, y no haya una lengua pública y otra privada”. Parece mentira que llevemos más de 1000 años -los melillenses españoles más de 500- sin habernos enterado de tan sencilla solución, a la que el sabio Sergio del Molino -que considera a Melilla “un lugar fuera de sitio”- llegó, él solo, en unos pocos días, adivinando, de paso, dónde y cómo se originó nuestra guerra civil, 21 años antes de que se produjera.
“Cómo hablar con un progre”, se titulaba el primer libro escrito en solitario por la brillante politóloga Gloria Álvarez. Progre es el que se siente profundamente en deuda con el prójimo y propone saldar esa deuda con tu dinero, escribió el jurista estadounidense Gordon Liddy en la contraportada del libro. “El progre jamás se equivoca”, resumía Gloria Álvarez, y “es capaz de convertir palabras repletas de significado en meros clichés”. Sergio del Molino es un progre.
El nuevo líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, evidentemente no lo es. Feijóo fue entrevistado en El Mundo y dijo: “El Gobierno no ha adoptado ni una sola medida de ajuste en su gasto político. Tenemos el Gobierno más caro de la democracia…Lo que sí aseguro es que con un 30% menos de ministerios el Gobierno será más eficiente”. Eso jamás lo diría un progre, como Pedro Sánchez, por ejemplo. Es evidente -excepto para los progres, que saldan deudas con tu dinero- que con un 30% menos de empleados públicos también España sería más eficiente y el nivel de paro y pobreza sería mucho menor, añado yo. Y no podemos ni imaginar cómo mejoraría Melilla cuando lo público dejase de ser casi todo.

Posdata
Por terminar y hacerlo corto, sin olvidar: El PSOE, en Andalucía, estranguló el emprendimiento creativo y arruinó a los andaluces durante muchos años. Una corrupción cuyo fin sea ganar elecciones sí (con acento) es corrupción. El uso que el PSOE hizo de los ERE en Andalucía es el mayor caso de corrupción de la democracia española.

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