Los ‘eres’ y la verdadera memoria histórica. También en Ucrania. Slava Ukraini

Releí ayer una frase de Voltaire: “la política es el camino para que hombres sin principios gobiernen a hombres sin memoria”. Ahora se ha publicado la sentencia de los ‘eres’, la compra del voto popular con dinero público por parte de los gobernantes del Partido Socialista en Andalucía. Una parte muy importante del electorado había olvidado este vergonzoso episodio, voluntaria o involuntariamente. Y había dado su apoyo al que un colaborador de este periódico llama Pinocho Sánchez.

Ha hecho falta que Pinocho cometa una serie increíble de desmanes, contra España y contra los españoles, en todos los ámbitos de la actividad política, para que la memoria de muchos españoles reviva.
Destruir es fácil, una casa se derriba en un día, pero para construirla hacen falta muchos meses. En el caso de la unidad de España, vendida vergonzosamente por Sánchez para permanecer en el poder, el proceso de reconstrucción puede ser muy, muy difícil y requerir generaciones. La aceptación de políticas educativas y lingüísticas divisivas no se puede solucionar cambiando los libros de texto, requiere cambiar las mentes de los que han sido indoctrinados.
La reconstrucción de la economía nacional, al menos parcialmente, es una tarea difícil, pero sin comparación más fácil que la ideológica. La mayor dificultad está en conseguir que los inversores, nacionales y extranjeros, recuperen la confianza en el sistema económico a medio y largo plazo. El pago de la enorme deuda acumulada es posible si, y tan solo si, se cumplen las condiciones anteriormente mencionadas.
La también reconstrucción de la educación es, a similitud de la ideológica, muy complicada. Tiene un doble componente, el del conocimiento en sí y el ideológico. El conocimiento teórico puede ser adquirido con posterioridad, al transferir a la empresa el trabajo que debería haber hecho el sistema nacional de educación. Difícil, pero factible. Sobre el componente ideológico, ya hemos mencionado la enorme dificultad y el largo tiempo requerido para cambiarlo.
España requiere de una transformación ideológica casi milagrosa, por su dificultad. Una ideología que enaltece el esfuerzo, la fijación de metas más allá de la gratificación instantánea, el afán de superación, la satisfacción por el trabajo bien hecho, el aprecio al que sobresale, todo ello sabido pero ignorado, a veces ridiculizado, por los que tratan de aprovecharse de la dejadez institucionalizada para que ‘no les molesten’ mientras cometen sus desmanes.
Las partidistas, y por tanto falsas, ‘memoria histórica’ y ‘memoria democrática’, escritas al dictado de los que pretender ocultar sus excesos e incompetencias aturdiendo a la población, para ellos ‘el pueblo’, debieran ser derogadas en cuanto sea posible, porque tan solo pretender destruir lo pasado, sin que ello suponga construir para el futuro.
Un claro ejemplo es el Monumento a los Héroes de España, existente en nuestra ciudad. Su destrucción no supone ventaja alguna, por el contrario, los propios ciudadanos han manifestado su deseo de que permanezca donde está, dando culto a todos los héroes españoles, de todas las épocas históricas, civiles o militares. Lo absurdo del afán destructivo se demuestra, además de por lo ya expuesto, por el hecho de que, para justificar la necesidad de su destrucción, según reconoció una dirigente local socialista, y en una supuestamente necesaria aplicación de la ley partidista de ‘desmemoria histórica’, tuvo que bucear en archivos para tratar de demostrar que el monumento era franquista. A pesar de que dicho monumento ya había sido desposeído de toda la simbología que pudiera asociarse con el franquismo y de que la población, en su mayoría, no tiene el más mínimo interés en que el monumento sea destruido. Destruir con saña el pasado que no nos agrada, en vez de empeñarse en construir el futuro que todos querríamos.
Y hablemos ahora de la memoria histórica en Ucrania. Putin, otro dictador disfrazado de salvador de la patria, se ha empeñado en rusificar buena parte de Ucrania, también en aplicación de una supuesta memoria histórica. Para ello convenientemente olvida la colectivización forzosa impuesta por Stalin, que condenó a una cruel muerte por inanición a unos cuatro millones de personas en Ucrania, que era en ese momento el granero de Rusia, como parcialmente sigue siendo ahora el granero de buena parte del mundo.
El dictador ruso, Stalin, promulgó una ley que imponía penas de diez años de trabajos forzados para aquellos que robasen cualquier propiedad estatal. Y la comida pertenecía al Estado. Muchos pueblos fueron rodeados por la Policía para que nadie pudiera salir. Y se instalaron torres de vigilancia. Según escribe el historiador Applebaum, “la gente echaba a la olla ranas y sapos. Se comían los cinturones y zapatos de cuero, la hierba, la corteza de los robles, el musgo… Se comían los perros y los gatos. Las ardillas, las ratas, los cuervos, las hormigas. Los más afortunados eran los que vivían cerca de ríos y bosques, porque podían pescar o buscar champiñones. Pero la mayoría no tenía esa suerte”.
Ahora, los comunistas están en el gobierno de España. ¿Recordarán esa real memoria histórica? ¿Por qué no se la hacemos recordar, a ellos y a sus colegas de gobierno?

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