La insoportable levedad del ser

Una persona de Melilla

En esta ciudad, la indolencia de la mayoría pesa como un ancla que nos arrastra al fondo. Hoy, el futuro que señalan las estadísticas es de nuevo presente. Las cifras nos han vuelto a golpear donde más nos duele, en el mismísimo centro de la vida humana. Nuestros padres, madres, hijos, todos volvemos a sufrir la tragedia sin fin, pérdidas de vidas humanas, cuerpos destrozados, un padecimiento extremo del que nadie parece estar a salvo en nuestra bendita ciudad. Todo un ejemplo de lo que no hay que hacer es observable a cada paso, a cada pedalada. Vemos una ciudad que se desangra en cualquier rincón anónimo de nuestras calles, donde solo la suerte te dará o no sus bendiciones.

La indolencia de los poderes públicos y sociales pesa como un ancla que nos arrastra al fondo. Nos podría parecer complicado haber llegado a esta situación tan extrema, pero, al contrario, todo ha sido tan sencillo como absurdo, pues no hacer nada ha sido siempre el perfecto caldo de cultivo para lograr los mayores desastres. Ese es el principio y fin del cenagal urbano en el que nos desplazamos a diario, un lugar al que nadie quiere ir y que, sin embargo, se me antoja “inevitable”, donde las estadísticas en materia de siniestralidad vial solo esperan “tu despiste”.

Todos mis conocidos, sensibles ante el dolor de los demás, pretenden descargan sus conciencias en mí. Su indignación no me deja descanso, pues yo, al igual que ellos, somos igualmente responsables. No hacer nada resulta una pesada carga para todos. Nos ahogamos sin remedio, como un náufrago en alta mar, golpeado sin descanso a cada segundo, pues esas olas gigantes en forma de violencia vial nos amenazan allí por donde “caminemos”. Como si de un evento climático extremo se tratara, nos creemos incapaces de apaciguar su permanente amenaza, aunque es sabido por todos que no es así, nuestra ciudad sé que nos da esa lamentable sensación.  La vida humana se distorsiona sin remedio, todos sufrimos en cualquier rincón de nuestras calles, nadie está a salvo y, aún peor, nadie lo estará nunca, pues el desplazarnos, sea como fuere, se han convertido en una amenaza constante.

Solo era cuestión de tiempo que la tragedia nos volviera a golpear, que la miseria urbana y humana en ocasiones desprecia algo tan importante como la vida, según sea la virtuosidad del que observa y, sin embargo, no somos capaces de ponerle “freno”. Como si de un reloj de arena se tratase, la tragedia solo espera de forma paciente la caída de su último grano aconteciendo el desastre para, de nuevo, minutos más tarde, comenzar una cuenta atrás para arrebatárnoslo todo.

La vida tal parece que no vale nada, a tenor de la importancia que le damos. Nada cambia si nada se hace, y aún tras la reciente marca en la memoria de un amigo ciclista destrozado, la fragilidad de la vida llega de nuevo para ofendernos, una fragilidad que nos incomoda, en ese perfil bajo en que somos tan felices, una sociedad dormida, atontada, que solo espera a que la despierte un cuerpo roto tirado en medio de la calle. Cuando la vida dentro de una familia es amputada, nos indignamos, pues la barbarie nos incomoda, aunque tras unos días de sofoco en los medios de comunicación locales volvemos a la «nada». La sociedad es como un gigante dormido al que es muy difícil despertar. Como niños montados en una montaña rusa, los toboganes y precipicios se suceden, entremezclándose con momentos de calma antes de esa “sorpresa inesperada” que nos sacudirá hasta los cimientos.

Hoy Melilla está de luto otra vez, hoy debemos estar con las familias. Otra vez, hoy, la vida ha cambiado nuevamente su sino. Hoy nadie cercano al desastre volverá a mirar con ojos inocentes ningún paso de peatones, ninguna curva, al menos durante un tiempo, el tiempo que tarda la fragilidad de la memoria en avergonzarnos, por olvidar lo que nunca debemos olvidar.

Algunas estadísticas se creen que están para romperlas, pero solo algunas. Otras les parecen imposible a los incapaces, a los inútiles, a los de siempre. La violencia vial que nuestra sociedad sufre a diario no altera lo más mínimo a sus responsables, a pesar de seguir nutriéndose de vidas humanas. La ausencia de toda responsabilidad de los organismos públicos me avergüenza, me asusta y me asquea al mismo tiempo. La Comisión de Seguridad Vial presidida por Delegación del Gobierno, muy bien asesorada por lo que me consta, decidió en su día despreciar la participación de cualquier ente social en la mejora de estas cifras que nos avergüenzan, pues en el uso de su demostrada altanería, las despreció sin más. Estas tragedias tan recientes no la harán rechistar, a pesar de su incompetencia manifiesta, una incompetencia que no evitará esa futura foto de protocolo tan “socorrida”,  “… en recuerdo de las víctimas de  los accidentes de tráfico”. Pues bien, le invito a que siga recordando, pues al parecer señora delegada no sabe hacer otra cosa.

Existe un grupo de trabajo de seguridad vial presidido por la Consejería de Medio Ambiente, igualmente inútil, donde participa la DGT melillense, un organismo que forma parte de ambos, retratándose en “ambos frentes”. Estos son los principales responsables, hagan sus cuentas.

Hoy estos personajes me dirán que es el momento de estar con las víctimas y no de buscar responsables, hoy es el momento del duelo y no de la protesta, hoy nuevamente nada cambiará porque nadie quiere hacer lo necesario.

Las estadísticas nos dicen que lo que ha pasado estos últimos días es normal, que en todas las ciudades ocurren estas tragedias que son » inevitables» que los «accidentes» ocurren sin más, que la mala suerte anida en cualquier momento de la vida y que el riesgo a sufrir cualquier daño es inherente a nuestra naturaleza como ser humano… Hoy volveré a escuchar las sandeces y estupideces de siempre, esas que ciertos sectores son expertos en manejar eludiendo de forma miserable «SU RESPONSABILIDAD», UNA RESPONSABILIDAD que para nada acompañará las decenas de horas de operación lleva MATEO o centenares de dolor y de rehabilitación física y emocional que le queda por pasar, a él y a su mujer, así como a sus familiares… Una situación más dura aún para los familiares del fallecido, a su mujer, destrozada en lo físico y emocional, que lucha por recuperarse de unas lesiones extremas, y no menos a los padres del motorista, responsable o no. Una situación dantesca, más propia de una sociedad sin ley que de una sociedad moderna.

En una ciudad donde su presidente como responsable de la Consejería de Seguridad Ciudadana se atrevió a modificar en un documento público, con la ayuda del Jefe de la Policía Local de Melilla (ya desaparecido), la mismísima definición de la DGT de PUNTO NEGRO, en su propio beneficio, pues duplicó el número de siniestros viales necesarios de 3 a 6, para considerarse como tal, podemos afirmar que todo está perdido.

Nos dicen que la vida es un suspiro, que en cualquier momento sin aviso previo nos será arrancada de nuestras manos, toda una certeza natural que en nuestra «amable y sostenible ciudad» resulta prematura, al parecer inevitable.

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