Carta del Editor. MH, 2/4/2025
Enrique Bohórquez López-Dóriga
En España residen 11 millones de personas de origen inmigrante, contando la primera y la segunda generación. Son más del 22% de la población total (48,8 millones, a 1 de julio de 2024). La comunidad musulmana se dispara y roza los 2 millones, entre inmigrantes y sus hijos nacidos aquí; más del 70% de origen marroquí.
Si pregunto a la Inteligencia Artificial (IA) la respuesta es la que esperaba: “La inmigración en España, y particularmente en Melilla, es un fenómeno complejo que no puede reducirse a una simple cuestión de “problema” o “ventaja”. Depende de cómo se gestione y desde qué perspectiva se analice”. Es una respuesta que vale para la inmigración…y para todo.
Como también es válido que “España ha pasado de ser un país de emigrantes a convertirse en un destino clave para la inmigración, especialmente desde América Latina, el Magreb y África subsahariana. En términos económicos, la inmigración ha sido un factor clave para compensar el envejecimiento de la población y cubrir sectores laborales con escasa mano de obra local. Sin embargo, su gestión deficiente ha generado tensiones en ámbitos como el empleo, la vivienda y los servicios públicos, lo que alimenta discursos polarizados”. Otra respuesta buenista y, en general aceptable, con la excepción del calificativo “deficiente” para calificar la gestión gubernamental española de la inmigración. Busquen cualquier antónimo de “deficiente” y estarán más cerca del acierto: eficiencia es el antónimo más evidente, pésima política la definición más apropiada.
Sigo preguntando al chat GPT (Generative Pretrained Transformed, un modelo de lenguaje desarrollado por la empresa OpenAI) y me contesta que “Melilla es un caso especial porque representa la puerta sur de Europa y una de las pocas fronteras terrestres entre África y el continente europeo. Su situación geográfica y su relación histórica con Marruecos la convierten en un punto clave de la inmigración irregular, con episodios de presión migratoria en la valla y una importante población de origen marroquí con derechos ciudadanos. Aquí, la inmigración plantea desafíos adicionales y se plantea -dice GPT- una encrucijada entre la geopolítica y la humanidad”.
Melilla necesita un cambio muy, muy profundo, y ese cambio -como la experiencia de los 40 años de vida de MELILLA HOY demuestra- no va a venir de arriba a abajo, sino desde abajo, desde los melillenses independientes, los defensores de esa inextirpable utopía que es la libertad de espíritu.
La “relación histórica” de Melilla con Marruecos es, ciertamente, muy histórica y, en general, nada amistosa, especialmente porque los melillenses quieren seguir siendo españoles -los de origen marroquí especialmente- mientras que la monarquía marroquí pretende que los melillenses seamos marroquíes, lo queramos o no. Si eso se puede calificar como “encrucijada entre la geopolítica y la humanidad”, pues bueno, dado que esa es una definición buenista y muy progre, que suena muy bien, pero que realmente no significa nada.
GPT añade: “Melilla, con su geografía de frontera y su historia de mestizaje, es un crisol donde se enfrentan las tensiones del presente y los dilemas de nuestro tiempo. En su perímetro amurallado, no solo colisionan dos continentes, sino también dos realidades: la de quienes buscan un futuro mejor y la de un sistema que, atrapado entre la burocracia y el miedo, responde con muros y alambradas”.
Me cuentan unos amigos y colaboradores del periódico -a los que he invitado al 40º Aniversario del MELILLA HOY- que preguntaron a la IA, GPT, quién fundó, hace 40 años, el periódico. La respuesta fue: Juan José Imbroda. Espero que GPT en eso del enfrentamiento entre los que buscan un futuro mejor (los buenos) y los atrapados en la burocracia y el miedo (el malísimo occidente) no acierte tanto como en lo de Imbroda “fundador” del MELILLA HOY, y me viene a la memoria lo que, sobre el miedo, escribió Cervantes en El Quijote. “El miedo que tienes te hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los defectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son”. También me vienen a la memoria las manipulaciones sociales de Soros.
Es cierto que: ”La inmigración en Melilla no es un fenómeno nuevo. Desde hace siglos, la ciudad ha sido punto de paso, refugio y oportunidad. Sin embargo, en la actualidad, la presión migratoria se ha convertido en un problema estructural que desborda la capacidad local y pone a prueba los valores de la Unión Europea. La valla, símbolo de contención y exclusión, es también testimonio de un fracaso: el de una política migratoria basada en la represión más que en la solución”. Buenos contra malos, otra vez.
Dimensión económica: la hipocresía de la necesidad
Curiosamente, la misma economía que rechaza al inmigrante lo necesita. Los sectores informales de Melilla, desde el comercio hasta el empleo doméstico, dependen en gran medida de esa mano de obra barata que, en muchos casos, sobrevive en la marginalidad. Se les niegan derechos, pero se les exige trabajo. Se les expulsa de día, pero se les necesita al anochecer. Esta contradicción es la gran paradoja de la inmigración en la ciudad: una sociedad que combate con una mano lo que sostiene con la otra (según GPT).
Dimensión política: entre la seguridad y los derechos humanos
El debate migratorio en Melilla está marcado por una narrativa que oscila entre el miedo y la compasión. Desde Europa, la ciudad es vista como un bastión de contención, una trinchera donde se juega la estabilidad del continente. De ahí que la respuesta institucional sea cada vez más militarizada, con la externalización de fronteras y la colaboración con Marruecos para frenar los flujos migratorios. Pero, ¿qué costo tiene esta política? En la frontera de Melilla se han registrado tragedias que han conmocionado al mundo. La muerte de decenas de personas intentando saltar la valla no es un accidente, sino la consecuencia de un sistema que prioriza el control sobre la dignidad humana. La pregunta es inevitable: ¿es sostenible una política migratoria basada en la contención sin ofrecer alternativas reales de integración?
Dimensión cultural: identidad y convivencia
Melilla es, por definición, una ciudad de mestizaje. Su riqueza cultural proviene precisamente de la convivencia entre diferentes comunidades. Sin embargo, la inmigración actual plantea desafíos que la sociedad melillense aún no ha sabido gestionar del todo. La integración real sigue siendo una asignatura pendiente, y el riesgo de fractura social aumenta cuando se imponen discursos de exclusión y xenofobia. Pero la historia enseña (a veces, añado yo) que la diversidad no es una amenaza, sino una oportunidad. Melilla puede ser un ejemplo de convivencia si apuesta por políticas de integración efectivas, en lugar de alimentar la segregación y el rechazo.
¿Problema o mala gestión?
El verdadero problema no es la inmigración en sí, sino la falta de políticas efectivas para gestionarla de manera ordenada y beneficiosa para todos. La incapacidad para ofrecer integración real, la falta de oportunidades laborales y la dependencia de subsidios generan frustración tanto en la población local como en los inmigrantes (casi todo es público en Melilla). En Melilla, además, la inmigración se entrelaza con cuestiones estratégicas y diplomáticas: Marruecos tiene su propia agenda en la ciudad (una agenda muy peligrosa para los melillenses, aunque GPT no lo mencione), y la falta de control en la frontera contribuye a la sensación de vulnerabilidad.
Hacia una visión diferente
Más que demonizar la inmigración o aceptarla sin filtros, España y Melilla necesitan una política migratoria realista y eficiente, basada en Colaboración internacional con países emisores para reducir la migración irregular. La inmigración solo será un problema en la medida en que se permita que lo sea (buenismo en estado puro). Melilla, con su historia de intercambios y su condición de frontera, podría ser un modelo de integración y desarrollo en lugar de un símbolo de crisis. Pero para eso, es necesario repensar su modelo económico y social en términos de futuro, no solo de emergencia.
Conclusión (de GPT): un nuevo paradigma migratorio
El futuro de Melilla no puede depender únicamente de más muros y vigilancia. Es necesario un cambio estructural en la gestión de la inmigración, basado en la dignidad y la justicia. Europa debe dejar de ver la ciudad como una simple barrera y empezar a tratarla como lo que es: un punto de encuentro entre mundos, un laboratorio de soluciones en lugar de un campo de batalla.
La pregunta no es si la inmigración puede frenarse, sino cómo puede gestionarse de manera humana y eficiente. Si Melilla logra transformar su condición de frontera en un modelo de integración, podría demostrar que la convivencia no es una utopía, sino una necesidad inaplazable.
Mi conclusión
La de siempre: Melilla necesita un cambio muy, muy profundo, y ese cambio -como la experiencia de los 40 años de vida de MELILLA HOY demuestra- no va venir de arriba a abajo, sino, como creía el viejo “populus romanus”, ha de venir desde abajo, desde los melillenses independientes, los defensores de esa inextirpable utopía que es la libertad de espíritu.