Estados Unidos: entre la denegación de recursos y la fuerza

Mapa del Ártico mostrando rutas comerciales y recursos estratégicos

 

El mundo se adapta a un Estados Unidos impredecible

Durante décadas, el orden global se construyó sobre una plataforma estadounidense de instituciones, garantías de seguridad y arbitraje de crisis. Esa plataforma sigue existiendo, pero el mundo ya no construye sobre ella: construye alrededor de ella. Este matiz técnico encierra una sentencia histórica: el siglo XXI no está expulsando a Estados Unidos del centro, está aprendiendo a vivir sin depender de su centro.

Europa ha respondido con adaptación estratégica. Tras 25 años de negociaciones estancadas, la Unión Europea aprobó un acuerdo comercial con Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, creando una de las zonas de libre comercio más grandes del mundo. Simultáneamente, ha intensificado su relación con China como socio necesario y acelerado acuerdos comerciales con el sudeste asiático, ya su tercer mayor socio comercial extraeuropeo.

Canadá ejemplifica este giro. Durante tres décadas apostó por la integración profunda con Estados Unidos, con más del 75% de sus exportaciones dirigidas al sur. Esa confianza se ha fracturado. El nuevo primer ministro canadiense busca abiertamente distancia de Washington, con su ministra de Asuntos Exteriores declarando la necesidad de diversificar socios comerciales y aumentar el comercio no estadounidense en un 50% durante la próxima década. No es cobertura de riesgo, es una reversión estratégica.

Los datos comerciales chinos revelan que el mundo no se está alejando de Pekín, sino de Washington. A pesar de la reducción drástica de exportaciones a Estados Unidos, las exportaciones totales de China continúan creciendo, con su superávit comercial alcanzando casi 1,2 billones de dólares en 2025. Los aranceles no aislaron a China del mundo; incentivaron a muchos países a mantener su comercio con Pekín.

Dos lecturas de la estrategia Trump

Donald Trump acelera estas tendencias, no solo por sus decisiones —aranceles, presión a aliados, repliegue selectivo— sino por su concepción del poder. La discusión estratégica se divide entre dos interpretaciones. La primera sostiene que Trump ejecuta una gran estrategia de negación de recursos, diseñada para impedir que China y Rusia accedan de forma segura y económica a energía, minerales críticos y activos estratégicos, preservando así la primacía estadounidense.

La segunda afirma lo contrario: Trump sería un líder personalista que impone por la fuerza una visión de grandeza nacional aun a costa de erosionar alianzas y el orden que Washington construyó tras 1945. Ambas lecturas no se excluyen. Una política exterior puede tener racionalidad estructural y simultáneamente un estilo personalista corrosivo. La cuestión decisiva es qué lógica domina y qué tipo de mundo produce como efecto secundario.

La negación como doctrina

La competencia estratégica contemporánea se decide en cadenas de suministro, refino, control portuario, licencias, infraestructuras críticas y acceso estable a materias primas. El poder se disputa en los cuellos de botella (chokepoints). Desde esta perspectiva, el giro estadounidense no es improvisado.

El Corolario Trump a la Doctrina Monroe propone cerrar el hemisferio occidental a la influencia estratégica de potencias extra-hemisféricas. No solo presencia militar: impedir que China o Rusia controlen activos energéticos, minerales o logísticos que condicionen el futuro. Venezuela encaja en este esquema, donde el objetivo es evitar que recursos estratégicos queden bajo la órbita china.

Pero la lógica no termina en el hemisferio, se proyecta hacia el norte.

El Ártico: rutas, recursos y geometría del poder

El Ártico se ha convertido en nodo central del nuevo orden estratégico por tres razones convergentes. Primero, las rutas comerciales. El deshielo abre corredores antes impracticables: la Ruta Marítima del Norte reduce sustancialmente el tiempo de tránsito entre Asia y Europa; el Paso del Noroeste ofrece alternativa potencial al Canal de Panamá. Controlar estas rutas significa influir en los flujos del comercio global del siglo XXI.

China se define como Estado cercano al Ártico y promueve su Ruta Polar de la Seda. Para Washington, esta proyección china supone la posibilidad de que Pekín gane capacidad logística, científica y eventualmente dual en una región clave.

Segundo, los recursos. El Ártico concentra importantes reservas de hidrocarburos y minerales estratégicos. Groenlandia aparece como pieza sensible: no por lo que produce hoy, sino por lo que podría producir en un contexto de transición energética y competencia tecnológica. El interés estadounidense busca bloquear el acceso de China y Rusia a un espacio que combina materias primas, geografía y proyección futura.

Tercero, la dimensión militar. El Ártico es corredor balístico. Las trayectorias más cortas de misiles balísticos intercontinentales lanzados desde Rusia hacia territorio estadounidense atraviesan el polo. Por eso, el Ártico es históricamente central en sistemas de alerta temprana y arquitectura de defensa antimisiles. En un mundo de competencia entre grandes potencias, el Ártico vuelve a ser lo que fue durante la Guerra Fría: espacio donde geografía y destrucción mutua asegurada se cruzan.

De la estrategia al método: cuando la fuerza sustituye al consentimiento

La lógica estratégica es comprensible. El problema aparece en el cómo. La primacía estadounidense no se sostuvo solo en poder material, sino en su capacidad para transformar fuerza en reglas aceptadas. Cuando Estados Unidos actuó como creador de normas y no como extorsionador, compró algo más valioso que obediencia: legitimidad.

El método Trump invierte ese orden. Primero la presión, después la justificación. El resultado no es sumisión, sino adaptación defensiva. Europa no rompe con Washington, pero diversifica. Asia no desafía abiertamente, pero construye alternativas. El mundo no se rebela: se cubre.

Aquí aparece la paradoja central: una estrategia de negación de recursos puede ser racional; ejecutarla sin alianzas sólidas puede ser autodestructiva. El poder del siglo XXI no se fabrica solo con coerción, sino con ecosistemas compartidos: investigación, procesamiento industrial, estándares, capital paciente y previsibilidad jurídica.

China lo ha comprendido. No compite solo por petróleo o litio; compite por control de procesos, cadenas completas, resiliencia sistémica. Frente a esto, la respuesta estadounidense más eficaz no sería aislar en solitario, sino coordinar en coalición. Y ahí es donde el enfoque transaccional erosiona la ventaja comparativa de Washington.

Conclusión: la frontera decisiva no es el Ártico, es la legitimidad

El Ártico resume el dilema estadounidense. Es ruta, recurso y escudo nuclear. Es futuro comercial y memoria de la Guerra Fría. Y es también una prueba de método. Estados Unidos puede intentar cerrar espacios, negar accesos y asegurar perímetros con argumentos estratégicos sólidos.

Pero si el precio es convertir aliados en clientes y normas en amenazas, el resultado será un mundo que no desafía frontalmente a Washington pero que aprende a no depender de él. La primacía no se pierde de golpe; se diluye.

La pregunta final no es si Trump tiene una estrategia o un ego. Es si Estados Unidos recuerda que su mayor ventaja nunca fue solo el control de rutas o recursos, sino la capacidad de convertir poder en orden. En el nuevo tablero estratégico, negar el acceso al Ártico puede ser decisivo; negarse a sí mismo la legitimidad puede ser fatal.

 

 

 

 

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Gonzalo Fernández

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