Esquiar en Davos

Fernando Vega Gámez

Fernando Vega Gámez (Doctor en Economía)

Unos días antes de que yo cumpliese 4 años, en enero de 1974, mi padre recibió una invitación para asistir al World Economic Forum de Davos que, por supuesto, aceptó. De aquel viaje de mi padre a los Alpes suizos conservo dos recuerdos. El primero es una placa conmemorativa que tengo en la biblioteca de mi despacho; se la dieron a cada asistente con el logotipo del evento y una frase en relieve que decía “Better late tan never, but better never late” (Mejor tarde que nunca, pero mejor nunca tarde). La segunda es una foto de papá con John Kenneth Galbraith, uno de los más prestigiosos economistas de la historia. La fotografía es muy curiosa porque demuestra dos mundos totalmente distintos. Galbraith, con su pelo blanco perfectamente engominado, un traje sastre de raya diplomático y una corbata de seda italiana. Y papá con el jersey de lana con el que subía a esquiar a Navacerrada algunos fines de semana de invierno. Le habían dicho que la reunión iba a tener lugar en una estación de ski y, con la escasa información que todavía tenía España en aquella época, mi padre pensó que había que ir convenientemente abrigado. Mucho han cambiado las cosas desde entonces.

Este lunes comenzó en Davos la 56.ª Reunión Anual del World Economic Forum, con el tema “A Spirit of Dialogue” (Un espíritu de diálogo). Participan 65 jefes de Estado y de Gobierno, incluidos altos mandatarios del G7, diversos ministros de economía, comercio, finanzas y exteriores, unos 850 CEOs y presidentes de empresas globales importantes, así como casi 100 líderes de startups y unicornios tecnológicos, expertos académicos, ONGs, instituciones internacionales y voces del tercer sector; y están allí figuras como Donald Trump, Ursula von der Leyen, Satya Nadella, Ana Botín y Nigel Farage, entre otros.

El programa no puede ser más atractivo, incluyendo por supuesto un punto de “Cooperación global en un mundo cambiante” destinado a encontrar las vías para fortalecer el diálogo entre naciones, empresas y sociedad en un contexto de tensión geopolítica, polarización y competencia geoeconómica. Y, desde luego, todos esperamos ver en estos días avances en los conflictos de Ucrania, Venezuela, Irán o Groendandia, entre otros muchos frentes que tenemos abiertos. La carta que envió ayer Donald Trump al Primer Ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre, confirma que estamos en un momento de la historia en el que hace falta des escalar tensiones geopolíticas, creando canales informales de diálogo entre bloques claramente enfrentados. Y es importante evitar rupturas abruptas en comercio, finanzas y tecnología (lo que se llama “decoupling desordenado”). Davos funciona aquí como diplomacia paralela, favoreciendo conversaciones que no pueden darse públicamente en foros oficiales. Además, el Foro de este año, aspira a establecer marcos mínimos de cooperación económica, acordando principios comunes sobre subsidios industriales, seguridad de cadenas de suministro y controles a la inversión y a la tecnología. Todo esto, por supuesto, sin el objetivo de buscar tratados, sino líneas rojas compartidas para reducir incertidumbre sistémica. Por otro lado, el Foro declara aspirar a encontrar vías para facilitar la gobernanza de riesgos globales, intentando generar coordinación frente a riesgos transversales como la fragmentación financiera, la crisis de deuda en países emergentes, la ciberseguridad, la desinformación y el uso político de la IA, intentando evitar shocks no coordinados, a sabiendas que no se va a eliminar el riesgo. Y eso sin dejar a un lado el debate entre el nuevo equilibrio que se debe establecer entre soberanía y multilateralismo, porque se debe reconocer que el multilateralismo clásico está debilitado, y se debe avanzar hacia un modelo más pragmático y modular, con coaliciones ad hoc, acuerdos sectoriales, cooperación “a varias velocidades”, y enviando señales a mercados e inversores, porque el mundo financiero está muy pendiente del resultado del Foro.

Vamos, que de Davos 2026 esperamos una especie de Congreso de Viena. De hecho, al igual que cuenta la historia que en aquellos años de 1814 y 1815, durante meses, Viena en el cometido de repartir Europa fue una fiesta permanente con bailes, óperas, cacerías y cenas privadas, y los acuerdos se cerraban en los salones de baile, no en las sesiones plenarias, en Davos lo importante no es lo que ocurre en las sesiones programadas sino fuera de ellas. Henry Kissinger, por ejemplo, tenía fama de organizar en Davos cenas privadas a partir de las 22:30, cuando los líderes ya estaban relajados, porque decía que “a esa hora, la gente deja de representar a su país y empieza a representar a sí misma”. En ese sentido, una de las anécdotas que se suelen contar es que, en los años 90, dos altos ejecutivos de multinacionales energéticas, Exxon y Royal Dutch Shell, uno estadounidense y otro europeo, cerraron un acuerdo marco millonario de cooperación en “upstream” subiendo juntos en un telesilla, sin asesores ni abogados, durante los seis minutos que duró el remonte y con un clima francamente desapacible. Ahora que no me digan que papá no iba bien abrigado con su jersey de lana.

 

Fernando Vega Gámez.

 

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