Por Jaime Perote
Y digo elegía porque tengo la razón y el corazón heridos por la muerte de mi amigo Antonio.
La vida nos fue alejando de la amistad que en el año 1967 comenzó: tú, como jugador de fútbol, con pasado en equipos punteros, y yo, como oficial del Ejército.
Esa amistad profunda y duradera, y ahora rota por tu marcha. ¿A dónde?
Fuimos jóvenes con caminos distintos: tú, en el mundo comercial, y yo, en el militar, y siempre haciendo gala de una amistad profunda.
Te enamoraste de esa niña tan linda, que te dio tantos hijos, y has sido feliz con ella. Has estado enamorado «lo más». Hasta ayer, que nos has dejado, y ella, tu amor lo guarda en su corazón.
Sé que soy; que era «el más amigo de tus amigos», y nos has dejado muy tristes a todos. Como consuelo, sé que, donde estés, te ganarás a todos y bailarán a tu son, pues atraías a quien sea con tu carácter.
Heredaste de tu padre, el señorío y poder, y de tu madre, a la que recuerdo con inmenso cariño, la bondad y saber estar en la soledad y sencillez en la que, de repente, te sitúa el destino.
Un beso muy grande desde aquí, Ani.
¿Ahora qué, Antonio? Nos has dejado a muchos que te queremos. Ya estoy hablando con San Pedro para que te lleve de la mano.
Tu vida ha sido complicada, te llevó a luchar en un mundo mucho más duro que el que esperabas de pequeño. Triunfaste en lo que no imaginabas y añoraste siempre lo que se alejó de tus pensamientos.
Ahora, en la Corte Celestial, se estarán peleando porque, con tus atractivos y cualidades, no te pueden dejar escapar. Convence, que tú lo haces bien, a quien sea, para volver a vernos otra vez y que Pili y tus hijos sigan siempre orgullosos de ti.
Adiós, Antonio.



