El triunfo del esperpento

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Con frecuencia resulta difícil asumir la magnitud de los disparates que el sanchismo impulsa en nuestra vida política. Abarcan a todas las iniciativas y también a las instituciones, desde las autonomías al Congreso, el Senado y la Casa Real.

Esta última se ha lucido, cuando el rey Felipe VI, en una comparecencia especialmente preparada, sostuvo que durante la presencia española en el actual Méjico se produjeron muchos abusos. No se puede ser más ignorante, ni manipular de esta manera la verdadera historia. Cualquier actividad humana tiene errores, pero en el caso del Imperio español en América los aciertos superaron muchísimo a los posibles abusos.

El Méjico de comienzos de siglo XVI estaba dominado por una tribu, los aztecas, que ejercían una de las peores tiranías de la historia de la Humanidad. La mayor parte de las tribus esclavizadas se aliaron con Hernán Cortes para poner fin a lo que era una increíble crueldad y la capital Tenochtitlán fue por ello destruida. Los llamados conquistadores españoles abolieron los sacrificios humanos, el canibalismo y llevaron a la región los progresos de la Europa de la época, desde el Derecho a la imprenta, la ciencia y el arte. Los pueblos indígenas del Nuevo Mundo, cuyas lenguas preservó España, vivían prácticamente en la Edad de Piedra. Su cultura, que puede contemplarse en el Museo Arqueológico de la capital mejicana, consistía básicamente en acumular una piedra sobre otra. Desconocían incluso la rueda, por no hablar de la arquitectura.

Los sanchistas han vendido la estupidez de nuestro monarca como un intento para limar relaciones con Méjico, cuyo presidente anterior, López Obrador, había reclamado que la Corona española pidiera perdón por supuestos abusos, política continuada por la actual presidenta, señora Shimbaun. Ambos son una pareja de ignorantes, que desconocen cuestiones básicas de su propio país. En buena medida Méjico es un Estado fallido: perdió en el siglo XIX más de la mitad del territorio del virreinato de la Nueva España, en el Sur y el Oeste de los actuales Estados Unidos. Quienes lo perdieron fueron os descendientes de españoles que se independizaron, no los españoles actuales y mucho menos la Monarquía. La corrupción generalizada y los cárteles del narcotráfico son también una aportación del Méjico actual, no del Imperio.

El disparate ni siquiera ha sido considerado por la presidenta mejicana. Sólo ha merecido el apoyo del Gobierno del todavía presidente Pedro Sánchez, cuya actuación en materia de historia es de un descarado sectarismo. Si por algo destacan los gobernantes socialistas y sus aliados es por ser analfabetos históricos. Salvo algún comentarista insolvente, de similar ignorancia, nadie les ha respaldado.

Hay un aspecto que debe ser mencionado y es la influencia de la masonería en la política mejicana, cuya hostilidad a la religión católica, con miles de asesinados en la guerra de los Cristeros, supone que el rechazo a España se debe a la mayor aportación que hizo nuestro país durante más de tres siglos: la evangelización.

Felipe VI y su equipo de Zarzuela harían bien en leer un libro del profesor argentino Marcelo Gullo: ”Nada por lo que pedir perdón”. El caso es que durante los últimos decenios se han publicado numerosos ensayos de autores españoles e hispanoamericanos -también de Méjico, como el profesor Zunzunegui-, que han puesto en valor la actuación del Imperio Español y desmontado la leyenda negra. No hubo colonia alguna, todos los ciudadanos de la Corona tenían los mismos derechos y el progreso de los virreinatos era tan evidente que en el siglo XVIII la ciudad más importante no era Madrid, ni ninguna otra de la Península, sino precisamente Méjico, capital de la Nueva España.

Es urgente, en definitiva, que la Casa Real supere la burricie que le caracteriza desde hace meses y ponga fin a la sumisión a las majaderías que se le ocurren al sanchismo.

Este último rindió la pasada semana culto al esperpento, cuando cinco miembros del Gobierno, encabezados por la vicepresidenta “Yoli” Díaz, retrasaron durante dos horas el Consejo de Ministros porque el presidente Sánchez no accedía a satisfacer sus exigencias Hubo que aprobar dos decretos-ley, uno de los cuales tiene posibilidades de se aprobado por el Congreso de los Diputados y el otro ninguna.

Pedro Sánchez justificó el episodio como el éxito de un gobierno progresista que debe negociar sus políticas. Pues nada, hijo, a partir de ahora y en nombre del progreso, el gabinete deberá aprobar una propuesta y su contraria. NI en “Torrente presidente” se le había ocurrido a Santiago Segura una locura semejante.

Sólo queda un consuelo. Más allá del esperpento es posible la astracanada. No es posible excluirla.

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