En 2026, el tenis es un deporte de alta velocidad y rendimiento físico, marcado por la tecnología y la cultura digital. La preparación atlética ha transformado a los jugadores en superatletas, mientras el revés a una mano se extingue, reflejando un cambio radical en el juego y su seguimiento mediático.
Hace cuatro décadas, en los años 80, el tenis era un deporte de elegancia y precisión. Raquetas de madera o metal, pelotas pesadas, pistas lentas y jugadores que se movían con estilo más que con potencia. Iconos como Björn Borg, John McEnroe o Ivan Lendl dominaban con duelos épicos, pero el ritmo era otro. Hoy, en 2026, el tenis es un espectáculo de alta velocidad, cuerpos esculpidos por la ciencia y un seguimiento mediático que lo convierte en un fenómeno global con más de mil millones de aficionados. La transformación ha sido radical, impulsada por la tecnología, la preparación atlética y la cultura digital.
La velocidad que lo cambió todo
Uno de los cambios más evidentes es la explosión de la velocidad. En los años 80, un saque de 200 km/h era excepcional; Boris Becker o Ivan Lendl rondaban los 200-210 km/h en sus mejores días. Hoy, el récord absoluto lo ostenta Sam Groth con 263 km/h (2012), y sacadores como John Isner han alcanzado los 253 km/h en torneos oficiales. Las raquetas de grafito y composites (revolución de los 80-90) permitieron swings más rápidos y potentes, mientras las cuerdas de poliéster multiplicaron el efecto y la velocidad de la bola.
Los golpes de fondo también se han acelerado: los peloteos son más intensos, con topspin agresivo que hace que la pelota “salte” más alto y rápido. Las pistas rápidas (como el cemento del US Open o el césped de Wimbledon) y las raquetas modernas han convertido el tenis en un deporte de “misiles” donde un punto puede decidirse en tres o cuatro golpes. Como recordaba Patrick Mouratoglou, “hace 40 años las pistas eran mucho más lentas y las raquetas muy diferentes; el tenis actual es otro deporte”.
Preparación física: de aficionados a superatletas
En 1985, pocos jugadores tenían entrenador físico dedicado. No existían fisioterapeutas en el circuito ni nutricionistas. Los tenistas entrenaban con pesas básicas y corrían un poco. Hoy, cada top-10 cuenta con un equipo completo: preparador físico, nutricionista, psicólogo y recuperadores. La ciencia ha alargado las carreras: Novak Djokovic, con casi 39 años, sigue compitiendo al máximo nivel gracias a una preparación milimétrica.
Los jugadores son más altos (la media en el top-100 supera los 1,85 m), más fuertes y con una resistencia cardiovascular que permite rallies de 20-30 golpes sin desfallecer. El trabajo de core, bandas elásticas, prevención de lesiones y recuperación (crioterapia, sueño optimizado) es clave. El resultado: tenistas que aguantan 15-20 años en la élite, algo impensable en los 80. La preparación física no es un complemento; es la base del éxito moderno.
El revés a una mano: un arte casi extinto
Quizá el cambio técnico más simbólico sea la desaparición casi total del revés a una mano. En 1973, cuando se crearon los rankings ATP, prácticamente todos los top-10 lo usaban. En los 2000 seguía siendo mayoritario. Hoy, en febrero de 2026, solo ocho jugadores en el top-100 ATP lo mantienen: Lorenzo Musetti (número 5 del mundo y el más destacado), Stefanos Tsitsipas, Grigor Dimitrov, Denis Shapovalov, Giovanni Mpetshi Perricard, Christopher O’Connell, Dusan Lajovic, Daniel Altmaier y Stan Wawrinka (que vuelve al top-100 a los 40 años). En la WTA apenas dos.
¿Por qué ha desaparecido? El revés a dos manos ofrece más estabilidad, potencia y facilidad para devolver saques potentes y bolas altas con topspin. En el tenis moderno —rápido, con rallies largos y pelotas que botan alto— el de una mano exige más fuerza, timing y riesgo. Los entrenadores lo enseñan cada vez menos porque el de dos manos es “más seguro” y efectivo. Como dijo Musetti: “Parece que va a desaparecer… En el tenis moderno es muy difícil competir con él”. Solo genios como Federer, Wawrinka o el propio Musetti han demostrado que todavía puede brillar. Es un arte estético que se resiste, pero está en minoría absoluta.
El seguimiento mediático: del periódico al fenómeno viral
Hace 40 años, el tenis llegaba a través de periódicos, revistas y televisión en abierto. Wimbledon o Roland Garros eran eventos elitistas. Hoy, es un espectáculo global digital. Según datos de la ATP (2024, con crecimiento sostenido hasta 2026), los jugadores acumulan 168 millones de seguidores en redes (+10% anual), con 17 tenistas por encima del millón. Los torneos suman 8,8 millones de fans en redes (+16%), y el alcance total de la ATP superó los 2.900 millones de impactos (+48%). Las visualizaciones de vídeo se multiplicaron por 2,5 en algunos Masters 1000.
Instagram, TikTok y YouTube permiten ver a los jugadores fuera de la pista: Carlos Alcaraz bailando, Jannik Sinner entrenando o Coco Gauff contando su vida. Documentales como los de Netflix han convertido a los tenistas en estrellas mainstream. El tenis ya no es solo deporte; es entretenimiento 24/7. El público ha crecido hasta superar los mil millones de aficionados en todo el mundo, con un boom en redes que ha atraído a una generación joven y diversa.
Otros cambios que completan la revolución
La tecnología (Hawk-Eye, datos en tiempo real), el aumento brutal de premios (un Grand Slam reparte hoy más de 50 millones de dólares frente a unos pocos cientos de miles en los 80), la globalización (más campeones de Asia y América) y la profesionalización total han cerrado el círculo. El tenis ya no es un hobby de élite; es una industria de alto rendimiento.
En definitiva, el tenis de 2026 es más rápido, más físico, más exigente… y más emocionante que nunca. El revés a una mano nos recuerda la belleza clásica, pero la velocidad y el músculo definen el presente. Y gracias a las redes, millones lo viven en directo. El deporte ha evolucionado, y con él, sus leyendas. ¿Quién será el próximo en escribir la historia en esta nueva era? El futuro, como siempre en el tenis, se decide en la pista.





