Categorías: Opinión

El precio justo del cambio climático

Por: Javier Bocanegra- Presidente de Melilla Con Bici

Las entidades ciclistas llevamos muchos años defendiendo otro tipo de movilidad más acorde con los tiempos en los que estamos inmersos, proponiendo planes de actuación en materia de ahorro de emisiones de gases de efecto invernadero, salud pública, seguridad vial, mejora de los espacios urbanos y un sinfín de medidas sociales y medioambientales.
Este artículo espero que sirva de recordatorio a los responsables políticos y técnicos que llevan décadas haciendo oídos sordos a todo tipo de reivindicación en esta materia tan sociabilizadora, inclusiva y resiliente, como es la inspiradora presencia de la bicicleta, un medio de transporte sostenible en cualquier rincón de una ciudad.
El uso de la bicicleta tiene grandes ventajas: mejora del medio ambiente y la salud, atajo de la contaminación y los atascos, reducción del sedentarismo y la obesidad infantil, consecución de mejores ciudades y un largo etcétera de motivos y argumentos para que las instituciones fomenten este medio de transporte en toda la ciudad.  
Fomentar este tipo de movilidad ayuda a conseguir 9 de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que establece la ONU. Una cifra nada desdeñable en el común objetivo que señala la AGENDA 2030, reducir las emisiones de efecto invernadero en un 45% para el año 2030.
Bicicleta ahorra emisiones igualando más de 16 millones de toneladas equivalentes de CO2 al año en la UE.
• Esto corresponde al total de las emisiones de CO2 al año de todo un país como Croacia.
• Valor de los ahorros: 600 a 5.630 millones de euros, dependiendo del coste social del carbono.
En nuestra ciudad no existe ningún plan de reducción de los GEI que logre los objetivos de la Agenda 2030, tal y como se nos exige, algo incomprensible si pretendemos la salvaguarda de algo tan preciado como es nuestra forma de vida. Nadie debe quedar atrás en ese proceso, al menos esa es la intención de la comunidad europea, aunque a día de hoy nuestra ciudad permanezca completamente al margen.
Muchas son las fuentes emisoras de GEI en Melilla, muchas son las emisiones que se suman, mucha su contaminación o la afectación a la salud pública de la que ninguna institución habla.
La tendencia de las emisiones de la ciudad es claramente ascendente. La destrucción de almacenes naturales de CO2 como nuestros árboles, es fácilmente observable, en cualquier rincón de la ciudad, sirva como ejemplo la tala indiscriminada de un bosquete urbano en favor de infraestructuras para un medio tan contaminante como el vehículo privado. Un tráfico responsable de más de 86 millones de kilos en emisiones de GEI solo en el año 2018, una cifra que nadie conocía hasta hoy, pues la problemática medioambiental, nunca ocupó el corazón de ninguna consejería, más allá de eslóganes vacíos del paripé político.
Algunas de las fuentes emisores de GEI en la ciudad son conocidas por todos, debido a la continua columna de humo visible desde cualquier rincón de la ciudad. Otras, sin embargo, pasan más desapercibidas, pues se localizan en lugares muy concretos como el Monte María Cristina, aeropuerto, puerto y todos los vertidos, que esta vez sí invaden los espacios naturales o urbanos, allí donde el coche sea accesible.

Ahorro de GEI
El cambio es posible, pues existen ciudades que llevan décadas mejorando los espacios urbanos a través de planes urbanísticos y medioambientales de gran calado y formación. Pontevedra es una de ellas. Sirva como ejemplo cómo el compostaje ha eliminado de manera “natural” los residuos orgánicos de la ciudad, favoreciendo un ahorro energético evidente tanto en el transporte como la eliminación de residuos, una propuesta de gran interés, ni siquiera valorada en nuestra ciudad.
La ciudad de Pontevedra también redujo, entre 2010 y 2020, el consumo energético en todo el ciclo del agua en un 35%. Así, en 2010 se necesitaron 3.831.000 kilovatios anuales para el correcto funcionamiento del sistema de abastecimiento, mientras que en 2020 este consumo se redujo a 2.501.000 kilovatios.
La traducción de este consumo energético a emisiones de CO2 da como resultado la emisión de 923.099 kg de CO2 en 2010, mientras que en 2020 estas emisiones se redujeron a 602.500 kg de CO2 (el cálculo de emisiones se realizó con el coeficiente de equivalencia de 2019, ya que de 2020 aún no se ha publicado). Por lo tanto, dejaron de emitir 320.599 kg de CO2, lo que equivale a un bosque de 16.000 árboles, calculado a partir del hecho de que un árbol absorbe entre 10 kg y 30 kg de CO2 al año (para el cálculo se utilizó la media de 20 kg por árbol por año).
La reducción del tráfico motorizado, en esta amable ciudad, también se ha ido haciendo patente desde el comienzo de la reorganización integral de la ciudad (1999) con las primeras peatonalizaciones, que lograron reducir a solo un 30% el espacio público dedicado al coche. Una cifra que pudiera parecer escasa para los recién llegados, pero no así para los mayores expertos en esta materia, los cuales han fijado esta como la idónea, procurando con ello un espacio urbano amable, donde el tráfico que se desarrolle sea útil a la ciudad y no un problema irresoluble. Recordemos que en nuestra ciudad la ocupación es superior al 80%, desde hace muchos años, sin que nada se haga a ese respecto. Esta medida tan “revolucionaria” reduce el número de coches que circulan, donde por moverse menos coches, estos van más deprisa (aumenta la velocidad media), por lo que el tiempo que tardan en llegar a su destino se reduce considerablemente, ahorrando GEI. Un estudio realizado en 2014 comparó las estimaciones de consumo de combustible de ese año con las registradas en 1996 (fecha en la que se llevó a cabo un estudio global del tráfico en la capital), el resultado fue que el porcentaje de ahorro en el conjunto de la ciudad alcanzó el 64,8%, y ascendiendo hasta el 87,6% en el centro de la ciudad.

Ahorro Energético
Traduciendo ese ahorro energético para cada ciudadano de Pontevedra, la reducción de emisiones ha sido de 464,5 kg al año, lo que representa más de 1,25 kg al día. Se trata de un paso decisivo en la lucha contra el cambio climático si tenemos en cuenta que la población llega a los 84.830 habitantes, el ahorro en emisiones llega a la friolera cifra de 39 millones de kilos de CO2 al año, en beneficio de los objetivos de la Agenda 2030. Imagínense el ahorro en nuestra ciudad, donde se consumen más de 34 millones de litros de combustible al año por tráfico rodado, además del ahorro en salud pública, al fomentar una movilidad sostenible activa, algo propio de todos los planes urbanísticos actuales.

Menos coches, más rápido y más barato
De los coches que en 1999 entraban en la ciudad de Pontevedra, el 83% se dirigía al centro. Hoy, la cifra se ha reducido al 9%. Esos vehículos tardaban, por término medio, 36 minutos en parar, mientras que en la actualidad solo tardan 17.
De los 52.000 vehículos que se ponían en marcha cada dentro de la ciudad para realizar desplazamientos interiores, hoy son solo 17.000. Antes, estos vehículos tardaban unos 18 minutos en parar de media; hoy, 7 minutos. Además, se redujeron las víctimas mortales, al igual que los heridos graves en toda la ciudad, de más de 100 y 15 respectivamente a 5 y 0, demostrando que la transversalidad en el ahorro de GEI producidos por el tráfico, también salva vidas.
Los expertos señalan que malgastamos estúpidamente el 90% de la energía que consumimos, algo inasumible por un planeta donde las leyes físicas son pasadas por alto. Sabemos que en cualquier intercambio energético no podremos ganar, ni empatar y para colmo nunca podremos dejar consumir energía. Queda claro entonces que el ahorro energético es un principio válido en la carrera contra la crisis climática.
Desarrollar productos energéticamente “eficientes” (economía circular) o resilientes, donde la oszolescencia programada no tenga cabida, prolongando así su vida útil el mayor tiempo posible a través de la aplicación de las “6R” Rechaza, Reduce, Reutiliza, Repara, Recupera y Recicla, todas ideas que conforman un mantra muy necesario en nuestra sociedad.
Emisiones globales históricas de CO2 procedentes de la actividad industrial y los combustibles fósiles de 1757 a 2020, han aumentado de 11Gt a 36Gt aumentado la concentración de CO2 en la atmósfera terrestre de 280 ppm a 418 ppm.
Los expertos en medioambiente y recursos energéticos también señalan el “racionamiento” como un arma necesaria contra la crisis energética y climática que se nos viene encima. Un concepto, el racionamiento, propio de épocas pasadas donde la bonanza no estaba presente y que, sin embargo, ahora debemos de tener de nuevo muy en cuenta, pues se acabaron quieran o no, los tiempos de ese consumismo caníbal propio de nuestra sociedad industrial.  
Ahora prima invertir la energía en las cosas del comer como nos dice el Físico Teórico Antonio Turiel. Ahora que observamos cosechas comprometidas por la sobreexplotación del suelo o la destrucción de la biodiversidad a escala planetaria, ahora que los suelos agrícolas nos dan apenas la mitad de nutrientes que hace 50 años, ha llegado el momento de que la sociedad civil dé un paso al frente y deje de esperar lo que nunca llega, el compromiso político útil.
El área de cambio climático de la ONU nos dice que las emisiones mundiales durante esta década seguirán creciendo: en 2030 habrán aumentado cerca de un 16,3% respecto a los niveles de 2010 (un 5% si se toma como referencia 2019). Los estudios científicos apuntan a que ese rumbo lleva a un incremento de la temperatura a final de siglo de unos 2,7 grados, unas cifras innegociables. Un acontecimiento global que lleva décadas produciéndose, afectando al 80 % de la población con escasos recursos y que golpeará duramente al 40% de la economía mundial.
La pérdida de los ecosistemas por el urbanismo y la industrialización del suelo del que nuestra ciudad es un claro ejemplo, la sobreexplotación de los recursos naturales o el incremento de las especies invasoras, así como la contaminación y la crisis climática son hijos bastardos de un mismo padre. La destrucción de los distintos sistemas biológicos que pueblan la Tierra, una merma de los espacios naturales, nunca vista antes en la biodiversidad global y que arrastrará a un lugar al que nadie quiere llegar.
El tiempo es extraordinariamente limitado para no aumentar la temperatura media de la Tierra en 1,5 grados, algo que en la actualidad parece francamente inevitable.  

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