El Marruecos que conocí

Imagen de Marruecos

Por Gonzalo Fernández

Los recuerdos de nuestros viajes por Marruecos, aunque algunos difusos ya por el pesado paso de los años, siempre me han acompañado en ese complejo de impresiones que se graban en ti, que forman parte de tus recuerdos más preciados, por mucho que en el transcurso de mi vida haya tenido la oportunidad de vivir en países de Europa, América y Asia y de visitar varias decenas de países en los cinco continentes.
Citando a Rafael Guillen, quizás una de las razones sea que, en unas horas, se pasa de un continente a otro, de una civilización a otra, de unas décadas a otras. Pero también son los colores del zoco de Fez, los olores de las especias en cualquier mercado, el tacto de las alfombras en Mequinez, la vista de las estrellas durante las noches en la ruta de las Casbas o el sabor delicado de la pastela en Rabat.
Si debo explicar por qué esa referencia a los cinco sentidos es diferente a la que pudiera haber tenido en los palacios, templos y calles de Bangkok; en la magia de un paseo por el Estrecho del Bósforo en Estambul; en la impresionante naturaleza de Nueva Zelanda; me sería muy difícil hacerlo. Ciertamente tengo en mi mente imborrables momentos especiales de cada uno de los países en los que he vivido o he visitado, pero Marruecos ocupa un lugar especial, junto con otros pocos países, en los que los recuerdos forman parte de un sueño hecho realidad.


Como siempre ocurre con los recuerdos, nuestra sabia mente se encarga de conservar los buenos y de borrar o diluir los malos. Sólo una referencia a esos últimos: el acoso insufrible en la plaza de la Yemaa el Fna en Marrakech o los indeseados e indeseables comentarios a las mujeres que, algunos amigos me han comentado, se han hecho más frecuentes y agresivos en los últimos años. Pero volvamos a los buenos recuerdos.
La existencia de puestos que ofrecen carne al carbón al costado de la carretera nos permite calmar el hambre durante el largo viaje de Melilla a Fez, pasando por Guerzif.  Si no tomamos en cuenta los miles de moscas que cubren la carne antes de cocinarla, quizás por el hambre o quizás por el tipismo, la carne convenientemente especiada nos sabe de maravilla y aún más acompañada de unos tomates cuyo sabor nos recuerda a los de nuestra infancia, maduro y pleno. Lo que nunca harías en España, lo haces allí gustoso bajo el fuerte sol africano.


Los viajes de fin de semana a Ifran te trasladan a un mundo mágico, a una Suiza a pocas horas de Melilla. Sus calles inmaculadas, su perfecto urbanismo, sus casas con tejados inclinados y su clima frío e incluso la nieve, forman un espectáculo inesperado y bellísimo que te traslada a miles de kilómetros. A todo ello hay que añadir el bosque de cedros milenarios, donde sientes la pequeñez del ser humano rodeado de impresionante naturaleza.
 El zoco de Fez es conocido por su tamaño, la diversidad de sus ofertas, el teñido de las pieles. Pero el zoco de Mequinez añade a todo ello un espacio mucho más tranquilo, menos congestionado, donde disfrutar de lo que te rodea caminando por los estrechos callejones, los colores y olores que encuentras a cada momento. Y si tienes suerte, a la caída del sol durante el mes de Ramadán, el dueño de una de las tiendas sacará de debajo del mostrador una cacerola de harira, esa deliciosa sopa marroquí, y te invitará a compartirla.
El monumento a Mohammed V en Rabat es también un monumento a la belleza arquitectónica y decorativa, con maderas preciosas, adornos dorados, mármoles y ónice y con un imán rezando las veinticuatro horas del día lo que, hechizado por la belleza del entorno y el ritmo pausado de sus oraciones, te lleva también a compartir una oración.
Esauira, fuera de las rutas generalmente transitadas, es otro descubrimiento sorprendente, con una fortaleza portuguesa en excelente estado de conservación y unas playas de preciosa arena, refrescadas por los siempre presentes vientos alisios. Y por qué no decirlo, unos restaurantes ofreciendo la deliciosa pesca del día, ya que la ciudad es base de una pequeña flota pesquera.
La ruta de las Casbas es, en su totalidad, de una belleza y exotismo indescriptibles. Los pueblos amurallados de arena compactada te transportan en el tiempo a las caravanas que desde Mauritania transportaban la tan necesaria sal al norte y hasta Europa. Su proximidad a pozos de agua hace que, en medio de las arenas, aparezca vegetación verde que contrata magníficamente con el rojo de las casbas.
Pero quiero relatar nuestro encuentro con un joven pastor de cabras, mientras hacíamos una parada en la ruta para disfrutar de la vista del desierto hacia el sur. El pastorcillo apareció desde atrás de una pequeña duna, se acercó a nosotros y nos pidió agua. Saqué de la nevera del coche un refresco frío y se lo ofrecí. El asombro que, al recibirlo, reflejaban esos profundos ojos azules, ha constituido quizás uno de los recuerdos más impresionantes de mi vida.
Y si no has visto el cielo en el desierto, no has visto el cielo. Las estrellas se agolpan unas con otras hasta cubrir la totalidad del cielo. Es una visión hipnótica que no te cansas de disfrutar, tratando de retenerla para siempre en tu mente y así poder sacarla cuando tus emociones te lo pidan.
He escrito sobre alguna de las muchas impresiones que los paisajes de Marruecos hicieron en mí, pero también quiero escribir sobre una persona en particular. Si bien en Marruecos, como en cualquier otro lugar, hay gente de todos los tipos, quiero rendir un recuerdo a Fatima, la joven que ayudó a mi familia, incluyendo mi hijo recién nacido, durante nuestra estancia en Melilla. Ejemplo máximo de bondad al que por supuesto nosotros correspondimos. Cuando ya íbamos a dejar la ciudad nos invitó a su casa en Nador, muy tradicional, donde las mujeres prepararon y nosotros disfrutamos de un auténtico banquete, en compañía de su padre con el que nos entendimos con algo de francés y algo de español. Fatima solo apareció para saludarnos y para que nosotros pudiéramos felicitar a su padre por la increíble hija que había criado y por habernos permitido disfrutar de su presencia en nuestra casa.
Parafraseando de nuevo a Rafael Guillén, Marruecos es para nosotros “el país de los sentidos”. Su libro de ese nombre es una delicia de prosa poética sobre Marruecos, que recomiendo ampliamente.

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