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Opinión

El lastre identitario

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Comenzaba Luis del Val, colaborador habitual del programa matinal de Carlos Herrera en la COPE, su monólogo de retorno de las vacaciones esta pasada semana dedicando una reflexión a la vuelta a la rutina después del verano, mencionando las cosas que no habían cambiado tras el período estival. Entre ellas citaba el retorno del plasta secesionista para quien nada cambia y se mantiene en sus postulados, inasequible al desaliento, cualesquiera que sean los problemas que ésta nuestra sufrida nación, España, a la que el plasta secesionista pertenece, viene experimentando. Para el plasta secesionista, la subida de la luz, la renovación del Consejo General del Poder Judicial, la crisis de Ceuta, con los marroquíes infiltrados en la ciudad el pasado mes de mayo aún deambulando por las calles o la crisis de Afganistán, con la toma del poder por parte del talibán, son problemas menores, en absoluto comparables con los que se desprenden de su necesidad vital de emprender una nueva andadura en la historia alejado de los que desde hace siglos han sido sus compatriotas.

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Estos días sabemos que la Presidenta del Parlamento de Cataluña, Laura Borrás, propone condecorar a los involucrados en las alteraciones del orden del 1 de octubre de 2017, a los que considera víctimas de la represión policial. Así, el Parlamento catalán entregará el próximo día 10 de septiembre la medalla de honor de dicha institución autonómica a las asociaciones que promovieron los incidentes del 1-O, para pasar, posteriormente a quedar depositada en el Museo de Historia de Cataluña. 

Yo, qué quieren que les diga. Por mi parte, respaldo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Las naciones desarrolladas seleccionan a ciudadanos ejemplares a los que proporcionan una formación y unos medios específicos acordes con los valores de la sociedad en cuyo beneficio trabajan para garantizar la defensa del orden público y la seguridad ciudadana. A los que ninguna nación selecciona son a los que, por su cuenta y a fin de ver satisfechos sus objetivos políticos, incluidos aquellos que se alejan del ordenamiento legal vigente, se embarcan en actuaciones que provocan la intervención de los agentes del orden, plantándoles cara, desobedeciendo las indicaciones que formulan como agentes de la autoridad y llegando, en ocasiones, a causarles severos daños. Pero, qué podemos esperar de una nación en la que el hasta hace pocos meses Vicepresidente segundo del Gobierno de todos los españoles manifestaba que se emocionaba al ver a servidores del orden maltratados y apaleados por alteradores de la paz social y promotores de desórdenes callejeros.

Otra especie que acaba de comenzar, pero que también se prevé que tenga un cierto recorrido es la recogida por los medios de comunicación que informan de un aparente intento de los secesionistas próximos a Puigdemont de establecer contacto con el espionaje ruso al objeto de obtener un respaldo internacional a sus objetivos secesionistas y en contra, por tanto, de los intereses generales de los españoles.

También hemos sabido que el Presidente de la Generalidad de Cataluña, Pere Aragonés, de ERC ha tenido a bien conceder una especie de moratoria al Gobierno de la nación para plantear en los términos que el considera ineludibles, pero, a lo mejor, no oportunos en este momento, los objetivos de amnistía y autodeterminación que, en todo caso, el prevé que serán alcanzados antes de 2030. Próxima reunión, al parecer, en la tercera semana de septiembre.

Por su parte EH Bildu, por boca de su coordinador general, Arnaldo Otegui, se niega a rechazar la celebración de homenajes a los reclusos de ETA, alegando que si esos homenajes son interpretados como humillaciones por parte de las víctimas de ETA, que ellos están dispuestos a hablar de todo tipo de humillaciones. Esta brutal justificación de los asesinatos, equiparándolos a presuntas humillaciones experimentadas por no se sabe muy bien quién, pone de manifiesto una hipócrita explicación de la barbarie, considerándola una sucesión de actuaciones nobles y heroicas. Justificación ajena a toda lógica moral. Las víctimas de ETA son pura y netamente víctimas de barbarie. No cabe equidistancia alguna. Ya lo intentó la organización terrorista en sus momentos de actividad plena culpando a sus víctimas de los crímenes de los que sólo ellos eran culpables. Hoy ya nadie cree que la violencia y la barbarie de ETA pudieran tener justificación alguna.

La actividad política española consume demasiadas energías en debates sobre el mayor o menor encaje de diferentes sensibilidades identitarias en el proyecto colectivo de todos los españoles. Para nuestra desgracia, no faltan quienes viendo cómo monopolizan el debate público en beneficio propio las identidades que se atribuyen el calificativo de históricas, imitan su proceder y acumulan nuevas reivindicaciones identitarias ante las cuales es difícil identificar si queda alguien que asuma la necesidad de hacer frente a los problemas colectivos desde una óptica nacional.

Yo creo que las identidades autonómicas, locales e incluso familiares son muy sanas y hay que alentarlas, siempre y cuando no se utilicen para generar confrontaciones y desgastes de energía de los que están necesariamente llamados a trabajar juntos en beneficio del bienestar colectivo.

Uno llega a pensar a dónde podríamos llegar si trabajásemos todos a una y nos liberásemos de estos debates, absolutamente estériles, digo yo, que nos incapacitan o por lo menos limitan nuestra capacidad, para resolver los problemas reales con los que vivimos, que no son pocos ni menores, por encontrarnos impedidos o por lo menos mermados en nuestras fuerzas por este fatigoso y a mi juicio absurdo lastre identitario.

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