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El gobierno afgano entregó, sin resistencia, su país a los talibanes.

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Talibanes en Melilla

LA SEMANA

Me explicaba este fin de semana un militar de alta graduación, con experiencia de campo en la zona, cómo veía el tema de Afganistán, las causas de la caída del país en manos de los talibanes y las posibles consecuencias en el país y fuera de él.  

Culpaba a los afganos en general y al gobierno afgano en particular de haber entregado el país sin resistencia. Las fuerzas internacionales allí destinadas han estado durante años entrenando y equipando al ejército afgano y, en una primera fase, se situaban delante de este en los conflictos armados, pasando, en una segunda fase (las fuerzas internacionales no querían bajas), a situarse como apoyo por detrás del ejercito local. En una tercera fase se les daba apoyo aéreo para luchar contra el avance de los talibanes.

El entrenamiento de las tropas locales, me comentaba, era muy difícil por la nula aptitud y actitud de la mayoría de ellos. Pero había un problema mucho más importante: la corrupción generalizada que hacía que, por ejemplo, los vehículos que se les entregaban los utilizaran para otros fines y que las ingentes cantidades de dinero que recibía el Ministerio de Defensa no llegasen, en su gran mayoría, a su destino. No tenían recambios, no tenían munición y no podían, en muchos casos, pagar al personal de las fuerzas armadas (lo que causaba frecuentes deserciones al bando talibán).

En un momento dado, los americanos y el resto del contingente internacional, dada la caótica situación y los muchos años de inversión de tiempo, personas y dinero, deciden que ha llegado el momento de abandonar la misión internacional en el país.

 En 10 días, entre el 6 y el 15 de agosto, los combatientes talibanes pasan a dominar, casi sin oposición por parte de un acobardado ejército afgano, la mayor parte del país y el 15 de agosto ya estaban en Kabul, la capital del país.

Su avance relámpago hizo que decenas de miles de personas huyeran de sus hogares, muchas de las cuales llegaron a la capital afgana desde otras regiones y otras huyeron hacia países vecinos.

Me transmitió su preocupación por la posibilidad (más bien certeza) de que, dentro de los miles de refugiados/acogidos en Europa y EEUU, se colaran miles de terroristas y por el efecto llamada para los ciudadanos de cualquier país en conflicto. También, creo que con razón, se hacía una pregunta: “¿Qué van a aportar a sus países de adopción los afganos?”.

Habrá poca gente que discuta la obligación que tiene la comunidad internacional de dar una solución a los miles de afganos huidos (más otros muchos miles que, tras penosas odiseas, llegaran en el futuro). Pero si a los refugiados se las da una casa y una ayuda permanente habrá muchos ciudadanos de los países de acogida que, con mucha razón, pensarán: “y nosotros, ¿qué?”. No se podrá acoger a todos y los que vengan deben integrarse, trabajar y pagar su casa (aunque sea poco a poco). Si miramos a nuestro país, vemos que en España tenemos una de las tasas de paro más altas de Europa y un gasto público disparado, que se incrementará con los gastos no previstos que asuma el gobierno con los refugiados. No parece una situación muy propicia, con muchos españoles pasando hambre y problemas para llegar a final de mes, para acoger un caudal constante de inmigrantes…

Por cierto, está muy callada nuestra ministra de Igualdad, Irene María Montero Gil. Se echa de menos que defienda a las mujeres afganas y que proponga qué va a hacer para que, en un futuro cercano, los talibanes no las maten por salir solas de casa, por no llevar el burka o por estudiar o trabajar…  Los afganos necesitan de sus “geniales” iniciativas. ¡A ver si hace algo por ellos, ellas, elles!

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