El esclavismo avanza

Carlos Alcaraz celebrando una victoria en un contexto social y político en España

Carta del Editor. MH, 4/2/2026

Enrique Bohórquez López-Dóriga

 

Un hecho que tiene más importancia de la que puede parecer: Arturo Pérez-Reverte – que conoce muy bien Melilla, por cierto- ha cancelado, hasta el otoño, su congreso sobre “La Guerra Civil, ¿La guerra que todos perdimos?”. David Uclés -un ultraizquierdista con pinta de estúpido y hechos también de estúpido, como acaba de demostrar- es autor de un libro, de cuyo nombre no quiero acordarme, que tanto se ha vendido y casi nadie ha leído, incluyéndome a mí, que lo compré y ahí lo tengo, sin leer. Uclés considera su cambio de postura, de asistir a no asistir al congreso, y la citada cancelación del congreso sobre nuestra guerra civil, “una victoria” de su izquierda.

Esta izquierda, este PSOE zapaterista y sanchista, que el académico Pérez-Reverte tan bien define, no quiere que la Guerra Civil muera

“La cobardía actual de cierta izquierda moderada y el retroceso en términos democráticos de la izquierda radical española, su progresiva decadencia, su sectarismo, mediocridad intelectual y su necesidad de mantener las heridas abiertas y la confrontación como único recurso político, son de una gravedad extrema”, resumió Arturo Pérez-Reverte. Esta izquierda, este PSOE zapaterista y sanchista, que el académico Pérez-Reverte tan bien define, no quiere que la Guerra Civil muera.

“Ya hay un español que quiere/ vivir y a vivir empieza/ entre una España que muere/ y otra España que bosteza. Españolito que vienes/ al mundo te guarde Dios/ una de las dos España/ ha de helarte el corazón”, escribió Antonio Machado. El viejo odio a la libertad, era el titular del Editorial, el domingo pasado, del diario ABC. “Los que hoy celebran su miserable victoria sobre la libertad no son más que fantasmas del pasado”, era el final del citado Editorial.

Nietzsche, en su obra “Más allá del bien y del mal”, distinguió tres tipos humanos: el aristócrata – individuo creativo, afirmador autónomo-, el esclavo. -pasividad gregaria, filisteo utilitarista- y el sacerdote -alienado del mundo que no controla, creador de sentido vital solo para esclavos. El tipo esclavo sigue muy vivo en la actual España. El fanatismo y la cretinización de las masas, como temía Ortega y Gasset y como demuestra la existencia de muchos Uclés, sigue muy vivo, desgraciadamente.

Y eso se nota hasta en la Real Academia Española de la Lengua. Escribió Arturo Pérez Reverte hace unos días: «La sumisión de la Real Academia Española a las redes sociales -en la que predomina la izquierda, añado yo- deteriora su imagen. Todo vale y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez … La politización del lenguaje… cada vez que la Real Academia Española parece más preocupada por no irritar al poder político que por su propia coherencia y obligaciones, pierde autoridad.., la repetición cuantitativa ha sustituido a la calidad cualitativa”. El esclavismo avanza.

Carlos Alcaraz es ya una leyenda universal… y sí, profundamente española. No por bandera, sino por carácter: talento desbordado, irreverencia sana, trabajo silencioso y una sonrisa que desarma incluso cuando te está pasando por encima

Carlos Alcaraz, leyenda española

¡Gesta cumplida! Carlitos Alcaraz se ha convertido en el más joven, 22 años, en ganar todos los Grand Slam, tras remontar, en la final del Open de Australia, al serbio Novak Djokovic, de 38 años y considerado -hasta ahora- como el mejor jugador de la historia del tenis.

Alcaraz es ya, como el mismo Djokovic lo definió, una leyenda. “Cuando generas a la gente un sentimiento diferente, forjas una leyenda”, declaró el mismo Alcaraz tras su victoria. Carlitos (o Charly) es ya una leyenda universal…española, que al ritmo que va, con una media de dos Gran Slam por curso, igualaría, con 31 años -7 menos de los que hoy tienen Djokovic- el tope histórico del serbio y de Margaret Court.

Lo interesante es que la palabra leyenda ya no se usa aquí como hipérbole futurista, sino como categoría presente. Alcaraz no es “lo que será”, sino lo que ya es. Djokovic lo percibe desde dentro del vestuario; el público lo siente desde la grada; y Carlitos lo verbaliza con una lucidez impropia de su edad: la leyenda no nace del número, sino del sentimiento.

Porque la aritmética, aun siendo deslumbrante, es casi lo de menos. Dos Grand Slam por temporada proyectan una carrera que, si la biología y la cabeza acompañan, puede discutir cualquier récord imaginable. Pero los récords se igualan o se rompen; las emociones no se heredan. Federer no fue solo 20 Grand Slam. Nadal no fue solo la arcilla. Djokovic no es solo la resiliencia estadística. Cada uno encarnó algo reconocible, casi mítico.

Y ahí entra Alcaraz. Carlitos representa una alegría competitiva que parecía perdida en la era de la optimización extrema. Juega como si el tenis aún fuera juego, pero gana como si llevara una década gobernando el circuito. Es presente y es promesa, es respeto al pasado y ruptura del molde. No impone miedo: provoca deseo de verlo jugar. Eso es rarísimo en el deporte moderno.

Por eso es ya una leyenda universal… y sí, profundamente española. No por bandera, sino por carácter: talento desbordado, irreverencia sana, trabajo silencioso y una sonrisa que desarma incluso cuando te está pasando por encima. En un país acostumbrado a esperar “el relevo” tras Nadal, Alcaraz no ha pedido permiso: ha cambiado el relato.

Si dentro de diez años alcanza o no los 24 Grand Slam será materia de estadísticos. Pero lo esencial ya ha ocurrido: ha generado ese “sentimiento diferente” del que hablaba Djokovic. Y cuando eso sucede, la historia deja de escribirse en futuro. Ahí empieza la leyenda.

 

 

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Enrique Bohórquez López-Dóriga

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